Donde el río no olvida CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

Salieron del bar pasadas las tres, con la cabeza todavía llena de todo lo que Roberto acababa de contarles sobre Bernal.

Rozada vivía en un ático del Paseo de Sagasta, con vistas al Parque Grande y una placa de bronce en el portal que decía Fundación Rozada-Solana, Desarrollo y Territorio.

Marcos la señaló sin decir nada. Sara ya la había visto en el registro mercantil, pero verla colgada de una puerta real era distinto.

Les abrió una mujer de servicio de unos sesenta años. Los hizo esperar en un vestíbulo de parqué antiguo y una lámpara de araña que llevaba décadas sin actualizarse, como todo en esa casa.

Rozada los recibió en su despacho. Setenta y ocho años, delgado, con esa elegancia seca de los hombres acostumbrados a que la gente les pida las cosas con cuidado.

Sara Villalba, dijo, antes de que ella pudiera presentarse. He leído sus artículos. Todos.

Entonces sabe por qué estoy aquí.

Sé que está aquí. No sé por qué cree que voy a hablar con usted.

Sara sacó una copia de la resolución del Boletín Oficial de la Provincia y la dejó sobre la mesa, entre los dos.

Diciembre de 1994, dijo. Ramón Solana firma la autorización del camping Las Nieves. Sin informe técnico adjunto. Sin que nadie lo cuestione. ¿Sabe por qué nadie lo cuestionó?

Rozada no miró el papel.

No tengo ni idea de lo que firmaba mi socio hace treinta años.

Socio, dijo Marcos. Desde cuándo, exactamente.

Algo cruzó la cara de Rozada. Muy rápido, casi nada.

Eso está en el registro mercantil. Usted ya lo sabe, si se ha molestado en mirar.

Lo que no está en el registro, dijo Sara, es quién ordenó clasificar el archivo técnico del ayuntamiento en agosto de 1996. Tres semanas después de la riada.

El silencio duró más de lo que debería.

Presidente de la Diputación Provincial de Huesca, dijo Sara. Tenía autoridad de sobra para hacerlo. Y lo hizo.

Está especulando.

Estoy diciendo lo único que encaja con los hechos que sí puedo probar, dijo Sara. Y usted no lo está negando.

Rozada se levantó. Fue a la ventana, igual que Solana hacía en su despacho con el Ebro, aunque aquí solo había un parque con niños jugando y ninguna vista que pesara tanto.

¿Qué es lo que quiere, señorita Villalba?

La verdad, dijo Sara. Publicada. Con su nombre y el de Solana, los dos, en el mismo párrafo.

Y a cambio, dijo Rozada, ¿qué me ofrece usted?

Nada, dijo Sara. No hago tratos.

Rozada se rio, corto, sin ninguna alegría en ello.

Entonces no tenemos nada de qué hablar.

Ha muerto una mujer, dijo Sara. Se llamaba Alicia Sánchez. Tenía treinta y seis años. La mataron confundiéndola conmigo.

Por primera vez, algo pareció alcanzar a Rozada de verdad. No fue mucho. Un parpadeo más lento de lo normal. Pero fue algo.

Yo no tuve nada que ver con eso, dijo. Ni lo sabía.

Le creo, dijo Sara. Pero usted puso la primera piedra hace treinta años, y todo lo que ha pasado desde entonces se ha construido encima de ella. Castán. Ferrer Ara. Alicia. Usted no apretó el gatillo ninguna vez. Pero clasificó el archivo que habría parado todo esto antes de que empezara.

Rozada no contestó.

Cuando esto se publique, dijo Sara, y se va a publicar, con usted o sin su versión, preferiría que la gente supiera que al menos le dieron la oportunidad de explicarse.

Rozada se quedó de pie junto a la ventana un momento largo.

Salgan de mi casa, dijo por fin. Sin dureza. Sin nada, en realidad. Solo cansancio.

Sara recogió el papel de la mesa. Lo dobló despacio.

Una última cosa, dijo. ¿Por qué clasificó el archivo?

Rozada la miró.

Porque Solana me lo pidió, dijo. Y porque en 1996 todavía creía que le debía algo. Tardé quince años en darme cuenta de que no era verdad. Y otros quince en no saber qué hacer con eso.

No dijo nada más.

Sara y Marcos salieron sin que nadie los acompañara a la puerta.

En el ascensor, Marcos rompió el silencio.

No ha dicho que no.

No, dijo Sara. Y eso es casi tan bueno como que dijera que sí.

Salieron a la calle. El Parque Grande enfrente, con sus niños y sus perros y su vida normal siguiendo su curso, como si en el edificio de detrás no acabara de admitirse, casi sin palabras, el origen de todo.

¿Y ahora?, dijo Marcos.

Ahora escribo, dijo Sara. Y Solana y Rozada aparecen juntos en el mismo párrafo, como debió ser desde el principio.