Donde el río no olvida CAPÍTULO 44
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CAPÍTULO 44

Bernal llamó un miércoles por la mañana.

Solana estaba en su despacho revisando los presupuestos del complejo de Benasque cuando descolgó. Había dormido mal los últimos días, algo que no le ocurría casi nunca, y la falta de sueño le había dejado un peso sordo detrás de los ojos que el café no terminaba de disipar.

Tenemos un problema, dijo Bernal.

Solana reconoció el tono. Era el mismo que había usado la primera vez, semanas antes. Pero había algo diferente ahora. Algo más tenso en las palabras, como si costara más pronunciarlas.

La mujer del collado, dijo Bernal. Han identificado el cuerpo.

Ya lo sé, dijo Solana. Salió en las noticias.

No era Sara Villalba.

Solana se quedó quieto.

¿Cómo?

La víctima se llama Alicia Sánchez. Treinta y seis años. Valencia. Era superviviente de la riada del 96. Fue al valle por su cuenta, sin relación con la investigación periodística.

El silencio que siguió duró varios segundos.

¿Y Sara Villalba?, dijo Solana. Su voz había bajado de tono pero seguía siendo la misma voz, plana, sin inflexión. Una voz que llevaba décadas no dejando que nada se le notara.

Está viva, dijo Bernal. Está en Jaca. Ha declarado ante la Guardia Civil. Y hay algo más.

Solana esperó.

Hay un hombre con ella. Además del redactor jefe. Un hombre que dice llamarse Óscar Villalba. Superviviente de la riada. Dice ser su hermano.

Solana cerró los ojos.

Óscar Villalba. Un nombre que no había oído en treinta años.

Un niño de diez años que había subido a un árbol con su hermana de seis y que el sistema había absorbido sin dejar rastro.

Había asumido, como había asumido tantas cosas, que ese cabo suelto no volvería.

Que el tiempo se encargaba de esas cosas.

El tiempo no se había encargado.

¿Qué tiene?, dijo.

Juntos tienen mucho. Bernal habló despacio, preciso, dando malas noticias sin adornos.

La periodista tiene el informe del 93, la resolución del 94 con tu firma, el expediente de supresión de Rozada.

El hermano tiene documentos bancarios que conectan financiación privada con la campaña de Rozada.

Y hay un testigo en Albarracín que puede situarte a ti mismo, con Rozada, sacando juntos el archivo de la Diputación la misma noche de agosto del 96 que él ordenó clasificarlo.

¿Quién es el testigo?

Un hombre mayor. Personal de mantenimiento de la época.

Solana abrió los ojos. Miró el Ebro por la ventana. El río seguía ahí, indiferente, moviéndose hacia el mar.

¿Y la Guardia Civil?

El teniente Salas está investigando. Han abierto una línea que conecta la muerte de Castán con la de Alicia Sánchez. Y el incidente del río con el coche.

Eso no es suficiente para probar nada.

Todavía no, dijo Bernal. Pero están construyendo algo. Y si publican antes de que haya cargos formales lo que tienen es suficiente para destruirte públicamente aunque no haya condena penal.

Solana se levantó de la silla. Fue a la ventana. El despacho con vistas al Ebro y al Pilar, el edificio que había construido encima de treinta años de silencio, los cuatro hoteles en los Pirineos, la fundación con su nombre, las fotos con presidentes.

Todo construido encima de una decisión de 1994.

Una decisión que en ese momento le había parecido razonable. Que el río no había crecido en cuarenta años. Que el informe de Ferrer Ara era el de un funcionario demasiado cauteloso. Que el desarrollo turístico necesitaba ese primer impulso. Que los beneficios superaban los riesgos.

Los beneficios no habían superado los riesgos.

¿Qué quieres que haga?, dijo Bernal.

Solana miró sus manos apoyadas en el cristal de la ventana. Las mismas manos que habían firmado aquella resolución en diciembre de 1994. Más viejas ahora. Con las venas más marcadas.

Nada, dijo.

Bernal tardó un momento en responder.

¿Nada?

Nada más. Solana se apartó de la ventana. Ya hemos hecho suficiente daño.

Hubo un silencio largo al otro lado.

Ramón.

Lo que hay que hacer ahora lo tiene que hacer un abogado, dijo Solana. El mejor que encuentres. Llámale hoy.

El clic del teléfono al cortar.

Se quedó de pie en medio del despacho durante un momento. Luego fue a la mesa y abrió el cajón de arriba. Sacó una foto pequeña, de esas que ya casi nadie tiene en papel. Una foto de un camping junto a un río. Verano. Tiendas de colores, gente sonriendo, montañas al fondo.

La había guardado todos estos años sin saber muy bien por qué.

Quizás porque hay cosas que uno guarda aunque duelan. Quizás porque mirarlas de vez en cuando es la única forma honesta de recordar lo que uno ha hecho.

La dejó encima de la mesa.

Luego llamó a su abogado.

No llamó a Bernal.

Bernal tenía sus propias instrucciones. Las que había recibido antes. Y los hombres como Bernal no esperan confirmación para terminar lo que han empezado.