Donde el río no olvida CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

No durmió esa noche.

Se quedó tumbada con los ojos abiertos en la oscuridad del piso prestado, y cuando por fin empezó a vencerla el sueño no fue la cara de Alicia la que le vino a buscar, sino alguien a quien llevaba treinta años sin dejar entrar del todo.

Si una superviviente podía construir treinta años de vida encima de aquella noche, ella también había construido los suyos encima de otra ausencia que nunca había terminado de enterrar.

Óscar rondaba cerca aquel verano. Diez años, y fingía no estar pendiente de su hermana pequeña cuando lo estaba siempre. A veces se acercaba y las miraba un momento sin decir nada y luego se iba con los chicos mayores. Sara lo sabía. Sabía que estaba ahí aunque no lo mirara.

Óscar.

Sara apoyó la frente en el cristal frío de la ventana.

Había pensado en él muchas veces a lo largo de los años.

No siempre con dolor. A veces simplemente con la presencia difusa de alguien que formó parte de ti en un momento que ya no existe.

Un niño de diez años en un árbol en la oscuridad sujetándola con los dos brazos.

La última imagen que tenía de él era esa.

Los brazos. El agua subiendo despacio hasta los pies.

Las dos manos agarradas mientras esperaban algo que no sabían nombrar.

Y luego nada. Ni rescate, ni despedida, ni un último momento que pudiera guardar entero.

Solo el árbol, y después el hospital, y en medio un vacío que durante treinta años no había sabido llenar de ninguna manera.

Nadie le había dicho nada concreto de él después.

Ella con seis años y el shock y el sistema absorbiendo todo.

Había aprendido muy pronto que había preguntas que hacían una cara en los adultos que era mejor no ver.

Y había guardado a Óscar en el mismo sitio donde guardaba las otras cosas.

Muy adentro. Donde las cosas no duelen tanto si no las miras directamente.

Pero Óscar seguía ahí. En el camping corriendo delante de ella. En el puente de Santa Elena llamándola desde la orilla. En la barca de Búbal dejándola remar y la barca dando una vuelta entera y todos riéndose. Siempre ahí, en esos días que fueron los mejores y los últimos a la vez.

Sara.

Marcos estaba detrás de ella. No la tocó. Solo dijo su nombre, tranquilo, que era su forma de decir estoy aquí sin decir nada más.

Sara se giró.

La conocí en el camping, dijo. Tenía seis años. Tenía un perro.

Marcos asintió despacio.

Solana la confundió conmigo, dijo Sara. No era una pregunta, aunque tampoco podía llamarla certeza del todo.

Era la única explicación que encajaba con todo lo demás.

Alguien tuvo que verla en el valle, sola, pelo oscuro, la misma edad.

Alguien tuvo que dar por hecho que esa mujer era la periodista que llevaba semanas haciendo preguntas.

No tenía manera de probarlo. Pero encajaba, y encajaba tan bien que dolía.

Y estaba en el lugar exacto donde tú tenías razones para estar.

Sí.

El silencio entre los dos duró un momento.

Fui yo, dijo Sara. Tendría que haber sido yo.

No.

Marcos.

No, repitió. Sin dureza. Con esa firmeza tranquila suya. Solana cometió un error. Eso no te convierte a ti en responsable de nada.

Sara miró sus manos. Las tenía apoyadas en el alféizar de la ventana y no recordaba haberlas puesto allí.

Alicia fue al camping de niña como yo, dijo. Perdió a alguien como yo perdí a los míos. Y volvió al valle treinta años después buscando lo mismo que yo habría ido a buscar.

Hizo una pausa.

Y creo que la mataron en mi lugar.

Marcos no contestó.

Sara no se movió del alféizar. Miraba sus propias manos, que estaban quietas sobre la madera, y pensaba en Alicia con seis años diciendo con la mano, supongo, como todo .

Treinta años de vida construida encima de esa noche.

Un estudio de diseño en el barrio del Carmen.

Un piso compartido con una amiga. Un viaje a Oporto.

Una cuenta de Instagram casi sin actividad.

Todo eso, y al final volvió al mismo sitio y alguien la confundió con ella y la mató creyendo que hacía su trabajo.

Alicia no tenía que haber muerto.

Sara tenía que haber muerto.

Eso era lo que el cuerpo procesaba, no la cabeza. La cabeza sabía que no era así, que Solana había cometido un error, que ella no era responsable de nada. Pero el cuerpo no entiende de lógica cuando calcula deudas. El cuerpo lleva la cuenta de otra manera.

Sintió que algo se movía en el pecho. No lágrimas —Sara no lloraba fácilmente, lo había aprendido de niña y se le había quedado— sino algo anterior a las lágrimas, algo que se acumula cuando no lloras durante demasiado tiempo y que pesa más.

Marcos se acercó.

No dijo nada. No le preguntó si estaba bien porque los dos sabían que no estaba bien y la pregunta habría sido una mentira educada.

Solo se puso a su lado, cerca, presente sin imponer, que era su manera de estar.

Y luego, despacio, le puso una mano en la espalda.

Solo eso. La palma abierta entre los omoplatos, quieta, sin moverse.

Sara cerró los ojos.

No supo cuánto tiempo estuvieron así. El piso en silencio. Zaragoza afuera siguiendo su noche sin enterarse de nada. La mano de Marcos en su espalda, quieta, sin moverse, sin pedir nada.

Cuando Sara abrió los ojos los tenía secos. Pero algo había bajado de sitio, algo que llevaba horas demasiado arriba.

Gracias, dijo en voz baja.

Marcos no contestó. Retiró la mano despacio.

¿Sabes que estoy aquí?, dijo.

No era una pregunta exactamente. Era algo distinto, algo que no necesitaba respuesta pero que quería decirse igual.

Lo sé, dijo Sara.

Y lo decía de verdad. No como una fórmula. Lo sabía de esa manera en que se saben las cosas que llevan tiempo siendo verdad antes de que las pongas en palabras.

Sara se apartó de la ventana.

Tengo que llamar al teniente, dijo.

¿Ahora?

Ahora. Cogió el teléfono. Y luego tenemos que encontrar la manera de conectar a Solana con esto. Porque Alicia se merece lo mismo que Ferrer Ara y que Castán. Que alguien diga en voz alta lo que pasó.

Marcó el número del teniente.

Mientras esperaba a que descolgara miró por la ventana hacia el norte, hacia donde los Pirineos estaban aunque no se vieran desde ahí, detrás de los edificios y las nubes y los kilómetros de distancia.

Las montañas siempre están aunque no las veas.

Teniente Salas, dijo la voz al otro lado.

Soy Sara Villalba, dijo ella. Creo que sé quién es la mujer del collado. Y creo que sé por qué está muerta.