CAPÍTULO 28 #2
Así que no volvió a llamar.
Firmó.
No era todavía la autorización definitiva. Era la orden interna para que el expediente siguiera adelante como si aquel informe no existiera.
Y en el segundo exacto en que la tinta tocó el papel sintió algo que entonces llamó alivio y que en realidad era la primera piedra de todo lo que vendría después: la sensación, limpia y casi física, de haber cruzado una línea que ya no se podía volver a cruzar en sentido contrario.
A partir de ese segundo solo quedaban dos caminos.
Vivir con lo que acababa de hacer, o no volver a mirarlo nunca más de frente.
Eligió el segundo sin saber todavía, en marzo de 1994, todo lo que ese segundo camino le iba a costar con el tiempo.
Lo había mantenido en pie a base de no entrar en él.
De cambiar de habitación cada vez que se acercaba demasiado a esa pregunta concreta.
Lo había sostenido con la fundación que llevaba su nombre, con las becas, con cada cheque firmado para la comarca que era, en parte, aunque nunca se lo hubiera dicho a nadie con esas palabras, una manera de pagar algo que el dinero no podía pagar.
Lo había sostenido contratando a Roberto, dándole una vida, queriéndole de verdad, porque cuidar de un hombre al que el río le había quitado todo era más fácil que preguntarse si el río había tenido ayuda.
Y lo había sostenido, las últimas tres décadas, a base de hacer cosas peores que firmar un papel.
Ferrer Ara, que solo quería hacer su trabajo y desapareció por hacerlo.
Castán, que llevaba toda una vida callado y que aun así, al final, no fue suficiente.
Un hombre inocente no necesita matar para proteger un error.
Solo un culpable necesita silenciar a los testigos de su propia culpa, y Solana lo sabía, lo había sabido cada una de esas veces, con la misma claridad fría con que había sabido, desde el 93, que el informe decía no apto.
Cada orden que había dado desde entonces no había sido la defensa de un hombre que creía estar libre de culpa.
Había sido la confesión, repetida una y otra vez en la única forma que se permitía hacerla: actuando como alguien que tiene mucho que perder porque sabe exactamente cuánto debe.
Pero un edificio construido para no entrar en una habitación sigue teniendo esa habitación dentro.
Y ahora, con Castán muerto por su orden, con Ferrer Ara desaparecido por su orden treinta y dos años antes, con una periodista a días de publicar y un hombre al que quería como a un hijo plantado delante de su mesa preguntándole lo único que llevaba toda la vida evitando preguntarse a sí mismo, Solana descubrió que ya no le quedaban habitaciones nuevas a las que mudarse.
Había gastado toda una vida de inteligencia y de dinero y de poder en no tener que llegar a este minuto. Y aun así había llegado.
Sí, dijo Solana.
Lo dijo bajo. Sin la calma de antes. Como si la palabra le costara un esfuerzo físico que no tenía relación con lo pequeña que era.
Lo sabía, repitió. Lo supe en el momento en que firmé. No me lo dijo nadie después. Lo supe entonces, con la pluma en la mano, y firmé de todas formas.
Roberto no se movió.
Era la primera vez en todo ese tiempo que oía a Ramón Solana decir una frase sin que sonara calculada de antemano.
Llevo treinta años diciéndome que fue el río, dijo Solana.
Que fueron los protocolos, que no avisaron a tiempo, que fue Castán por no insistir más, que fue mala suerte, que ese verano cayó más agua de la que había caído en cien años.
Treinta años buscando a quién más echarle la culpa para no tener que mirarme solo a mí.
Hizo una pausa larga. Y ya no me queda nadie más a quien dársela.
Se quedó mirando sus propias manos encima de la mesa de nogal, las manos cuidadas de un hombre que llevaba décadas sin ensuciárselas directamente, y por primera vez parecieron pesarle.
Fui yo, dijo. No el río. No el técnico. No Castán. Fui yo, con esa firma, en ese despacho, hace treinta y dos años. Lo he sabido siempre. Y todo lo que he hecho desde entonces ha sido una manera muy cara de no decirlo en voz alta.
Solana no contestó.
Roberto miró sus manos. Las mismas manos que habían cogido a Mateo en brazos esa última tarde. Ese peso imposiblemente pequeño y real.
¿Lo sabía?, dijo Roberto. Cuando me buscó después de la riada. ¿Sabía que mi mujer y mi hijo estaban muertos por una decisión suya?
Solana no apartó la mirada esta vez.
Sí, dijo. Lo sabía.
Se hizo el silencio más largo de todos.
Roberto miró a Solana durante un momento.
Ese hombre de setenta y un años con el pelo blanco y el traje gris y las manos cuidadas encima de la mesa de nogal.
El hombre que le había sacado del agujero.
El hombre que le había dado una vida cuando no tenía ninguna.
El hombre que durante todos esos años había sido lo más parecido a una figura paterna que Roberto había tenido desde que perdió todo lo demás.
Y el hombre que sabía exactamente lo que le había quitado cuando fue a buscarlo.
¿Por qué me lo contó?, dijo Roberto en voz baja. Lo del informe. Hace años, en aquella sobremesa. ¿Por qué me lo contó?
Solana le miró.
Algo cruzó su cara que Roberto no había visto nunca en él. No culpa exactamente. Algo más antiguo y más cansado que la culpa.
Porque llevaba años sin poder contárselo a nadie, dijo Solana. Y tú nunca ibas a preguntar.
Roberto asintió despacio.
Eso era todo.
Eso era exactamente todo.
Se levantó. Cogió su chaqueta del respaldo de la silla donde la había dejado al entrar.
Roberto, dijo Solana.
Él se paró pero no se giró.
Lo que hay entre nosotros, dijo Solana, no tiene que ver con lo que pasó en el 96. Eso es verdad. Te busqué por el bebé. Por Mateo. Porque había algo en esa historia que no pude ignorar aunque hubiera querido. Eso también es verdad.
Roberto se quedó quieto un momento.
Lo sé, dijo.
Entonces...
Lo sé, repitió Roberto. Y da igual.
Salió del despacho sin mirar atrás.
En el ascensor se quedó mirando sus manos. Las mismas de siempre. Cincuenta y dos años y las manos de un hombre que ha pasado veintiocho años sin preguntar y que acaba de preguntar y que ahora tiene que decidir qué hace con las respuestas.
Salió a la calle.
El frío de octubre en Zaragoza, ese frío seco que no engaña a nadie. El Paseo de la Independencia con su tráfico y su gente y sus tiendas abiertas y su vida normal siguiendo su curso sin saber nada de nada.
Roberto caminó.
Sacó el teléfono. Marcó el número de Sara una cuarta vez.
Contestador otra vez.
Esta vez sí dejó mensaje.
Sara. Soy Roberto. Sé que sabes algo. No sé exactamente qué, pero lo sé porque no me coges el teléfono y tú no eres de las que dejan de contestar sin motivo.
Necesito hablar contigo. No para defenderme.
Para contarte lo que de verdad sé, que es menos de lo que crees y más de lo que querría.
Estoy en Zaragoza. Llámame cuando puedas.
O no me llames y voy yo. Pero necesito que esto se diga en voz alta entre nosotros antes de que lo digas tú en voz alta para todo el mundo.
Colgó.
No tenía un destino concreto todavía.
Pero sabía adónde tenía que llegar.