Donde el río no olvida CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

Las llamadas se hicieron más frecuentes a partir de ahí, sin que ninguno de los dos lo decidiera de forma consciente.

No eran largas. Casi nunca pasaban de diez minutos. Pero empezaron a tener una forma distinta, menos forzada, con más silencios que ya no incomodaban tanto, esos silencios que solo se permiten las personas que empiezan a estar cómodas estando calladas juntas.

Óscar seguía soltando recuerdos sin avisar, como quien deja caer algo sin querer y luego se sorprende de haberlo soltado.

Te subías a los árboles, dijo una tarde. No al chopo del camping, antes. En Bronchales. Había un nogal detrás de casa y te subías más alto que yo aunque eras más pequeña, y luego no sabías bajar y tenía que subir a buscarte. Te enfadabas conmigo por eso también. Decías que tú podías bajar sola.

¿Y podía?

Nunca, dijo Óscar. Ni una sola vez. Pero lo decías cada vez con la misma seguridad.

Sara se rió, una risa corta y genuina que la cogió desprevenida a ella misma.

Eso sí lo reconozco, dijo. Lo de no aceptar ayuda. Eso no se me ha quitado.

Ya me he dado cuenta, dijo Óscar, y algo en su voz tenía gracia de verdad, la primera broma real entre los dos.

Empezó a pasar que Sara también recordaba cosas, a veces.

No grandes. Fragmentos. El olor de un jersey de lana mojada.

Una voz cantando bajito en la oscuridad de una tienda de campaña.

Unas manos grandes ayudándola a montar en una bici sin que ella se diera cuenta de que ya iba sola.

Se los contaba a Óscar cuando llamaba, dudando siempre, con la cautela de quien no está segura de si lo que tiene es un recuerdo real o uno construido de tanto desearlo.

Eso último es papá, dijo Óscar la noche que ella le contó lo de la bici. Soltaba el sillín sin decirte nada. Decía que si lo decías te ponías nerviosa.

¿Tú te acuerdas de eso?

Me acuerdo de que yo aprendí igual, dijo Óscar. Y de que él decía que con las dos hacía lo mismo.

Los dos se quedaron callados con eso un momento, ese silencio nuevo, el que ya no pesaba.

No se habían visto desde Jaca. Las semanas habían pasado entre llamadas cortas y la investigación que avanzaba despacio en paralelo, y ninguno de los dos lo había mencionado, pero los dos sabían sin decirlo que algo se estaba reconstruyendo, despacio, sin prisa, de la única manera en que esas cosas se reconstruyen de verdad.

Faltaban tres semanas para que Esteban Corral hiciera su declaración formal.

Cuando Óscar la llamó esa última vez antes de Bronchales, su voz tenía algo distinto. Menos cuidado. Más cercanía.

Tengo que enseñarte algo, dijo. Algo que llevo guardando mucho tiempo. Pero quiero hacerlo en persona.

¿Qué es?

Cuando nos veamos, dijo Óscar. Hace falta verse para esto.