CAPÍTULO 30
La llamada llegó a las nueve de la mañana.
Un teniente de la Guardia Civil de Jaca.
Voz tranquila, profesional, de quien ha hecho muchas llamadas así y ha aprendido que la calma es una forma de respeto.
Le dijo que habían encontrado a una mujer en el collado del Telera.
Que su nombre había aparecido en el expediente de Fermín Castán como persona de interés.
Que necesitaban hacerle algunas preguntas.
Sara escuchó todo sin interrumpir.
Le preguntó si podían decirle algo sobre la víctima. El teniente dijo que la investigación estaba en curso y que de momento no podía facilitar datos. Le preguntó si estaría disponible para una llamada esa misma tarde. Sara dijo que sí.
El teniente le dio las gracias y colgó.
Se quedó mirando el teléfono durante un momento. Luego abrió el portátil.
Marcos estaba en la habitación de al lado. Llamó a su puerta y le contó la llamada en tres frases. Él se sentó en el borde de la cama y la escuchó sin decir nada.
Una mujer, dijo cuando Sara terminó.
En el collado del Telera.
Los dos lo pensaron al mismo tiempo sin decirlo en voz alta. El collado del Telera estaba a veinte minutos de Biescas. A veinte minutos del lugar donde treinta años antes había estado el camping Las Nieves.
Sara abrió el buscador.
Empezó por las noticias locales de Aragón. Buscó collado Telera, mujer, octubre. Apareció una nota breve en el digital de El Pirineo. Cuerpo hallado en zona de montaña de difícil acceso en el término municipal de Biescas. La Guardia Civil investiga las circunstancias. Sin más datos.
No tenía sentido buscar entre miles de desapariciones al azar.
Pero había un sitio concreto donde una mujer relacionada con la riada de Biescas podía haber dejado rastro: el grupo cerrado de familiares y supervivientes, del que Sara era miembro desde hacía años, más por trabajo que por pertenencia, uno de esos grupos que se abren después de una tragedia y ya no vuelven a cerrarse del todo.
Entró.
No tuvo que buscar mucho.
Una publicación fijada arriba del todo por los administradores, de esa misma mañana.
Javier Sánchez pedía ayuda para encontrar a su hermana.
Llevaba cuatro días sin dar señales. Había cogido el coche sola hacia el Pirineo el lunes anterior, sin decir muy bien por qué, y desde entonces nadie sabía nada de ella.
Adjuntaba una foto. Una mujer de pelo oscuro, sonriendo en lo que parecía una terraza de verano.
Sara miró la foto durante un tiempo largo.
Una mujer de treinta y seis años sonriendo en una terraza de verano. Pelo oscuro. Una sonrisa que era de alguien que había tardado en aprender a sonreír así, con facilidad, sin guardarse nada.
Algo en esa cara le sonaba.
No de una manera clara. No era un reconocimiento, era apenas una sospecha de reconocimiento, esa sensación incómoda de cruzarte con alguien en la calle y no saber si lo conoces de algo o si simplemente tiene una cara de las que se parecen a otras caras.
Sara se quedó mirando la foto un rato largo intentando que la sensación se convirtiera en algo más concreto y no lo consiguió.
Alicia Sánchez. Treinta y seis años. Valencia.
Sara hizo clic en el perfil.
Era público. No del todo raro en alguien que se ganaba la vida con el diseño: una cuenta profesional abierta, pensada para que los clientes pudieran ver el trabajo sin tener que pedir amistad primero, y que arrastraba con ella, sin que Alicia probablemente lo hubiera pensado nunca, los años de fotos personales de antes de que existieran los perfiles profesionales separados.
No tenía una razón clara para hacerlo. O sí la tenía, pero no quería nombrarla todavía, ni siquiera para sí misma: las dos eran supervivientes de la misma riada, las dos tenían la misma edad casi exacta, y si esta mujer había estado en el camping Las Nieves en agosto del 96, existía la posibilidad, remota pero real, de que se hubieran conocido.
De que hubieran jugado juntas esos días, como jugaban todos los niños de los campings, con la intensidad de las amistades que duran una semana y lo son todo mientras duran.
Quería saberlo. Necesitaba saberlo.
El perfil de Alicia tenía pocas publicaciones, la mayoría de los últimos años.
Una terraza con amigos. Un viaje a Oporto.
El estudio de diseño en el barrio del Carmen.
Sara fue bajando, no por orden cronológico inverso sino retrocediendo en el tiempo, pinchando en fotos antiguas, en publicaciones marcadas hace ocho años, hace diez, buscando algo que no sabía nombrar todavía pero que sabría reconocer si lo encontraba.
Llegó a una foto de hacía dieciocho años.
Alicia con dieciocho años, sentada en un porche, con un perro grande de color canela apoyado contra sus piernas, los dos mirando a la cámara con la felicidad simple de las fotos de verano. El pie de foto decía: Canelo, mi compañero de vida inseparable. Doce años juntos y los que nos queden.
Sara se quedó completamente quieta.
Canelo.
El nombre llegó con un peso que no tenía ninguna razón lógica para tener, y sin embargo lo tenía, entero, como si llevara todo ese tiempo esperando a que alguien lo dijera en voz alta para que ella pudiera reconocerlo.
Canelo. El perro grande color miel que se plantaba delante de los niños como si los oliera desde lejos.
El perro que entraba y salía del río sacudiéndose encima de las dos.
El perro que aquella noche, en el caos y la oscuridad y el agua subiendo, había desaparecido sin que nadie volviera a mencionarlo.
Que Canelo no estaba.
Sara amplió la foto. Miró al perro. Miró a la chica de dieciocho años con la mano hundida en su pelaje.
No era la cara lo que reconocía. Era el perro.
Y si el perro era Canelo, entonces la niña de seis años que había jugado con ella aquel agosto, la que sujetaba la correa con una seriedad que no era de su edad, la que se llamaba a sí misma de una manera que durante todos esos años Sara había guardado en la memoria sin cuestionarla nunca, no se llamaba como Sara siempre había creído.
Sara cerró los ojos un momento.
Heidi , pensó. Se hacía llamar Heidi.
Había sido un juego, al principio. Sara lo recordaba ahora con una claridad que llevaba mucho tiempo sin tener: la niña había dicho el primer día que ese verano se llamaba Heidi, como la de los dibujos, que vivía en las montañas con su abuelo y que ella también vivía en las montañas esa semana, así que tenía sentido.
Que no quería que la llamaran de otra manera mientras durara el camping.
Sara, con seis años, no había encontrado ninguna razón para no creérselo.
Los niños de seis años no piden explicaciones a esas cosas.
Si una amiga decía que se llamaba Heidi esa semana, se llamaba Heidi esa semana, y daba igual lo que dijera su madre o lo que pusiera en su carné, porque entre las dos había un acuerdo que no necesitaba ser verdad para los demás.
Se lo había dicho una vez, al principio, pero Sara no lo recordaba. Lo había enterrado bajo semanas y luego años y luego décadas de llamarla solo Heidi, hasta que ya no quedaba sitio en la memoria para el nombre de verdad.
Y durante todo ese tiempo, cada vez que había pensado en aquella niña de seis años con la que había inventado historias de montañas, la había llamado Heidi sin que nadie le dijera que se equivocaba, porque nadie a quien preguntar sabía que había algo que corregir.
Alicia.
Heidi era Alicia.
Alicia , dijo en voz baja.
Marcos levantó la cabeza.
Sara no apartó los ojos de la pantalla.
Había ido al camping Las Nieves con seis años igual que Sara. Había perdido a su hermano igual que Sara. Había crecido cargando con eso igual que Sara. Y treinta años después había cogido el coche un lunes por la mañana y había vuelto al valle buscando algo que no sabía nombrar del todo.
Exactamente igual que habría hecho ella.
¿Y si la habían matado creyendo que era ella?
Sara cerró los ojos un momento.
No fue un pensamiento ordenado. Le subió desde el estómago antes de que pudiera darle forma de palabras, una pregunta que no se había hecho nunca porque nunca antes había tenido que hacérsela: por qué ella y no yo.
Llevaba treinta años cargando con la pregunta al revés.
Por qué yo y no ellos. Por qué sobrevivió cuando sus padres no, cuando tantos otros no.
Había aprendido a vivir con esa culpa concreta, la había ordenado como ordenaba todo, la había guardado en una carpeta dentro de otra carpeta en la habitación de al lado, junto con todo lo demás que no podía cambiar.
Esta era nueva. Esta no tenía años de práctica detrás.
Alguien había subido a una montaña con su misma edad, su mismo pelo, el mismo nombre prestado de una niña que jugaba a ser otra, y había muerto en el sitio donde debería haber estado ella, por una razón que no tenía nada que ver con Alicia y todo que ver con Sara.
Con lo que Sara sabía. Con a quién había llamado.
Con las preguntas que llevaba tres semanas sin dejar de hacer.
No lloró. No era todavía ese tipo de cosa, y no estaba segura de que fuera a serlo nunca del todo.
Era más bien una quietud nueva, distinta de cualquier otra quietud que conociera: el peso exacto de entender que la muerte de otra persona te pertenece un poco, aunque tú no hayas hecho nada más que seguir haciendo tu trabajo.
Cuando los abrió la foto del perfil seguía ahí. Alicia sonriendo en una terraza de verano sin saber todavía lo que iba a pasar. Sin saber que décadas después alguien iba a retroceder dieciocho años en su muro de Facebook y reconocer a un perro antes que a ella misma.
Sara no dijo nada más. Se levantó de la silla y fue a la ventana. Fuera Zaragoza seguía siendo Zaragoza, los tejados, el frío de octubre, el Ebro a lo lejos. El mundo que no se entera de nada.
Marcos la vio quedarse así, de espaldas, demasiado quieta para ser solo cansancio, y se levantó de la cama.
¿Qué pasa?, dijo. Sara no se giró. Nada, dijo.
Pero la voz no le salió como nada, y él no insistió, porque sabía que con Sara insistir nunca servía de nada, que las cosas salían cuando salían y no antes.
Castán tenía mi nombre en una nota, dijo Sara por fin, sin volverse.
Y ahora hay una mujer muerta que se parecía a mí.
Marcos no dijo nada durante un momento. Luego se acercó y le puso una mano en el hombro, despacio, sin forzar nada.
No es tu culpa, dijo. Sara no contestó. Siguió mirando los tejados de Zaragoza, el Ebro a lo lejos, sin saber todavía si le creía.
Canelo había sobrevivido aquella noche.
Era lo único bueno que había en toda esta historia, pensó Sara.
Que el perro había sobrevivido. Que había tenido doce años más, y los que le quedaran después de esa foto, con una niña que se había hecho llamar Heidi un verano y que había crecido sin que Sara llegara nunca a conocer su nombre verdadero a tiempo.