CAPÍTULO 33
Le vino entera una frase que llevaba treinta años sin recordar: Pipo es mejor que Canelo, pero no se lo digas.
Se la había dicho a una niña que se llamaba Heidi esa semana, sin saber que esa semana se le iba a acabar en una sola noche de agosto, ni que el nombre real de esa niña iba a tardar treinta años en llegarle.
Sara se quedó sentada en el suelo de la habitación del hotel mucho después de que la imagen volviera entera.
Buscó la entrevista que había encontrado antes, la del periódico local de Valencia, y la releyó con esta luz nueva.
Perdí a mi hermano mayor. Rafa tenía dieciséis años. Mis padres y mi hermano Javi sobrevivieron, y yo también, pero Rafa no. Durante muchos años no hablé de ello. Luego aprendí que no hablar no significa olvidar. Solo significa cargar con ello en silencio.
Sara leyó eso tres veces.
Sara cerró el portátil.
El hotel estaba en silencio. Fuera Zaragoza seguía su noche sin saber nada de nada. Y en algún cementerio de Valencia Rafa Sánchez llevaba treinta años esperando que alguien dijera en voz alta por qué.
Eso también se lo debían a Alicia.
No solo la verdad sobre Solana. También eso.
Que el nombre de Alicia Sánchez apareciera en el reportaje.
Que no fuera solo un cuerpo encontrado en un collado sino una mujer de treinta y seis años que había perdido a su hermano de niña y que había crecido y había construido una vida y que había vuelto al valle buscando lo mismo que buscan todos los que sobreviven cuando la culpa de otros lo hace posible.
Sara cogió el cuaderno y escribió su nombre.
Alicia Sánchez. Valencia. Treinta y seis años.
Y debajo escribió el nombre de su hermano.
Rafael Sánchez. Valencia. Dieciséis años. 7 de agosto de 1996.
Los dejó ahí escritos en el cuaderno y apagó la luz.