CAPÍTULO 31
Sara le llamó a mediodía, unas horas después de colgar a la Guardia Civil.
Roberto estaba en la cocina, con el café todavía sin tocar, cuando vio el nombre en la pantalla. Se quedó mirándolo un segundo de más antes de descolgar, ese segundo en que un hombre decide si va a defenderse o si va a dejar que le caiga encima lo que tenga que caerle.
Sara.
Recibí tu mensaje, dijo ella. Su voz era plana.
La misma voz profesional de siempre, pero Roberto llevaba semanas aprendiendo a oír lo que había debajo de esa voz y ahora oía algo que no era frialdad.
Era cansancio. El cansancio de alguien que lleva días cargando con una certeza que no ha podido soltar todavía.
Necesito verte, dijo Roberto.
Lo sé.
Nadie habló durante un momento.
¿Dónde estás?, dijo Roberto.
Zaragoza. Volvimos ayer.
Puedo estar donde quieras en veinte minutos.
Sara no contestó enseguida.
El bar de la plaza de San Felipe, dijo finalmente. A las diez.
Colgó antes de que Roberto pudiera decir nada más.
Roberto se quedó con el teléfono en la mano.
Miró el café frío en la encimera. Pensó que debería sentir miedo, o algo parecido al miedo, y en cambio sentía otra cosa, una especie de alivio áspero, el alivio de quien ha estado sosteniendo algo con los brazos extendidos durante mucho tiempo y por fin va a poder dejarlo en algún sitio aunque ese sitio le cueste todo lo que tiene.
Se vistió. Cogió las llaves.
Antes de salir abrió el cajón de la mesilla.
Sacó la foto de Noelia con Mateo.
Esta vez no la volvió a guardar. Se la metió en el bolsillo interior de la chaqueta, donde llevaba años sin llevar nada que no fueran papeles de trabajo, y salió a la calle con ella ahí, cerca del pecho, como quien lleva algo que necesita tener a mano para poder decir la verdad sin que se le rompa la voz a mitad de la frase.
Sara llegó antes que él.
Estaba sentada en una mesa del fondo, de espaldas a la pared, con la costumbre de elegir siempre el sitio desde donde se ve la puerta. Roberto la reconoció desde lejos por la postura antes que por la cara, esa manera de estar quieta que no era relajación sino vigilancia contenida.
Se sentó enfrente.
No pidió nada. No miró la carta. Los dos se quedaron un momento sin decir nada, mirándose de esa forma en que se miran las personas que están a punto de decirse algo que va a cambiar lo que han sido hasta ese momento.
Ya sé que trabajas para Solana. Me lo dijiste tú mismo, dijo Sara. Lo dijo con una calma fría que Roberto ya conocía, la de alguien que ha decidido no temblar aunque por dentro esté temblando. Lo que no sé es si me buscaste tú a mí, o si te mandaron a buscarme.
Roberto no dijo nada durante un momento.
¿Desde el principio?
Desde el principio, dijo Roberto. Me pidió que me acercara a ti. Que supiera lo que tenías. Que te ralentizara si hacía falta.
Le diste a Solana el nombre de Castán la misma tarde que te lo dije, dijo Sara.
Sí.
Y le dijiste que fuera con cuidado. Que si le asustaba podía cerrarse para siempre.
También.
Eusebio Bernal.
Roberto cerró los ojos un segundo.
Ese no lo sabía del todo, dijo. Sabía que existía. Sabía que Solana lo tenía controlado de alguna manera. No sabía que era el hermano de Bernal hasta que tú lo descubriste. Lo supe después, cuando até los cabos yo también.
Sara le miró durante un momento largo.
Le diste mi nombre a Solana la misma noche que te lo dije, dijo Sara.
Y Castán murió antes de que yo llegara a hablar con él.
Y aun así seguí confiando en ti. Porque me hablaste de Mateo el primer día y eso fue suficiente para que dejara de hacer lo que llevo doce años haciendo, que es no confiar en nadie sin verificar primero.
Roberto no dijo nada.
Eso es lo que más me cuesta perdonar, dijo Sara. No las pistas. Que usaras a tu hijo para desarmarme.
Ahí estaba. La frase que Roberto había temido desde que cogió el teléfono a mediodía.
No lo usé, dijo. Su voz salió más baja de lo que pretendía.
Mateo no es algo que yo use. Es lo único que tengo que es solo mío.
Lo que te conté de él es verdad cada palabra.
Que sonreía con tres meses. Que Noelia me lo puso en brazos.
Que esa sonrisa era mi vida. Eso no fue una herramienta, Sara.
Eso es lo único limpio que me queda. Lo demás, las pistas, las llamadas a Solana, eso es lo sucio. Pero Mateo no.
Sara no dijo nada durante un momento.
Entonces por qué, dijo finalmente. Por qué seguiste haciéndolo después de contarme eso. Después de que los dos supiéramos lo del bebé. Cómo pudiste seguir mintiéndome con esa verdad todavía en el aire entre los dos.
Roberto miró sus manos sobre la mesa.
Porque lleva treinta años dándome de comer, dijo.
Porque cuando no tenía nada me dio una vida y nunca pregunté el precio porque no quería saber si podía pagarlo.
Y porque una parte de mí, una parte que me da vergüenza decir en voz alta, todavía quería creer que era verdad lo que él me dijo.
Que me buscó por Mateo. Que hubo algo limpio en todo esto aunque viniera de un hombre sucio.
¿Y ahora?
Ahora sé que las dos cosas son verdad a la vez, dijo Roberto. Me buscó por el bebé. Y también enterró un informe que mató a ochenta y siete personas. Las dos cosas. No una disculpa de la otra.
Sara le miró durante un momento largo.
Castán murió la noche después de que te hablara de él, dijo. ¿Lo sabías? ¿Sabías lo que iba a pasar cuando le dijiste su nombre a Solana?
No, dijo Roberto. Y eso es verdad también, aunque no sirva de nada. No lo sabía. Lo supe después, cuando vi la noticia. Y fui a verle. A Solana. Le pregunté directamente por primera vez en veintiocho años.
¿Qué te dijo?
Que Castán y tú erais dos cosas separadas. Que el río mató a mi mujer y a mi hijo, no él. Lo dijo con la misma voz tranquila de siempre. Como si treinta años de práctica le hubieran enseñado a decir esas cosas sin que le temblara nada.
¿Le crees?
Roberto tardó un momento en contestar.
No, dijo. Ya no.
Sacó algo del bolsillo interior de la chaqueta. No la foto. Un papel doblado, pequeño, con una letra apretada que no era la suya.
Esto es lo único que tengo que de verdad puede servirte, dijo. Hace tres años Solana me pidió que fuera a Jaca a ver a Castán. Para asegurarme de que seguía callado. Me negué. Le dije que tenía una reunión que no podía cancelar. No era verdad. Solo no quería ir.
¿Y quién fue?
Bernal, dijo Roberto. Fue Bernal en mi lugar. Tengo la fecha, la hora, y un mensaje de Solana confirmándomelo después, dándome las gracias por avisarle a tiempo de que yo no podía ir. Lo guardé sin saber por qué. Quizás porque una parte de mí ya sabía que algún día lo iba a necesitar.
Sara cogió el papel. Lo leyó. Lo leyó otra vez.
Esto conecta a Bernal con Jaca tres años antes de que muriera Castán, dijo. Esto demuestra que llevaban tiempo vigilándole.
Sí.
¿Por qué me lo das?
Roberto la miró.
Porque Mateo se merece que alguien diga la verdad sobre por qué murió, dijo. Y porque tú también. Y porque llevo treinta años eligiendo no mirar y ya no me queda nada bueno que proteger eligiendo seguir así.
Sara dobló el papel con cuidado.
Esto no te limpia, dijo.
Lo sé.
Voy a tener que poner tu nombre en el reportaje. Lo que hiciste, aunque sea con razones que entiendo.
Lo sé, dijo Roberto. Y está bien.
Sara le miró durante un momento más.
¿Por qué está bien?
Porque es lo único limpio que puedo hacer ya, dijo Roberto. Decir la verdad aunque me cueste todo lo que tengo. Es lo que debería haber hecho hace treinta años en vez de aceptar el trabajo sin preguntar.
El camarero se acercó. Sara pidió un café. Roberto pidió lo mismo, casi por inercia, sin pensarlo.
Se quedaron un momento en silencio, los dos con las manos sobre la mesa, cerca pero sin tocarse, dos personas que habían llegado a la misma verdad por caminos opuestos y que ahora tenían que decidir qué hacer con el hecho de haberse encontrado en ese punto exacto.
Lo siento, dijo Roberto finalmente. Por Mateo. Sé que no sirve de mucho decirlo ahora. Pero lo siento.
Sara asintió despacio.
No dijo que le perdonaba.
No dijo que no.
Cuéntame todo lo que sepas de Bernal, dijo. Desde el principio.
Roberto empezó a hablar.