CAPÍTULO 38
Fue Marcos quien les dio el espacio.
Lo hizo sin decirlo. Discreto, como siempre.
Esa mañana llegó al hotel con el portátil bajo el brazo y dijo que tenía llamadas que hacer y trabajo que adelantar y que no le esperaran para desayunar.
Y antes de desaparecer por el pasillo le lanzó a Sara una mirada breve que ella entendió perfectamente.
Sara y Óscar se quedaron solos en el comedor del hotel con dos cafés que ninguno de los dos había pedido todavía.
No sabían por dónde empezar.
Eso fue lo primero que Sara notó, antes que nada: que no sabían.
Que treinta años de ausencia no se llenan con una conversación de comandancia y una mano en el brazo.
Que tenían la misma sangre y los mismos diez minutos en un árbol en la oscuridad y nada más.
El resto era un hombre desconocido sentado enfrente, con canas en las sienes y una moneda en el bolsillo, al que ella debería conocer y no conocía.
¿Has dormido?, dijo Óscar.
No mucho, dijo Sara. ¿Tú?
Tampoco.
Solo el silencio.
El camarero se acercó y los dos pidieron café con una precisión innecesaria, de quien necesita decir algo concreto para no tener que decir nada más.
¿A qué te dedicas?, dijo Sara, después de un momento.
Se oyó a sí misma y le pareció una pregunta absurda. Era la pregunta que le harías a un desconocido en una boda. No a tu hermano.
Logística, dijo Óscar. Una empresa en Huesca. No es gran cosa.
Ya.
Otro silencio.
Sara miró su café. Óscar miró el suyo. Ninguno de los dos sabía mirar al otro durante más de un par de segundos seguidos sin que algo se volviera demasiado grande para sostenerlo en una mesa de hotel a las nueve de la mañana.
Esto es raro, dijo Óscar de repente.
Sara levantó la vista.
Mucho, dijo ella. Casi sonrió, sin saber si lo que sentía tenía algo de gracioso o no. Llevo treinta años pensando que estabas muerto y ahora estás aquí pidiendo un café con leche y no sé qué decirte.
Yo llevo años buscándote y ahora que te encuentro tampoco sé, dijo Óscar. Pensé que sabría. Pensé que en cuanto te viera todo iba a encajar solo.
¿Y no encaja?
Óscar lo pensó.
Encaja una parte, dijo. La de antes. La del árbol. Esa parte encajó en el momento en que te vi. Pero el resto... el resto no sé cómo se hace. No sé cómo se es hermano de alguien a quien no conoces.
Sara asintió despacio. Era exactamente lo que ella sentía y no había sabido ponerle nombre.
Tengo que volver a Huesca la semana que viene, dijo Óscar. Trabajo.
Yo tengo que seguir aquí, dijo Sara. Con la investigación.
Los dos se quedaron con eso un momento, como si fuera una noticia, aunque ninguno de los dos esperaba otra cosa.
¿Podemos llamarnos?, dijo Óscar. Sé que suena raro. Llamarte a mi hermana. Pero no sé cómo decirlo de otra manera.
Llámame, dijo Sara. Está bien que suene raro.
Óscar asintió.
Terminaron el café sin mucho más que decirse. Cuando se levantaron, Óscar le tendió la mano, y a mitad de gesto pareció darse cuenta de lo que estaba haciendo y la retiró, incómodo, sin saber si un apretón de manos era demasiado poco o una mano en el brazo era demasiado.
Al final no hicieron ninguna de las dos cosas.
Solo se quedaron un momento de pie, cerca, sin tocarse, dos personas que tenían que aprender desde cero algo que para los demás era automático.
Hasta pronto, dijo Óscar.
Hasta pronto, dijo Sara.
Le vio salir por la puerta del hotel hacia el aparcamiento. No se giró. Ella tampoco lo habría esperado.
Se quedó sentada un rato más con el café frío.
Pensó que debería sentir algo grande. Alivio, alegría, lo que fuera que se suponía que sentías cuando recuperabas a un hermano que llevabas treinta años llorando.
Pero lo que sentía era más pequeño y más confuso que eso.
Una mezcla rara de gratitud y extrañeza, como cuando reconoces una canción pero no recuerdas de dónde.
Marcos volvió media hora después.
¿Qué tal?, dijo, sin preguntar más de lo necesario.
Raro, dijo Sara. Muy raro.
Marcos no insistió. Solo asintió, callado, que decía aquí estoy sin necesitar decirlo, y empezó a sacar los documentos del día.