Donde el río no olvida CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

Salieron de la comandancia a las seis y media.

El teniente Salas los había escuchado durante dos horas.

A Sara, a Óscar, a Marcos. Había tomado notas con una seriedad que no era indiferencia sino la concentración de alguien que entiende que lo que está oyendo es más grande de lo que parecía tres días antes.

Al final había dicho que necesitaba consultar con sus superiores y que no se fueran lejos.

Ninguno de los tres tenía intención de irse lejos.

Encontraron un bar en la calle Mayor con mesas al fondo, lejos de la ventana y de la puerta, de esas mesas que invitan a hablar sin que nadie escuche.

Marcos pidió tres cafés y algo de comer porque eran casi las siete y ninguno había comido desde el mediodía.

El camarero trajo un plato de jamón y pan con tomate y lo dejó en el centro sin decir nada.

Óscar miraba la mesa.

Sara le miraba a él.

Había estado mirándole durante dos horas en la comandancia, buscando al niño de diez años dentro del hombre de cuarenta, encontrándolo a ratos en un gesto, en una manera de fruncir el ceño, en la forma en que escuchaba con todo el cuerpo quieto y la cabeza ligeramente inclinada hacia la derecha.

Cuéntame, dijo Sara.

Óscar levantó la vista.

¿Por dónde empiezo?

Por el principio.

Óscar asintió. Cogió el café. Lo sostuvo entre las manos como hacía Marcos cuando pensaba, y Sara pensó que los hombres que han pasado mucho tiempo solos aprenden a hacer eso, a sujetar cosas calientes mientras ordenan lo que llevan dentro.

No recuerdo el hospital, dijo. O casi nada. Imágenes sueltas, luz blanca, mucho ruido. Me dijeron después que estuve sin hablar varios días. Que cuando empecé a hablar no sabía mi nombre. No sabía nada.

Hizo una pausa.

Los médicos dijeron que era temporal. Que volvería. Pero no volvió. No de golpe, como esperaban. Pasaron semanas y seguía sin saber quién era. Me pusieron un nombre provisional en los papeles. David. No sé por qué David. Alguien eligió ese nombre y yo fui David durante mucho tiempo.

¿Cuánto tiempo?, preguntó Sara.

Años. Lo dijo sin dramatismo, como un hecho.

Fui David Arenas durante casi cinco años.

Lo que tenía no era solo no saber quién era.

Los médicos de Jaca dijeron que necesitaba algo que ellos no podían darme, un centro especializado en amnesia infantil postraumática, y el único con plaza libre estaba en Oviedo.

No existían entonces los medios de hoy para identificar a nadie deprisa, y con el caos de esos días, tramitaron el traslado con la urgencia de que tuviera atención médica cuanto antes.

Nadie llegó a identificarme a tiempo. Primero un centro de menores allí.

Luego con una familia de acogida, primero en Oviedo y más tarde en Huesca.

Gente buena, no tengo nada malo que decir de ellos.

Pero yo no era yo. Era un niño que no sabía de dónde venía y que cada noche intentaba encontrar algo conocido en la oscuridad y no encontraba nada.

Sara no dijo nada.

Y entonces un día, dijo Óscar, estaba buscando pilas en un cajón de la cocina, en casa de mi familia de acogida, y encontré una bolsa que Diego había guardado desde el primer día.

Mis cosas del hospital. Dentro estaba la moneda.

La de veinticinco pesetas con el agujero.

Y sin saber por qué empecé a hacerla pasar entre los nudillos.

Se detuvo.

Nunca había hecho eso antes. O eso creía.

Pero mis manos lo sabían. Lo sabían perfectamente, como si lo hubieran hecho miles de veces.

Y mientras la hacía girar algo se abrió.

Una imagen. Un hombre mayor sentado en unos escalones de piedra enseñándome ese mismo truco.

Manos grandes y morenas de trabajar la tierra.

Una voz que decía así, con el pulgar así.

Le temblaba ligeramente la voz. Solo un poco. Lo suficiente para que Sara lo notara.

¿Papá?, dijo ella en voz baja.

Papá, dijo Óscar.

Marcos había dejado el café en la mesa y miraba el mantel.

Esa noche no dormí, continuó Óscar. Estuve dando vueltas a esa imagen, intentando estirarla, intentando que me diera más. Y poco a poco fueron llegando otras cosas. Una cocina pequeña. Una calle con nieve. Un campanario. Y un nombre. Bronchales.

¿Cuánto tardaste en ir?

Casi dos años. Tenía catorce años y no podía ir solo. Esperé a tener dieciséis y a poder moverme con más libertad. Y fui.

Cogió un trozo de pan. Lo dejó en el plato sin comerlo.

Bronchales es un pueblo pequeño, dijo. La gente mayor recuerda todo. Fui a la plaza, pregunté por las familias que se dedicaban a la agricultura, a los que tenían hijos. Y una señora mayor me miró y me dijo eres el hijo de Miguel Villalba, tienes sus mismos ojos.

Sara cerró los suyos un momento.

Villalba, dijo.

Villalba, repitió Óscar. Así volví a tener apellido.

Dieciséis años y un apellido. Luego busqué en los archivos de la riada.

Había listas de víctimas, de supervivientes.

Miguel Villalba. María Villalba. No aparecían como supervivientes.

Una pausa. Y luego encontré otro nombre.

Sara Villalba. Superviviente. Seis años.

Me buscaste.

Te busqué durante años. Lo dijo con una calma que costaba algo mantener, se notaba. Pero Sara Villalba no existía en ningún registro actual. Ningún padrón, ninguna dirección, ningún teléfono. Como si hubieras desaparecido.

Me adoptó Carmen a los doce años, dijo Sara. Nunca me cambió el apellido.

Lo deduje después. Pero en ese momento no lo sabía y no había manera legal de acceder a esa información.

Los registros de adopción están protegidos.

Óscar miró sus manos. Intenté buscar por otros caminos.

Periodistas que hubieran cubierto la riada, asociaciones de familiares de víctimas.

Nada. Y en algún momento dejé de buscar a Sara Villalba y empecé a buscar la verdad sobre lo que pasó.

Porque si no podía encontrarte a ti al menos podía encontrar eso.

Sara le miró durante un momento.

Llevo doce años firmando como Sara Villalba, dijo. Reportajes. Sobre la riada. Están en internet. Cualquiera puede encontrarlos.

Lo sé. Ahora lo sé. Óscar miró la mesa. Dejé de leer lo que se publicaba sobre la riada hace muchos años.

Cada aniversario eran las mismas cifras, las mismas fotos de archivo, y tu nombre sin aparecer nunca en ninguna parte.

Llegó un punto en que abrir un periódico era volver a perderte.

Así que me fui a los papeles del 94, a los registros, a Bronchales.

A los sitios donde la verdad no tenía tu nombre y por eso no dolía buscarla.

Hizo una pausa. Llevabas años ahí, firmando con nuestro apellido, y yo mirando hacia otro lado por no soportar el sitio donde no estabas.

Sara no dijo nada durante un momento. Había algo absurdo y perfectamente humano en eso: dos personas buscándose durante décadas por caminos que no se cruzaban precisamente porque los dos habían aprendido a protegerse del mismo dolor.

¿Y encontraste a Esteban Corral?, dijo Sara.

Óscar la miró.

¿Lo conoces?

No. Pero creo que es el hombre de la sierra de Albarracín que vio a Solana sacar los archivos.

Óscar asintió despacio.

Se llama Esteban Corral. Setenta y dos años.

Es de un pueblo pequeño de la sierra, pero vive en Albarracín desde hace años.

Se fue joven a trabajar de mantenimiento a la Diputación de Huesca, como hacía tanta gente de la zona entonces, y al jubilarse se instaló allí, que es más grande y tiene de todo.

Pregunté por Bronchales en un bar y alguien me habló de él, me dijo que había trabajado toda la vida en la Diputación.

Fui a verle a Albarracín hace tres años.

Dijo que una noche de agosto del 96, pocas semanas después de la riada, vio a dos hombres sacar juntos una caja de archivos por la puerta trasera.

Que uno era el presidente de la Diputación, y que al otro lo reconoció después, con los años, como el propio Solana.

Que no lo había contado nunca porque nadie le había preguntado y porque no quería problemas.

¿Está dispuesto a declarar?

Se lo pregunté. Óscar hizo una pausa. Dijo que si alguien con nombre y apellidos se lo pedía en serio, sí.

Sara miró a Marcos. Marcos la miró a ella.

Tenemos el informe del 93, dijo Sara despacio, pensando en voz alta.

Tenemos la resolución del 94 con la firma de Solana.

Tenemos la desaparición de Ferrer Ara. Tenemos la muerte de Castán.

Tenemos a Aurelio Nasarre que vio a un hombre siguiendo a Alicia.

Y ahora tenemos a Esteban Corral que puede poner a Rozada, con nombre y cara, sacando el archivo de la Diputación la misma noche que él mismo ordenó clasificarlo.

Y tenemos el intento contra vosotros en el río, dijo Óscar.

Que no podemos probar que fue Solana, dijo Marcos.

Todavía, dijo Sara.

El bar se había ido llenando despacio con la gente de después del trabajo. Voces, ruido de sillas, el televisor en la barra con las noticias de las ocho. El mundo normal siguiendo su curso.

Hay algo más, dijo Óscar.

Sara le miró.

He estado investigando esto por mi cuenta, dijo Óscar. Años. No tengo todo organizado todavía. Necesito un poco de tiempo para reunirlo bien.

¿Qué clase de cosas?, dijo Sara.

Nombres, dijo Óscar. Conexiones. Gente que financió cosas que no debería haber financiado. Pero quiero dártelo bien hecho, no a trozos en un bar.

Sara le miró durante un momento. Había algo en la manera en que lo decía, esa mezcla de querer ayudar y no saber todavía cómo hacerlo con alguien a quien apenas conocía, que Sara reconoció porque era exactamente lo que ella misma sentía.

Cuando estés listo, dijo Sara.

Marcos miraba a los dos sin decir nada. Discreto, como siempre.

¿Por qué no has publicado nada tú solo en todos estos años?, dijo Sara.

Porque no soy periodista, dijo Óscar. Y porque solo no era suficiente. Necesitaba a alguien que supiera cómo hacerlo inatacable.

Sara asintió.

Afuera la noche había caído sobre Jaca con ese frío limpio de octubre que baja de los Pirineos sin avisar. Dentro el bar olía a café y a gente y a ese calor colectivo de los sitios donde la vida sigue su curso normal.

¿Cuánto tiempo necesitáis para el reportaje?, dijo Óscar.

Marcos miró a Sara.

Semanas, probablemente, dijo Sara. Hay mucho que verificar todavía. Esteban Corral, los documentos bancarios, lo de Salas. No hay prisa por hacerlo mal.

Vale, dijo Óscar.

Algo en su cara se soltó un poco, aunque no del todo. No era alivio exactamente. Era el principio de algo, el primer paso de un camino que los dos sabían que iba a ser largo, tanto el del reportaje como el otro, el que tenían entre ellos.

Sara lo vio.

Y pensó que treinta años era mucho tiempo para cargar solo con algo que debería haber sido de los dos.