CAPÍTULO 39
Óscar llamó por primera vez seis días después.
Sara estaba en la habitación del hotel donde se había instalado tras lo del archivo invadido, con el portátil abierto y tres pestañas de registros mercantiles, cuando el teléfono vibró con un número que todavía no tenía guardado del todo bien, porque no sabía si guardarlo como Óscar o como Óscar Villalba o como hermano, que le parecía una palabra demasiado grande para meterla en una agenda.
Hola, dijo Óscar.
Hola.
Silencio.
¿Cómo va todo?, dijo él.
Despacio, dijo Sara. Construyendo el caso. ¿Y tú?
Trabajo. Lo de siempre.
Hablaron seis minutos. Sara los contó después, sin querer, mirando el reloj del móvil cuando colgaron.
Seis minutos en los que se preguntaron cosas que ya sabían la respuesta —cómo va el tiempo por allí, has comido, qué tal duermes— porque ninguno de los dos se atrevía todavía a las preguntas que sí importaban.
Antes de colgar, Óscar dijo algo que la dejó quieta un momento.
Tenías una manera de reírte, dijo. De pequeña. Echabas la cabeza hacia atrás y te tapabas la boca con las dos manos a la vez, como si te diera vergüenza que se te viera reír tanto. Me he acordado esta mañana sin venir a cuento.
Sara no dijo nada durante un segundo.
No me acuerdo de eso, dijo.
Ya. Pero lo hacías.
Colgaron poco después. Sara se quedó con el teléfono en la mano, pensando en una risa que no recordaba tener, intentando encontrarla en algún sitio de dentro y no encontrándola, y sintiendo de todas formas que algo en ese gesto descrito le pertenecía, aunque la memoria no la acompañara.
La segunda llamada, diez días después del reencuentro, no salió bien.
Sara estaba cansada, con la investigación atascada en los documentos bancarios, y contestó con menos paciencia de la que pretendía.
Óscar preguntó cómo iba el caso; ella dijo que no era buen momento; él se disculpó sin necesidad y colgaron antes de lo habitual, los dos sabiendo que habían tocado, sin querer, el borde de algo que todavía no sabían cómo nombrar.
Sara se quedó mirando el teléfono un rato largo. Pensó en llamarle otra vez para arreglarlo, y no lo hizo. No supo por qué no lo hizo. Quizás porque no sabía aún qué se arreglaba entre dos personas que apenas habían empezado a construir algo que arreglar.
Pasaron cinco días sin hablar.
Sara lo notó de una manera que no esperaba notar el silencio de alguien a quien apenas conocía. Miraba el teléfono más de lo normal. Pensaba si debería llamar ella. No llamaba.
Al sexto día fue Óscar quien llamó.
Estaba pensando, dijo, sin preámbulo, en el frontón de Bronchales. Jugábamos a la pelota contra la pared, tú y yo. Tenías cinco años y no llegabas a darle bien pero no querías que nadie te ayudara. Te ponías furiosa si alguien intentaba enseñarte.
Sara cerró los ojos un momento.
Algo se movió, muy pequeño, en algún sitio dentro de ella. No era exactamente un recuerdo. Era más una sensación, la sombra de algo que podría haber sido un recuerdo si hubiera tenido más tiempo para serlo. Una pared. Una pelota. Una rabia pequeña de niña que no quiere ayuda.
No me acuerdo, dijo Sara en voz baja. Pero te creo.
Eso es lo raro, dijo Óscar. Que yo me acuerdo de cosas tuyas que tú no tienes. Y supongo que tú tienes cosas mías que yo no tengo. Como si entre los dos tuviéramos una persona completa y cada uno solo la mitad.
Sara no contestó enseguida.
Siento lo del otro día, dijo finalmente. Estaba agotada y lo pagué contigo.
No pasa nada, dijo Óscar. Yo tampoco sé hacer esto muy bien.
Ninguno de los dos sabe.
No, dijo Óscar. Pero estamos en ello.
Eso fue todo. No fue una reconciliación grande ni un momento de música de fondo. Fue solo eso, dos personas reconociendo en voz alta que estaban torpes y que iban a seguir estándolo un tiempo, y que estaba bien que así fuera.