CAPÍTULO 42
La familia de acogida se llamaba los Pardo.
Eran buenos.
No sabía cómo decirlo de otra manera. Eran buenos de esa manera sencilla y sin aspavientos de la gente que hace lo que hace porque cree que hay que hacerlo y no necesita que nadie se lo agradezca.
Rosa le preguntaba cada noche qué quería cenar.
Diego le llevaba al fútbol los domingos aunque a él el fútbol no le gustaba demasiado pero iba porque notaba que a Diego le importaba hacer esas cosas con él.
Le compraron libros. Le llevaron al médico cuando tuvo anginas.
Le felicitaron el cumpleaños aunque no sabían cuándo era exactamente su cumpleaños y eligieron una fecha de julio porque en julio hacía buen tiempo y se podía hacer algo fuera.
Él lo recibía todo.
No con frialdad. Sino con una distancia involuntaria, la de quien sabe que está en un sitio prestado. Que la cama en la que duerme no es su cama de verdad. Que los platos que come no saben igual que los platos de antes, aunque no pudiera recordar exactamente a qué sabían los platos de antes.
Se llamaba David Arenas en todos los papeles.
En el colegio era David. Con los Pardo era David. En la calle, cuando alguien le preguntaba cómo te llamas, decía David, automático, de quien lleva años respondiendo a ese nombre aunque cada vez que lo dice algo dentro de él lo registre como una pequeña mentira.
Pero había momentos.
Momentos en que algo se filtraba por las grietas.
Una tarde en que Rosa estaba haciendo pan y el olor de la cocina le golpeó de una manera que no esperaba, brusco y preciso como un puño en el pecho.
Un domingo en que Diego lo llevó a caminar junto al río Sella y el olor del agua, verde y fría, le encogió el estómago sin que supiera decir por qué.
Una noche de tormenta en que el ruido del agua contra las ventanas le hizo levantarse de la cama y quedarse quieto en el pasillo sin saber por qué, con el corazón desbocado y las manos apretadas contra los costados.
Rosa le encontró allí.
No le preguntó qué le pasaba. Le puso una mano en el hombro y le dijo ven y le llevó a la cocina y le hizo una manzanilla y se sentó con él hasta que el corazón se calmó.
¿Quieres contarme algo?, dijo.
Él miró la taza.
No sé qué contarte, dijo. No sé qué me pasa.
No tienes que saber qué te pasa para contármelo, dijo Rosa.
Él pensó en eso un momento.
A veces, dijo despacio, siento que hay algo que debería recordar y no recuerdo. Como una palabra que tienes en la punta de la lengua. Pero no es una palabra. Es algo más grande.
Rosa no dijo nada.
¿Crees que algún día lo voy a recordar?, preguntó él.
Rosa lo miró durante un momento.
Creo que el cerebro guarda las cosas hasta que estás listo para recibirlas, dijo. Y que cuando estés listo, van a llegar.
Él no supo si creérselo. Pero lo guardó.
Los tres años con los Pardo se resumían en lo esencial: David Arenas, doce, trece, catorce años, una versión de sí mismo que funcionaba sin terminar de ser suya.
Buenas notas. Un amigo, Iván, con quien hablaba de música y nunca de nada importante.
Sábados con hora de vuelta. Buenas noches dichas cada noche.
Funcionaba.
Pero había algo que nunca terminaba de encajar. Algo que notaba cuando se miraba en el espejo del baño, en ese segundo antes de que la cara se vuelva familiar y ya no la ves de verdad. Un extrañamiento. Como si la persona que le devolvía la mirada fuera alguien a quien conocía pero no del todo.
Una tarde de febrero, con catorce años, Diego le preguntó si quería que iniciaran el proceso de adopción formal.
Él se quedó quieto.
¿Qué significa eso?, dijo.
Que pasarías a llamarte David Pardo, dijo Diego. Que seríamos tu familia de manera oficial.
Él miró sus manos.
Pensó en la letra O. En el nombre que no podía recordar pero que sabía que existía. En la cocina y el olor a pan y la mano grande y morena enseñándole a pasar una moneda entre los nudillos.
Todavía no, dijo.
Diego no preguntó por qué. Solo asintió.
Cuando quieras, dijo. Aquí seguimos.
Él levantó la vista y miró a ese hombre que llevaba dos años llevándole al fútbol aunque a ninguno de los dos les gustaba demasiado y que había elegido julio para su cumpleaños porque en julio hacía buen tiempo.
Gracias, dijo.
Era la primera vez que lo decía de verdad.