Donde el río no olvida CAPÍTULO 45
87%

CAPÍTULO 45

Fueron a Bronchales un martes.

Era la primera vez que Sara y Óscar se veían en persona desde Jaca.

Tres semanas de llamadas cortas y recuerdos sueltos habían hecho algo que Sara no esperaba: cuando Óscar apareció en la puerta del piso prestado, con la misma chaqueta de montaña y la misma manera tranquila de ocupar el espacio, ya no era exactamente un desconocido.

No era todavía un hermano del todo, pero ya no era nadie a quien tratar con la cautela de un extraño en una boda.

Hola, dijo Óscar.

Hola, dijo Sara.

Esta vez sí se abrazaron, un abrazo corto y un poco torpe pero ya no completamente nuevo, como quien repite un gesto que la primera vez no supo hacer del todo bien.

Óscar condujo. Conocía la carretera de memoria, cada curva, cada pueblo pequeño que aparecía y desaparecía entre los pinos.

Sara iba en el asiento del copiloto mirando el paisaje que su hermano conocía y ella no.

Marcos iba detrás con el portátil abierto y el teléfono en la mano coordinando con el teniente Salas, que llevaba tres días con una actividad que él mismo describía como inusual para un caso que en teoría era solo el suicidio de un jubilado.

El teniente Salas había dejado de creer que era solo el suicidio de un jubilado.

A media hora de carretera Óscar señaló con la cabeza hacia el asiento trasero.

Hay una carpeta en mi mochila, dijo. Detrás. Es lo que te dije que quería enseñarte.

Sara se giró. Marcos le pasó la mochila desde atrás sin decir nada. Sara sacó una carpeta fina, gastada en los bordes de tanto abrirse y cerrarse a lo largo de los años.

Llevo tres años recopilando esto, dijo Óscar, sin apartar los ojos de la carretera.

Y antes de eso, otros tantos buscando piezas sueltas que no sabía cómo encajar.

Es todo lo que tengo sobre Solana, sobre Rozada, sobre quién puso el dinero detrás del camping.

Quería dártelo en persona. No sé por qué.

Supongo que después de todo este tiempo no quería que lo recibieras como un documento más en un correo.

Sara abrió la carpeta despacio. Fotocopias, recortes, notas manuscritas con una letra apretada y constante, la letra de alguien que ha escrito lo mismo muchas veces a lo largo de muchos años sin perder nunca el cuidado.

Solana no actuó solo en el 94, dijo Óscar. Había dinero detrás. Dinero privado que presionó para que el camping se autorizara. Tengo los nombres de dos empresarios de Huesca que tenían intereses en el desarrollo turístico del valle y que financiaron la campaña electoral de Rozada en el 93.

¿Puedes probarlo?

Tengo documentos bancarios de una cuenta que ya no existe. Una pausa. Los consiguió Esteban Corral. Antes de que los destruyeran.

Marcos, desde atrás, alargó el brazo y cogió la carpeta cuando Sara terminó de mirarla. Empezó a leer despacio mientras Óscar seguía conduciendo.

Sara miraba a su hermano de perfil. La mandíbula tensa, la misma de su padre cuando pensaba en algo que importaba.

Cuarenta años. Una carpeta fina sobre el asiento de un coche camino de Bronchales.

Tres años de trabajo silencioso desde un pueblo de Teruel hacia la verdad.

El mismo camino que ella había recorrido desde Zaragoza, sin saber que había alguien más recorriéndolo desde el otro extremo, durante todos esos años en que los dos se habían creído completamente solos.

Me lo preguntaste en Jaca, dijo Sara. Por qué no publicaste esto tú solo.

Te acuerdas, dijo Óscar. La misma respuesta sigue siendo la verdadera. Solo que ahora tengo a quien dársela.

Sara asintió.

No podía ser que te hubiera perdido por segunda vez, dijo Óscar en voz baja.

Sara no dijo nada. No hacía falta.

Bronchales apareció entre los pinos a media mañana, con la luz de noviembre que hace que los pueblos de piedra parezcan más antiguos de lo que son.

Sara lo miró desde el coche sin decir nada.

Las calles estrechas, las casas bajas, el campanario que Óscar había visto desaparecer por la ventanilla trasera treinta años antes sin saber que era la última vez.

¿Habías vuelto?, le preguntó Óscar.

Nunca, dijo Sara.

Óscar asintió. No dijo nada más.

Pero antes de ir a casa de Esteban Corral Óscar giró por una calle estrecha y aparcó frente a una plaza pequeña con una fuente de piedra en el centro y dos bancos de madera bajo un olmo grande que había perdido ya casi todas las hojas.

¿Qué hacemos aquí?, dijo Sara.

Un momento, dijo Óscar.

Marcos se quedó en el coche sin preguntar, que era una de las cosas que Sara valoraba de él.

Bajaron los dos. El frío de noviembre en Bronchales era distinto al de Jaca, más seco, más quieto, de ese tipo que se mete en los huesos sin prisa porque sabe que va a ganar de todas formas. Sara se subió el cuello del abrigo.

Óscar señaló una casa al otro lado de la plaza. Piedra oscura, ventanas pequeñas, una puerta de madera con la pintura desconchada. Cerrada. Con ese aspecto de los sitios que llevan mucho tiempo sin que nadie entre.

Era nuestra casa, dijo.

Sara la miró.

No recordaba nada de ella desde fuera. Tenía seis años cuando se fue y los recuerdos de esa edad son de dentro, de olores y texturas y voces, no de fachadas ni de calles.

Pero algo en la proporción de las ventanas, en la manera en que la puerta estaba situada ligeramente a la izquierda del centro, le resultó familiar de una forma que no podía explicar.

La cocina daba a la plaza, dijo Óscar. Mamá siempre dejaba la ventana entreabierta cuando hacía pan. En invierno se veía el vapor saliendo.

Sara miró la ventana de la cocina. Cerrada. Sin vapor.

Los columpios estaban detrás, dijo Óscar. Los pusieron cuando teníamos cuatro y ocho años. Papá y el tío Amadeo tardaron todo un domingo. Mamá les llevó limonada y ellos fingían que no estaban cansados.

Sara cerró los ojos un momento.

Los columpios. La plaza. Óscar empujando tan fuerte que sentía que iba a llegar al cielo. Pídeme que pare, decía él. Y ella no pedía que parara nunca.

Me acuerdo de los columpios, dijo Sara en voz baja.

Óscar la miró.

¿Sí?

Me empujabas muy fuerte. Yo no quería que pararas nunca.

Óscar sonrió. Era la primera vez desde que se habían encontrado en la comandancia que Sara le veía sonreír de verdad, con toda la cara, una sonrisa que no se aprende sino que se tiene desde siempre.

Te ibas a caer un día de esos, dijo.

Pero no me caí.

No. Nunca te caíste.

Se quedaron quietos un momento los dos mirando la plaza. La fuente de piedra con el agua parada. El olmo sin hojas. La casa cerrada con la ventana de la cocina donde su madre dejaba escapar el vapor del pan en invierno.

Óscar pensó en algo que no solía permitirse pensar.

No en su padre solo ni en su madre sola sino en los dos juntos.

En cómo se miraban cuando creían que nadie los miraba.

En la manera que tenía su padre de poner la mano en el hombro de su madre, despacio, sin motivo aparente, como si necesitara comprobar que estaba ahí.

En cómo su madre lo dejaba, sin decir nada, como si ese gesto fuera tan suyo como respirar.

Dos personas que habían construido algo juntas en ese pueblo de piedra y que habían merecido más tiempo para seguir construyéndolo.

Miguel Villalba había trabajado esa tierra hasta que un año bueno y unas vacaciones ganadas a pulso lo llevaron a un camping junto a un río en los Pirineos.

María Villalba había cosido ajuares y remendado ropa ajena y hecho pan los domingos y guardado en una lista de papel las cosas que había que llevar de viaje comprobándola tres veces porque era la primera vez de verdad.

Habían sido gente buena. Gente corriente y buena que no le había hecho daño a nadie y que merecía haber vuelto de ese viaje.

Vamos, dijo Óscar en voz baja. Esteban nos espera.

Sara asintió.

Pero antes de volverse miró la casa una vez más. La ventana de la cocina. La puerta ligeramente a la izquierda. Y algo que no era exactamente paz pero que se le parecía bastante se instaló en algún sitio dentro de ella que llevaba mucho tiempo vacío.

Cogieron el coche hacia Albarracín, veinte minutos por una carretera que serpenteaba entre pinares, bajando y subiendo con la sierra.

Esteban Corral vivía en una casa de piedra al final de una calle empinada del casco antiguo, con una huerta pequeña en la parte trasera y un perro viejo que ladró dos veces y luego se quedó mirándolos con indiferencia.

Tenía setenta y dos años y el aspecto de un hombre que ha trabajado toda la vida con las manos y que ya no tiene nada que demostrarle a nadie.

Por la mañana no había estado. Un vecino les había dicho que solía madrugar para ir al mercado de Orihuela del Tremedal y que volvía al mediodía. Habían ido a ver la casa familiar mientras esperaban. Ahora era pasada la una y Esteban abrió con el delantal puesto y cara de quien acaba de llegar.

Les hizo pasar a la cocina.

Sara le explicó quién era y por qué estaban allí.

Le habló de El Pirineo Digital, del reportaje, de lo que tenían.

Le habló de Castán y de Alicia sin dar más detalles de los necesarios.

Esteban Corral la escuchó con los brazos cruzados y la expresión de quien ya sabía que este día iba a llegar en algún momento.

¿Está dispuesto a declarar ante la Guardia Civil?, dijo Sara cuando terminó.

Esteban miró a Óscar.

Lleva años viniendo a verme, dijo. Cada vez que venía yo pensaba que quizás era el momento. Pero siempre faltaba algo.

Ya no falta, dijo Óscar.

Esteban miró sus manos encima de la mesa. Luego miró a Sara.

Vi a dos hombres, dijo. Era tarde, casi las diez de la noche.

Yo había vuelto a buscar unas herramientas que había dejado olvidadas.

La puerta trasera de mantenimiento estaba abierta.

Vi a dos hombres con una caja de archivos metiéndola en el maletero de un coche.

Uno de ellos era Solana. Lo reconocí porque ya empezaba a salir en el Heraldo por el negocio hotelero.

Al otro lo reconocí después, atando cabos con los años. Era Rozada.

¿Los dos a la vez?