Donde el río no olvida CAPÍTULO 41
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CAPÍTULO 41

Lo primero que supo fue que tenía frío.

No supo su nombre. No supo dónde estaba. No supo cómo había llegado hasta esa cama ni por qué le dolía el brazo ni por qué había una mujer con bata blanca mirándole desde la puerta con una expresión que él no tenía palabras para describir, pero que reconoció: la de alguien que no sabe qué decirte.

Solo supo que tenía frío y que las sábanas eran demasiado blancas.

Intentó recordar.

Buscó en su cabeza como se busca algo en un cajón oscuro, a ciegas, esperando encontrar algo conocido bajo los dedos.

Pero el cajón estaba vacío. O no estaba vacío sino lleno de algo que no era recuerdos sino otra cosa, algo denso y oscuro que lo cubría todo como el barro cubre el fondo de un río después de la crecida.

El agua.

Eso sí lo tenía. El agua subiendo. Un ruido que no era ruido sino todo el mundo convertido en ruido. Y los brazos. Sus brazos alrededor de algo, alrededor de alguien, apretando con una fuerza que no sabía que tenía.

Luego nada.

La mujer de la bata entró despacio.

¿Sabes cómo te llamas?, dijo.

Él la miró.

Buscó otra vez. El cajón oscuro. Sus dedos encontrando solo barro.

Negó con la cabeza.

La mujer asintió de una manera que a él le pareció que ya lo esperaba.

¿Sabes cuántos años tienes?

Buscó. Esta vez encontró algo, no una palabra sino una sensación, un número que era más una forma que un concepto.

Diez, dijo. Le salió la voz rara, como si llevara mucho tiempo sin usarla.

La mujer asintió otra vez y escribió algo en un papel sin mostrarle qué.

¿Sabes dónde estás?

Negó.

Estás en el hospital de Jaca, dijo ella. Te encontraron en el río. Estás a salvo.

A salvo.

Él miró la palabra desde dentro. La giró. La examinó. No entendía del todo qué significaba estar a salvo cuando no sabías de qué habías escapado ni quién eras ni si había alguien en el mundo que te estuviera buscando.

¿Tienes familia?, dijo la mujer.

El cajón oscuro.

Los dedos buscando.

Algo. Había algo. Una voz. Más de una voz. Una cocina. Olor a pan. Pero cuando intentaba agarrarlo se deshacía como se deshace el azúcar en el agua, sin dejar nada excepto la certeza de que había estado ahí un momento antes.

Negó con la cabeza.

No porque no tuviera familia. Sino porque no podía encontrarla.

Le pusieron un nombre provisional en los papeles.

David Arenas, dijeron. Por ahora David Arenas.

No le preguntaron si le gustaba. Y a él no le importó porque David era tan ajeno como cualquier otra cosa. Todo era ajeno. El nombre, la cama, la ropa que no era suya, el paisaje por la ventana, esas montañas que no reconocía aunque algo en él las mirara con una familiaridad que no sabía explicar.

Los primeros días fueron así. La mujer de la bata volvía cada mañana con las mismas preguntas. ¿Recuerdas algo? ¿Sabes cómo te llamas? ¿Te viene algo a la cabeza?

Él siempre decía que no.

No porque mintiera. Sino porque los fragmentos que llegaban eran tan pequeños y tan rotos que no sabía si eran recuerdos de verdad o cosas que se estaba inventando para llenar el vacío.

Una mano grande. Un tractor rojo. Un perro que se llamaba algo con jota o con ge.

Una canción que alguien cantaba muy bajito por las noches.

¿Eso era su familia? ¿O era cualquier familia?

No lo sabía.

Lo que sí sabía, con una certeza que no venía de los recuerdos sino de algún sitio más profundo, era que había alguien.

Que antes de ese hospital y de ese río y de esa cama demasiado blanca había alguien que era suyo y él era de ellos.

Y que ese alguien estaba buscándole o debería estar buscándole o ya no podía buscarle.

Esa última posibilidad era la que no podía mirar directamente.

Así que no la miraba.

De noche, cuando el hospital se quedaba en silencio y solo quedaban los pitidos lejanos de las máquinas y el paso suave de las enfermeras por el pasillo, él buscaba en el cajón oscuro con más calma. Sin urgencia. Dejando que los dedos se movieran solos.

A veces llegaba algo.

Una tarde de verano. Calor seco de meseta. Alguien diciendo su nombre, su nombre de verdad, no David, sino otro nombre que casi podía oír pero que se disolvía justo antes de tomar forma completa.

Él se quedaba quieto con eso. Lo sujetaba con cuidado, como se sujetan las cosas frágiles, sin apretar para no romperlo.

La primera letra. Estaba casi seguro de que la primera letra era O.

Un día, dos semanas después, miró por la ventana y vio las montañas.

Las había visto todos los días desde que estaba allí. Pero ese día las vio de otra manera, con una atención súbita, la que tienen las cosas cuando de repente dejan de ser fondo y se convierten en figura.

Las reconocía.

No sabía de dónde ni desde cuándo ni con quién las había mirado antes. Pero las reconocía con el cuerpo entero, con una certeza sin origen, la única que no puede fabricarse.

Había estado en esas montañas.

Antes del río. Antes del barro. Antes de que todo se rompiera, había estado en esas montañas con alguien que le importaba más que cualquier otra cosa del mundo.

Se le llenaron los ojos.

No de tristeza exactamente. De algo más grande y más difuso. De la distancia entre lo que sabía que había tenido y lo que no podía recordar.

La enfermera que pasaba por el pasillo le vio desde la puerta y entró.

¿Estás bien?, dijo.

Él miró las montañas.

Las conozco, dijo.

La enfermera miró también hacia la ventana. Luego le miró a él.

¿Las montañas?

Sí.

¿Recuerdas algo más?

Buscó. El cajón. Los dedos moviéndose despacio.

Una O, dijo. Mi nombre empieza por O. Creo.

La enfermera escribió algo en su papel y salió al pasillo a buscar a alguien.

Él se quedó mirando las montañas.

En algún sitio detrás de esas cumbres estaba lo que había sido antes de ser David. Estaba su nombre entero. Estaba la cocina y la mano grande y el olor a pan y la voz que cantaba bajito.

Estaba todo lo que no podía recordar pero que sabía que existía.

Lo sabía porque lo echaba de menos.

Y no puedes echar de menos algo que no has tenido.