CAPÍTULO 43
Fue un martes por la tarde.
No había nada especial en ese martes. Rosa estaba haciendo la cena, algo con patatas que olía bien desde el pasillo.
Diego leía el periódico en el salón con el gato Rufo encima de los pies.
Él había llegado del instituto hacía una hora y estaba buscando pilas para el mando de la videoconsola en el cajón grande de la cocina, el que Diego usaba para guardar cosas sueltas: recibos, un martillo pequeño, cargadores de aparatos que ya no existían.
La abrió.
Dentro había un jersey pequeño, unos calcetines, y una hoja del hospital de Jaca con la fecha y una lista de objetos personales. El primero de la lista era una moneda de veinticinco pesetas, de las doradas con un agujero en el centro. La sacó.
No supo por qué la cogió. Solo que sus dedos la reconocieron antes que su cabeza.
La sostuvo un momento en la palma de la mano, sintiendo el peso, el relieve del canto y el agujero en el centro. Y luego, sin saber por qué, la colocó entre el índice y el corazón y empezó a hacerla pasar entre los nudillos.
Nudillo a nudillo.
Sus manos lo sabían.
Lo supieron antes de que él lo supiera. Se movieron solas, precisas, gestos muy repetidos, con el pulgar empujando desde abajo en el momento exacto, con la muñeca girando levemente para atrapar la moneda cuando llegaba al meñique y empezar de nuevo.
Él se quedó quieto mirando sus propias manos.
Nunca había hecho eso antes. O eso creía. Pero sus manos lo sabían perfectamente, como si lo hubieran hecho miles de veces, como si ese gesto llevara años esperando en algún sitio dentro de él a que algo lo despertara.
Nudillo a nudillo. Despacio.
Y entonces llegó.
No fue gradual. Fue de golpe, como cuando enciendes la luz en una habitación oscura y de repente está todo ahí. Una imagen. Nítida y completa como no había tenido ninguna en cinco años de buscar en el cajón oscuro.
Un hombre.
Sentado en unos escalones de piedra. Manos grandes y morenas de trabajar la tierra. La luz de la tarde en el pueblo, esa luz seca de meseta que no se parece a ninguna otra. Y esas mismas manos sujetando una moneda de veinticinco pesetas y diciéndole así, con el pulgar así, ya verás.
Papá.
La palabra llegó entera. Sin duda. Sin fisura.
Papá.
La moneda cayó al suelo.
Él no la recogió. Se quedó sentado en la silla de la cocina con las manos abiertas en el regazo y algo moviéndose dentro de él que no podía nombrar todavía pero que era enorme, que era todo, que era los cinco años de silencio rompiéndose de golpe en una cocina de Oviedo un martes por la tarde.
Rosa se giró desde el fogón.
¿Estás bien?
Él no contestó enseguida.
Estaba intentando sujetar la imagen. Sostenerla con cuidado para que no se deshiciera como todas las anteriores. El hombre en los escalones. Las manos. La moneda. La luz del pueblo.
¿Cómo se llama mi pueblo?, dijo.
Rosa frunció el ceño.
No lo sabemos, cariño. Nunca lo hemos sabido.
Empieza por B, dijo él. Creo que empieza por B.
Abrió la boca. La cerró. Algo en su garganta apretando.
Bronchales, dijo.
No lo dijo seguro. Lo dijo como se dice algo que acabas de encontrar y todavía no sabes si es real o si te lo estás inventando. Pero en el momento en que la palabra salió de su boca supo que era real. La reconoció en el cuerpo, en ese lugar donde viven las certezas que no necesitan explicación.
Rosa dejó la cuchara en el fogón y se acercó.
¿Bronchales?
Es un pueblo de Teruel, dijo él. Hay un campanario. Y una plaza con una fuente. Y los escalones donde mi padre me enseñó esto.
Miró la moneda en el suelo.
Tu padre, dijo Rosa en voz baja.
Sí.
Ella se sentó a su lado. No dijo nada durante un momento. Luego le puso una mano encima de la suya.
¿Recuerdas algo más?
Él buscó. El cajón ya no estaba tan oscuro. Había luz entrando por las grietas.
Una O, dijo. Mi nombre empieza por O. Lo supe en el hospital pero luego lo perdí. Ahora lo sé otra vez.
¿Solo la O?
Buscó más. Los escalones. El hombre. Las manos. Una voz llamándole desde dentro de la casa.
Óscar, dijo.
Despacio. Sílaba a sílaba. Como si lo probara.
Me llamo Óscar.
Años después Óscar trataría de explicar esto y nunca le saldría del todo bien.
Que el niño de los Pardo, el que respondía a David y aprendía idiomas y sacaba buenas notas, lo recordaba como se recuerda a otra persona, desde fuera, con cariño pero sin pertenencia.
Y que solo cuando volvía a aquellos escalones de piedra, a las manos de su padre, podía decir yo sin que la palabra le sonara prestada.
Por eso, cuando contaba esos años, seguía contándolos como si le hubieran pasado a otro. Porque en cierto modo así había sido.
Rosa le dejó solo esa noche.
No lo dijo. Simplemente después de cenar recogió la mesa más despacio de lo habitual y le preguntó si necesitaba algo y cuando él dijo que no se fue al salón y cerró la puerta con la delicadeza de quien sabe cuándo el espacio importa más que la compañía.
Óscar se quedó en la cocina.
Tenía el nombre. Tenía el pueblo. Tenía la imagen del padre en los escalones de piedra. Tenía suficiente para buscar.
Lo primero que buscó no fue el teléfono del pueblo. Fue la lista.
Había salido en todos los periódicos en agosto del 96. Ochenta y siete nombres. Los había buscado antes, en los primeros meses del hospital, sin saber todavía qué estaba buscando. Ahora los buscó sabiendo.
Miguel Villalba Serrano. María Villalba Gracia.
Los dos estaban.
Se quedó mirando los nombres durante un tiempo que no supo medir.
No lloró. O quizás sí pero no lo recordó después.
Lo que recordó fue el silencio. El silencio de la cocina de los Pardo con el ordenador zumbando y los dos nombres en la pantalla y la certeza de que lo que había temido durante cinco años era verdad y de que saberlo no lo hacía más pequeño sino más real y más permanente.
Luego buscó los supervivientes.
Y encontró que había una niña de seis años sin identificar que había llegado al hospital de Jaca la noche del 7 de agosto.
Fue al cuarto donde Diego tenía el ordenador.
Una torre grande y ruidosa con conexión telefónica que tardaba un minuto en arrancar.
Se sentó. Buscó Bronchales en el buscador.
Un pueblo de Teruel en la sierra de Albarracín, doscientos habitantes, altitud 1569 metros.
Lo miró en el mapa. Casi seiscientos kilómetros. Un puntito entre las curvas de nivel.
Buscó el teléfono del ayuntamiento.
Lo encontró. Un número de nueve cifras que marcó en el fijo de la cocina con la sensación de estar haciendo algo sin vuelta atrás.
Descolgó una mujer mayor.
Él preguntó por los Villalba. Dijo que buscaba a una familia que se apellidaba Villalba. Que había vivido allí.
La mujer tardó un momento.
Los Villalba, dijo. Miguel y María. Claro que los conocía.
Todo el pueblo los conocía. Se fueron de vacaciones al Pirineo en el verano del 96 y no volvieron.
Un silencio. Los dos mayores no volvieron.
Los niños sí, pero los niños acabaron en el sistema.
No sé qué fue de ellos. La niña pequeña sí sé que la adoptaron, pero el mayor...
ese chico mayor... a ese lo perdimos de vista.
Óscar apretó el auricular.
¿El chico mayor?, dijo. ¿No sabe nada de él?
Nada, dijo la mujer. Tenía diez años. En estos casos los niños desaparecen en el sistema y ya no hay manera. Si algún día aparece, que sepa que aquí la gente lo recuerda.
Él no dijo que era él.
No supo por qué. Quizás porque necesitaba más tiempo.
Quizás porque decirlo en voz alta a una desconocida era hacerlo demasiado real demasiado pronto.
Quizás porque lo que acababa de escuchar —que lo habían perdido de vista, que había desaparecido en el sistema— era exactamente lo que había sido durante cinco años y necesitaba un momento para sujetarlo.
Preguntó por la niña.
La niña, dijo la mujer, la adoptaron siendo pequeña. Le cambiaron el apellido, eso sí lo sé. Pero el nombre nuevo no lo sé. Esas cosas son confidenciales.
Óscar apuntó lo que sabía en el dorso de una hoja del cuaderno de Diego.
Bronchales. Óscar Villalba. Hermana. Adoptada. Apellido cambiado. Seis años en el 96.
Miró lo que había escrito.
Era poco. Era casi nada. Pero era el primer hilo.
Fue la primera vez a los dieciséis años.
Le costó casi dos años reunir el valor. Diego y Rosa lo acompañaron hasta la estación de autobuses de Oviedo y lo dejaron ir solo el resto del camino, porque entendieron, sin que él tuviera que explicarlo, que esto era algo que tenía que hacer sin nadie mirando.
Bronchales apareció exactamente como lo recordaba y completamente distinto a la vez.
Las piedras eran las piedras que había visto en su cabeza durante meses.
La plaza era la plaza. Pero él ya no era el niño que había vivido allí.
Era un adolescente de acento distinto, de gestos aprendidos en otra casa, con un nombre que llevaba seis años sin decir en voz alta delante de nadie que lo hubiera conocido antes.
Se registró en el único hostal del pueblo. Caminó por las calles sin atreverse a preguntar nada a nadie. Se paró delante de una casa de piedra oscura que su memoria insistía en reconocer y no llamó a la puerta.
Fue esa misma tarde cuando una señora mayor lo miró en la plaza, lo estudió un momento y le dijo eres el hijo de Miguel Villalba, tienes sus mismos ojos. Él no supo qué contestar. Asintió y volvió al hostal casi corriendo.
Esa noche no durmió.
No fue el pueblo lo que se lo impidió. Fue la sensación de no pertenecer a él tampoco, de haber cruzado media España para encontrar un sitio que ya no era del todo suyo, un sitio que lo reconocía a él sin que él pudiera reconocerlo a cambio.
Se sintió extranjero en su propio pueblo, que era una manera muy concreta y muy solitaria de no sentirse en ningún sitio.
Cogió el primer autobús de la mañana siguiente.
No volvió en ocho años.
El traslado a Huesca llegó dos años después de aquel primer viaje, cuando a Diego le ofrecieron un puesto en la delegación de Hacienda de la provincia.
Rosa dudó al principio, dejar el colegio donde llevaba quince años enseñando no era poco, pero fue ella quien terminó de decidirlo.
Le dijo a Diego, una noche, que si el chico tenía una tierra en alguna parte, aunque fuera solo un pueblo pequeño de Teruel al que quizás nunca volviera a acercarse del todo, mejor que esa tierra les quedara más cerca a todos que más lejos.
Diego no necesitó que se lo explicara dos veces.
Se mudaron el verano de sus dieciocho años, con dos maletas, el gato Rufo metido a disgusto en un transportín, y una caja de cartón con lo poco que él había ido guardando sobre los Villalba y sobre Bronchales, que ya no cabía debajo del colchón.
Huesca no era Oviedo. Y no era Bronchales tampoco. Pero estaba más cerca de las dos cosas que dejaba atrás, y eso, aunque él no lo dijera en voz alta, fue suficiente.
Tenía veinticuatro años la segunda vez.
Había tardado ocho años en reunir el valor suficiente.
O quizás no era valor lo que le había faltado sino otra cosa, algo más parecido a la certeza de que el pueblo seguiría ahí cuando llegara, de que las piedras no se moverían, de que la gente mayor que podía recordar a los Villalba no habría muerto todavía.
Fue en octubre, que era el mes en que los Pirineos se ponían de ese color imposible y el aire bajaba limpio de las cumbres y todo olía a resina y a tierra mojada. No había planeado que fuera en octubre. Simplemente así había resultado.
El pueblo apareció entre los pinos como si llevara siglos esperando que alguien volviera a mirarlo.
Esta vez sí llamó a la puerta de la casa de piedra oscura. Nadie contestó. Llevaba años cerrada, con una maceta vacía en el alféizar de la ventana del primero, la tierra seca y cuarteada.
Se quedó mirando la puerta durante un tiempo que no supo medir. Y entonces llegó el olor. Muy débil, casi imaginado, como el eco de algo que ya no existe. Pan. El olor del pan que se ha cocido en una cocina durante años y que se queda impregnado en las paredes aunque ya no se cueza más.
Cerró los ojos. La cocina pequeña. La ventana entreabierta. Las manos de su madre en la masa.
Se dio la vuelta y fue hacia la plaza. Se sentó en un banco bajo el olmo, sacó la moneda del bolsillo y empezó a hacerla pasar entre los nudillos. Nudillo a nudillo. Despacio.
Una señora que pasaba se paró a mirarlo.
¿Villalba?, dijo, después de un momento.
Sí, dijo él.
Ella lo miró de esa manera que reconoció enseguida, buscando en su cara a otra persona, a alguien que ya no estaba.
Has vuelto, dijo.
Siguió su camino sin decir nada más, como si eso fuera explicación suficiente para todo.
Se quedó en el banco hasta que empezó a oscurecer.
Luego cogió el autobús de vuelta, y en algún punto de la carretera, entre Teruel y Zaragoza, decidió que iba a averiguar qué había pasado de verdad en el camping Las Nieves.
No sabía cómo ni cuánto tiempo le iba a llevar.
Solo sabía que no podía seguir siendo el hombre que llevaba los ojos de su padre en la cara sin hacer nada con ellos.
Tardó nueve años en encontrar el segundo.
No porque no buscara. Sino porque buscar a alguien que ha desaparecido en el sistema de adopción con el apellido cambiado y sin más datos que un nombre de pila y una edad es buscar en una oscuridad que no tiene fondo.
Registros protegidos. Juzgados que no facilitan información.
Servicios sociales que no pueden confirmar ni desmentir.
Cada puerta que intentaba abría otra puerta cerrada.
Pero siguió.
Con quince años empezó a guardar lo poco que encontraba en una carpeta de cartón que escondía debajo del colchón. Con diecisiete tenía dos carpetas. Con veinte, cuando ya vivía solo en Huesca y trabajaba en el almacén, tenía una caja.
La búsqueda de Sara y la búsqueda de la verdad sobre lo que había pasado esa noche fueron la misma cosa desde el principio. Porque si encontraba la verdad quizás encontraba a Sara. Y si encontraba a Sara quizás encontraba a alguien que también hubiera buscado la verdad.
Dos hilos. El mismo nudo.
La moneda entre los nudillos. Nudillo a nudillo. Siempre.
Rosa apretó su mano.
¿Sabías que estaba ahí?, preguntó él.
Rosa negó con la cabeza.
No, dijo. Fue Diego quien la guardó, el día que fuiste a vivir con nosotros.
Nos dieron una bolsa en el centro de menores, con lo poco que llevabas encima esa noche.
Diego dijo que no le correspondía a nadie decidir cuándo estabas listo para verla.
Que la guardaría hasta que tú mismo la encontraras.
Él se quedó callado.
Cinco años, dijo. Cinco años en ese cajón.
Rosa asintió.
Esperando, dijo.
Él miró la moneda en el suelo. Dorada. Con el agujero en el centro.
Se agachó y la recogió.
La sostuvo en la palma.
Luego volvió a colocarla entre el índice y el corazón y empezó de nuevo.
Nudillo a nudillo. Despacio.
Como le había enseñado su padre.