CAPÍTULO 29
La llamada de Bernal llegó el mismo día que Sara volvió a Biescas.
Solana estaba terminando una reunión con su director financiero sobre la ampliación del complejo de Benasque cuando sonó el teléfono. Dejó salir al director, cerró la puerta y descolgó.
Tenemos un problema nuevo, dijo Bernal.
Solana se sentó despacio.
Cuéntame.
La periodista sigue tirando del hilo, más rápido de lo que pensábamos.
Su redactor jefe ha estado preguntando en el registro mercantil de Huesca y en la hemeroteca municipal.
Tengo gente en los dos sitios que me avisa cuando alguien pregunta por nombres que no debería preguntar.
Ya tenemos confirmado que conecta tu nombre con Ferrer Ara y con Rozada, no solo con la resolución del 94.
Solana no dijo nada durante un momento. Miró por la ventana el Ebro, que esa tarde bajaba oscuro bajo un cielo encapotado.
Treinta años. Una periodista de un medio que no leía nadie había llegado hasta él en tres semanas con una fotocopia y una conexión a internet, y ahora también un hombre al que había sacado del agujero hacía tanto tiempo, preguntándole cosas que no debería haber tardado tanto en preguntar.
¿Puede probarlo?
Todavía no. No tiene el original del informe. No tiene nada que la conecte a ti directamente más allá de papeles administrativos de hace décadas. Pero sigue buscando más.
Solana se levantó y fue a la ventana. Ahí abajo, indiferente, el río seguía moviéndose hacia el mar, constante, de las cosas que no necesitan que nadie las mire para seguir siendo lo que son.
¿Dónde está ahora?
En Biescas, dijo Bernal. Ha vuelto esta mañana. Sola. El redactor se ha quedado en Huesca.
Solana se quedó callado un momento.
¿Estás seguro?
Nos lo confirmaron hace dos horas. Mi gente allí la reconoció en cuanto llegó. No hay duda.
Esto ya no se resuelve solo con vigilarla, dijo Solana.
Lo sé.
Ocúpate de ella. Hoy.
Bernal no dijo nada durante un segundo.
Solana se quedó quieto mirando el río.
¿Sabemos dónde está ahora mismo?
Subió al collado del Telera esta mañana. Sigue ahí.
El collado del Telera.
Solana sintió algo que no era exactamente miedo. Era algo más antiguo y más frío. La certeza de que algunas cosas no pueden dejarse sin resolver. Que hay momentos en que la prudencia y la acción se convierten en la misma cosa.
No contestó enseguida. Se levantó con el teléfono todavía pegado a la oreja y caminó hasta el cristal, y abajo, en el Paseo de la Independencia, una mujer cruzaba con un niño de la mano, parada en el semáforo, esperando a que cambiara aunque no venía ningún coche, enseñándole con eso a esperar aunque nadie estuviera mirando.
Solana la vio cruzar cuando el semáforo cambió.
No supo por qué se fijó en ella precisamente entonces, de todas las personas que cruzaban ese paseo cada minuto del día sin que él les diera nunca un segundo pensamiento.
Treinta y dos años antes había estado sentado frente a un técnico de treinta y ocho años en un bar del casco antiguo de Huesca, con un mantel de papel entre los dos y un azucarero de plástico, y había dicho los datos son interpretaciones con la misma voz tranquila que estaba usando ahora.
Entonces no había tenido que decidir nada en el momento: había bastado con esperar, con dejar que el viernes llegara solo, con dejar que otros movieran las piezas que él había puesto en marcha.
Esta vez no había viernes que esperar. Bernal seguía al teléfono.
La decisión era suya, ahora, en este minuto exacto, con esa mujer y ese niño ya fuera de su vista y la ciudad siguiendo su curso abajo sin que le importara nada de lo que se decidiera en ese despacho.
Pensó, durante el segundo y medio que tardó en volver a hablar, en Roberto esa misma tarde, en ese mismo despacho, preguntándole por Luis Ferrer Ara y saliendo después sin mirar atrás, por primera vez en veintiocho años sin esperar a que él diera la conversación por terminada.
En que esa pregunta ya no iba a dejar de hacérsela.
Pensó que después de esto no iba a haber manera de seguir llamándolo a su despacho como si nada, de seguir fingiendo que lo que le había dado a Roberto en 1998 había sido generosidad y no necesidad de tener a alguien cerca que nunca preguntara.
Pensó que esta orden, la que estaba a punto de dar, era distinta a la de 1994 en una sola cosa: en 1994 no había sabido con certeza que alguien iba a morir.
Ahora sí lo sabía. Lo decidió de todas formas, con la misma mano que sujetaba el teléfono apoyada contra el cristal frío, sintiendo el pulso un poco más alto de lo normal y decidiendo no prestarle atención, porque prestarle atención era admitir que el pulso tenía motivos para estar así.
Resuélvelo, dijo.
¿Estás seguro?
Resuélvelo, repitió. La misma voz de siempre. Sin inflexión. Sin levantar el tono.
Cortó antes de que pudiera contestar.
Se quedó un momento mirando el teléfono en la mano. Luego lo dejó en la mesa y volvió a mirar el Ebro.
No dijo el nombre en voz alta, ni siquiera para sí mismo. No hacía falta. Había aprendido hace mucho tiempo que decir los nombres en voz alta hace que las cosas pesen más de lo que deben pesar.
Llamó a su secretaria y le dijo que cancelara la agenda del día siguiente.
Necesitaba estar en otro sitio cuando pasara.
Bernal. Carretera de Biescas, octubre de 2026
Bernal colgó el teléfono y se quedó un momento con la mano todavía cerrada sobre él, como si pudiera retener algo de la conversación apretando lo suficiente.
Llevaba diecisiete años recibiendo esa palabra de Solana.
Resuélvelo. La había oído tantas veces que ya no tenía que pensar en lo que significaba: el cuerpo la entendía antes que la cabeza, igual que un perro entiende un silbido sin necesitar traducción.
Pero esta vez, mientras arrancaba el coche y salía a la carretera que subía hacia el valle del Gállego con las primeras luces de la tarde cayendo oblicuas sobre los chopos, se sorprendió pensando en el nombre que no tenía.
Una mujer. Treinta y tantos años. Pelo oscuro.
Eso era todo lo que sabía, y era suficiente, y por primera vez en mucho tiempo notó que la suficiencia no le bastaba del todo.
Pensó en Eusebio.
No solía pensar en su hermano cuando trabajaba.
Eran dos cosas separadas, las había mantenido separadas durante todos esos años a base de no dejar que se tocaran, como dos cables que no se pueden cruzar sin que salte la chispa.
Pero la carretera que llevaba a Biescas era la misma carretera que llevaba a la calle del Mercado, a la puerta verde, a las manos quietas de Eusebio encima del hule, y esa tarde, por algún motivo que no quiso examinar demasiado, los dos caminos se le mezclaron en la cabeza al mismo tiempo.
Eusebio llevaba treinta años sin dormir bien por una sola noche de agosto en la que no había hecho nada, solo había visto algo y se había callado porque Bernal le había enseñado, con paciencia, con visitas espaciadas y palabras nunca del todo amenazantes, lo que costaba no callarse.
Y ahora él, Bernal, iba a subir a una montaña a hacer algo de lo que no iba a poder no acordarse durante los años que le quedaran, fueran los que fueran.
Eso era la diferencia entre los dos hermanos, pensó.
A Eusebio el silencio se lo habían impuesto desde fuera.
El suyo se lo había buscado él mismo, trabajo a trabajo, durante diecisiete años, hasta que ya no sabía distinguir si seguía haciéndolo por el dinero o porque dejar de hacerlo significaba reconocer todo lo que ya había hecho.
No se permitió llegar más lejos que eso.
Encendió la radio. Apagó la radio.
El collado del Telera apareció a lo lejos, con la última luz pegada a la piedra caliza, dorada y quieta, ajena por completo a lo que subía hacia ella por la carretera.
Bernal pensó, brevemente, que ojalá la mujer no estuviera donde Solana creía que iba a estar.
Fue el último pensamiento que se permitió antes de aparcar y empezar a subir.
Subió durante casi una hora antes de verla.
Estaba de espaldas, sentada en una roca cerca del borde, mirando el valle.
Pelo oscuro, hasta los hombros, un poco alborotado por el viento de la altura.
Complexión media. Un abrigo oscuro que le quedaba ligeramente holgado, como si no hiciera demasiado caso a esas cosas.
Bernal se quedó quieto un momento, a una distancia prudente, comprobando.
Encajaba. Encajaba con la descripción que le habían dado, con las pocas fotografías que había reunido a lo largo de los años de una mujer que se cuidaba de no dejarse fotografiar mucho.
El pelo. La altura. La manera de sentarse con las piernas recogidas, como alguien acostumbrado a estar solo y no necesitar ocupar más espacio del necesario.
No hacía falta verle la cara. Nunca hacía falta. Eso lo había aprendido hacía años: la cara complica las cosas, humaniza lo que tiene que quedarse simple. Bastaba con lo que ya tenía.
Se acercó despacio. El viento que subía por la ladera y la distancia hasta el borde hacían casi innecesaria la discreción. Ella no se giró. Seguía mirando el valle, el Gállego brillando abajo como un hilo de plata, ajena a todo, ajena a él, ajena a los minutos que le quedaban.
Fue rápido.
Bajó sin mirar atrás.
No pensó en su cara, porque no la había visto. Pensó en el trabajo hecho, en la llamada que tenía que hacer, en que esa noche, por primera vez en varios días, iba a poder dormir sin la sensación de tener algo pendiente.
Alicia. Valle del Gállego, octubre de 2026
Alicia Sánchez llevaba tres días intentando entender por qué había ido.
No tenía una respuesta clara. Tenía treinta y seis años, un trabajo en Valencia como diseñadora gráfica, un piso compartido con una amiga y ninguna razón concreta para haber cogido el coche un lunes por la mañana y haber conducido hasta el Pirineo aragonés sola.
Excepto que sí la tenía.
La tenía desde hacía treinta años, guardada en un sitio donde las cosas no se miran pero tampoco desaparecen.
Tenía seis años cuando sus padres la llevaron al camping Las Nieves.
Recordaba poco. El perro Canelo corriendo entre las tiendas.
Una niña de su edad con un conejo de peluche que se llamaba Pipo.
Las montañas tan altas que parecían mentira.
La noche en que todo cambió no la recordaba casi nada.
Solo el frío, y los brazos de su padre cogiéndola, y luego nada más hasta el hospital.
Sus padres habían sobrevivido. Y Javi, su hermano. Solo Rafa, el mayor, no había llegado.
Treinta años llevaba Rafa en un cementerio de Valencia. Y treinta años llevaba Alicia sin haber vuelto al sitio donde lo perdieron.
Hasta ahora.
No sabía muy bien qué esperaba encontrar.
El camping ya no existía, claro. El terreno llevaba décadas sin uso, con la naturaleza recuperando despacio lo que el hombre le había quitado.
Había paseado por la orilla del Gállego con las manos en los bolsillos y había mirado el agua y había pensado que el río no sabía nada de lo que había hecho. Que los ríos no recuerdan.
Esa mañana había subido al collado del Telera.
No tenía ninguna razón para subir al collado.
Pero alguien en la pensión le había dicho que las vistas desde arriba eran de las mejores de la zona y que en octubre con la luz de la tarde valía la pena el esfuerzo.
Y Alicia llevaba tres días buscando algo que no sabía nombrar y quizás era eso, las vistas, el horizonte abierto, la sensación de ver las cosas desde lejos.
Había tardado dos horas en subir.
El camino había empezado entre bojes y hayas que la tarde de octubre teñía de un amarillo sucio y honesto, sin pretensiones de belleza.
Luego el bosque se había ido abriendo despacio, los árboles cada vez más espaciados, las rocas tomando el protagonismo, tímidas primero entre la hierba y luego ya sin disculparse, grises y enormes y cubiertas de líquenes color naranja que eran lo más vivo del camino.
El viento había llegado a la última hora, limpio y frío, con ese olor a nieve que no es olor a nada concreto sino a ausencia de todo lo demás.
Cuando llegó arriba se quedó parada.
No por el cansancio. Por lo que había al otro lado.
El valle del Gállego se abría abajo, con la amplitud que solo tienen los valles pirenaicos, encajonado entre laderas que no son suaves sino verticales, abruptas, que suben al cielo sin pedir permiso.
Los chopos habían amarilleado en los bordes del río y formaban una franja de oro pálido que cortaba el verde oscuro de los pinos en las laderas.
El Gállego brillaba en el fondo como una línea de plata delgada y caprichosa.
Biescas allá abajo, pequeña, con sus tejados de pizarra y su torre y sus calles que desde aquí no eran nada, un puñado de piedras entre la inmensidad.
Al norte, cerrando el horizonte, las cumbres.
El Telera con su perfil inconfundible, en diente de sierra irregular, con la nieve nueva de la semana anterior todavía en las partes en sombra.
Más allá, hacia el este, las crestas del Tendeñera y por encima de todo el Balaitus, que en octubre ya tenía la nieve permanente en la cara norte y que desde aquí parecía el final del mundo, el lugar donde la tierra decide que ya es suficiente y cede el sitio al cielo.
La luz de la tarde entraba horizontal desde el oeste y hacía algo extraño con las sombras, alargándolas de una manera que no era amenazante sino solemne, como cuando en una iglesia la luz entra por una ventana alta y lo deja todo quieto.
Las rocas del collado brillaban con ese tono dorado rojizo que tienen la piedra caliza cuando el sol la roza de lado.
El aire olía a romero y a tierra fría y a algo que Alicia no supo nombrar pero que era el olor del Pirineo en octubre, un olor que no existe en ningún otro sitio del mundo y que una vez lo has olido lo reconoces para siempre aunque lleves treinta años sin volver.
Y las montañas seguían ahí. Exactamente iguales. Sin saber nada de Rafa ni del camping ni de la noche del 7 de agosto. Sin haber cambiado nada en todo ese tiempo, lo cual era la cosa más extraña y la más consoladora a la vez.
Se había sentado en una roca y había sacado el móvil y había hecho fotos.
Luego había guardado el móvil y se había quedado mirando sin hacer nada durante un rato que no supo medir.
No oyó nada.
Todo fue muy rápido y muy silencioso, como cuando el mundo decide algo sin consultarte.
La encontraron al día siguiente, de madrugada.
Un pastor que llevaba cuarenta y tres años subiendo al collado antes de que amaneciera.