CAPÍTULO 28
Sara no contestaba.
Roberto la había llamado dos veces desde aquella llamada suya, la que le hizo a ella una noche, con dos nombres dichos en voz baja después de treinta años de no decir ninguno.
La primera esa misma noche, todavía con la sensación extraña de haber dicho en voz alta algo que llevaba semanas callando.
La segunda a la mañana siguiente, ya con la noticia de Castán confirmada en todos los periódicos, necesitando saber si ella estaba bien, si lo que le había dado le había servido de algo o la había puesto en más peligro del que ya corría.
Las dos veces el teléfono sonó hasta el contestador.
Las dos veces Roberto se quedó mirando la pantalla durante un momento después, con una sensación que no sabía nombrar pero que reconocía de otras épocas de su vida, de antes, cuando algo se rompía sin que nadie te avisara y solo lo entendías por el silencio que dejaba detrás.
Probó una tercera vez esa misma tarde.
Contestador otra vez.
No dejó mensaje.
Se quedó de pie en su cocina con el teléfono en la mano y el café enfriándose en la encimera, el mismo sitio exacto donde había leído la noticia de Castán apenas unos días antes.
Pensó en aquella llamada, en lo fácil que había sido decir dos nombres en voz baja después de treinta años de no decir ninguno, y en lo difícil que estaba resultando ahora no saber qué había hecho ella con ellos.
No sabía si el silencio significaba que Sara ya no confiaba en él, lógico, después de todo, por qué iba a confiar en el hombre que llevaba tantos años cobrando un sueldo de Solana, o que confiaba en él lo suficiente como para no ponerle en peligro llamándole a un teléfono que quizás ya no era seguro.
O algo peor, algo que no se permitía nombrar del todo: que ya no podía llamar a nadie.
Roberto se sentó en la silla de la cocina.
Pensó en Castán. En la noticia de un miércoles por la mañana, la misma que ya conocía cuando decidió llamar a Sara de todas formas.
Sabía lo que le había pasado a un hombre por saber demasiado, y aun así le dio los dos nombres.
Eso no lo había pensado con estas palabras hasta ahora: que no había sido un gesto pequeño.
Había sido exactamente el tipo de cosa que a Castán le había costado la vida.
Eso significaba que alguien seguía vigilando. Que los nombres que le había dado a Sara, pensando que era un gesto pequeño, privado, entre los dos, quizás no lo habían sido tanto.
Y ahora Sara no contestaba al teléfono.
Las dos cosas juntas pesaban de una manera distinta a cada una por separado.
Roberto se levantó.
Cogió las llaves del coche.
No llamó antes. No pidió cita. Condujo hasta el Paseo de la Independencia con una calma que por fuera no se distinguía de la de cualquier otro día y que por dentro era otra cosa completamente, algo que llevaba formándose desde la noticia de Castán y que el silencio de Sara acababa de terminar de cuajar.
La secretaria le miró cuando entró.
Roberto, dijo. No tenías cita.
Lo sé, dijo Roberto. Dile que estoy aquí.
La secretaria cogió el teléfono. Habló en voz baja. Esperó. Luego miró a Roberto con la cara de quien transmite un mensaje que preferiría no transmitir.
Puedes pasar, dijo.
Solana estaba de pie junto a la ventana cuando Roberto entró. El Ebro abajo, la Basílica al fondo, ese despacho que decía llegué y me quedé y no me voy a ningún sitio. Roberto lo había admirado muchas veces. Esa claridad de los espacios que saben exactamente lo que son.
Ahora le parecía otra cosa.
Roberto, dijo Solana sin girarse. Siéntate.
Prefiero estar de pie.
Solana se giró.
Le miró durante un momento, evaluándole, buscando en la cara de Roberto lo que estaba dispuesto a mostrar y lo que no. Era bueno en eso. Llevaba décadas leyendo a las personas antes de que abrieran la boca.
¿Qué quieres saber?, dijo.
Roberto no contestó enseguida. Miró el despacho. La mesa de nogal con pocos papeles. Las fotos con presidentes y ministros. La fundación con su nombre en un marco discreto junto a la ventana. Todo lo que Solana había construido en tres décadas.
Sara Villalba no me coge el teléfono, dijo Roberto.
Algo cruzó la cara de Solana. Tan rápido que casi no existió.
¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
Eso es lo que quiero saber, dijo Roberto. Quiero saber por qué me llamaste entonces. Por qué fuiste a buscarme.
Solana no cambió la expresión.
Ya lo sabes, dijo. Perdiste a tu familia en la riada. Necesitabas...
No, le interrumpió Roberto. Eso es lo que me dijiste entonces. Quiero saber la verdad.
Silencio.
Solana fue a sentarse detrás de su mesa. Lo hizo despacio, con la misma calma de siempre, como si el tiempo fuera algo que él administraba y no algo que pasaba. Juntó las manos encima de la mesa.
La verdad, dijo, es que vi tu caso en las noticias. Un hombre joven que había perdido a su mujer y a su hijo. Me pareció una injusticia.
¿Solo eso?
Solo eso.
Roberto le miró.
¿Y el informe del 93?, dijo.
Algo se le tensó a Solana en la mandíbula, un segundo, apenas nada. Luego volvió a ser la misma cara de siempre.
¿Qué informe?
El que decía que el terreno del camping no era apto, dijo Roberto. El que firmó Castán. El que usted enterró antes de firmar la autorización en el 94.
Solana no dijo nada.
Llevo toda la vida sin preguntar, dijo Roberto.
Mirando para otro lado porque me convenía mirar para otro lado.
Porque usted me sacó del agujero cuando no tenía nada y yo no quise saber a qué precio.
Pero Castán está muerto. Y Sara Villalba fue a verle el día anterior.
Y usted me dijo que eran dos cosas separadas.
Son dos cosas separadas, dijo Solana. Su voz seguía siendo la misma. Tranquila. Razonable. La voz de siempre.
¿Como Luis Ferrer Ara?, dijo Roberto.
El silencio que siguió fue diferente a todos los anteriores.
Solana le miró durante un momento largo. Luego miró sus manos encima de la mesa. Luego volvió a mirarle a él.
Roberto, dijo finalmente. Hay cosas que pasaron hace mucho tiempo que no pueden cambiarse. Lo que puedo decirte es que todo lo que hice lo hice pensando en el bien de la comarca. En el desarrollo. En el empleo. En familias que llevaban décadas sin oportunidades.
Ochenta y siete personas, dijo Roberto.
Fue un accidente.
Un accidente que usted sabía que podía ocurrir y firmó de todas formas.
El técnico habló de riesgo, no de certeza, dijo Solana. Hay una diferencia. Siempre la ha habido. Nadie firma pensando en lo peor. Se firma pensando en lo probable.
No apto, dijo Roberto. No decía riesgo probable. Decía no apto. Dos palabras. Las he leído.
Solana cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió otra vez algo en su cara había cambiado de sitio sin terminar de derrumbarse.
Aquella comarca llevaba décadas sin una sola oportunidad real, dijo. El camping iba a dar trabajo a doscientas familias. Doscientas, Roberto. Yo crecí viendo cómo esta tierra se vaciaba pueblo a pueblo. No es tan sencillo como tú lo pintas.
No le he preguntado por qué lo hizo, dijo Roberto. Eso ya lo entiendo. Le he preguntado si sabía que podía pasar esto.
Solana no contestó enseguida.
Llevaba toda la vida sin contestar esa pregunta.
No porque nadie se la hubiera hecho con esas palabras exactas, sino porque él mismo había aprendido a desviarla cada vez que se le acercaba demasiado, con la misma destreza con la que apartaba cualquier otra cosa que no le convenía mirar de frente.
Había construido un edificio entero de razones encima de esa pregunta.
El técnico era joven y exageraba. Los informes de riesgo siempre eran conservadores por sistema, era su trabajo asustar para cubrirse.
Otros campings en zonas parecidas llevaban décadas sin que pasara nada.
Y aunque pasara, aunque pasara de verdad, la responsabilidad se repartía entre tantas manos, tantas firmas, tantos despachos, que ya no era suya sola, no podía serlo, treinta personas habían tocado ese expediente antes de que llegara a él.
El edificio llevaba décadas de pie.
Marzo de 1994. Un despacho más pequeño que este, en un edificio de la Diputación que ya no existía como tal, con una ventana que daba a un patio interior y no al Ebro.
Solana tenía treinta y nueve años, un puesto que acababa de ganar a pulso, y encima de la mesa, abierto por la página siete, el informe técnico con la firma de Fermín Castán.
No apto.
Lo había leído tres veces aquella tarde.
La primera vez con la intención sincera de archivarlo y buscar otro emplazamiento, porque en marzo de 1994 Ramón Solana todavía era, o todavía se creía, un hombre que archivaba los informes que decían no apto.
La segunda vez ya con el proyecto entero desplegado encima del escritorio al lado: los planos, las cifras de empleo, la carta de los dos empresarios de Huesca que llevaban meses esperando una respuesta y que habían dejado caer, sin decirlo del todo, que su paciencia tenía fecha de caducidad.
La tercera vez con el bolígrafo ya en la mano.
Hubo un momento, breve, que Solana llevaba toda una vida intentando no recordar con esta nitidez, en que estuvo a punto de no firmar.
En que descolgó el teléfono para llamar a Castán y preguntarle, en confianza, qué tan seguro estaba, si había margen, si existía una versión de aquel proyecto que no pisara la zona marcada en rojo.
Llegó a marcar las tres primeras cifras.
Colgó.
No porque hubiera decidido nada todavía.
Sino porque, en algún sitio que no se permitió nombrar entonces, ya sabía que si hablaba con Castán otra vez, si le daba al técnico la oportunidad de repetirle en voz alta lo que ya había escrito en el papel, ya no iba a poder firmar.
Y necesitaba poder firmar. Aquel proyecto era la puerta que llevaba esperando toda su carrera, la que le sacaría de la Diputación y le pondría un despacho propio, una comarca agradecida, un nombre que la gente pronunciaría con respeto en vez de con la indiferencia con que se pronuncian los nombres de los funcionarios intercambiables.