CAPÍTULO 27
El registro mercantil de Huesca olía a papel viejo y a calefacción demasiado alta.
Marcos esperó cuarenta minutos hasta que un funcionario con gesto de estar haciéndole un favor personal le sacó la ficha de constitución del Grupo Solana, con la firma de Ignacio Rozada como socio fundador, igual que en la copia digital que ya tenía.
Pidió una fotocopia. El funcionario dudó, miró a los lados, y se la dio.
No pensó, mientras las guardaba en la carpeta, que alguien pudiera estar tomando nota de que había estado allí.
En Biescas, Sara aparcó cerca de la plaza y esperó.
Eusebio salía a comprar el pan casi siempre a la misma hora, según le había contado un vecino sin darle importancia. Lo vio cruzar la plaza con una bolsa de tela vacía en la mano, y se acercó antes de que llegara a la panadería.
Eusebio, dijo.
Él se paró. La miró con esa mezcla de miedo y algo parecido al alivio que ya le había visto la primera vez.
Solo quería decirle que lo entendí, dijo Sara. Lo de Lasierra. Sé que era mentira, y sé por qué me la dio. No voy a volver a ponerle en un aprieto así. No hacía falta que se arriesgara, y aun así lo hizo.
Eusebio no dijo nada durante un momento.
Sara sacó la foto que habían encontrado clavada en el corcho.
Una cosa más, dijo. La última. ¿Le conoce?
Eusebio la miró más tiempo del necesario.
Mariano Lasierra, dijo. Hace mucho que no le veía. Trabajaba para la Diputación, antes de que se fuera de aquí. Mi hermano y él se conocían de entonces.
Sara sintió que algo se cerraba del todo.
Váyase, dijo por fin, en voz baja. No por usted. Por mí.
Sara asintió.
Cuídese, Eusebio.
Se fue sin mirar atrás, dejándolo en la plaza con la bolsa de tela y el pan todavía por comprar.