Donde el río no olvida CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

La llamada llegó esa misma tarde.

Entré yo, dijo Bernal sin preámbulo. Anoche. La revisé entera.

¿Y?

Nada que pueda usarse contra nosotros. Fotos, un mapa, nombres unidos con hilos. Suposiciones. Conjeturas. No hay un solo documento que nos conecte de una forma que resista a un abogado.

Solana se quedó en silencio un momento.

¿Está segura de algo?

Sospecha. No es lo mismo que saber. Bernal hizo una pausa. El sobre lo tiene, pero está limpio. Sin huellas, sin remitente que se pueda rastrear. Lo único que tiene de verdad es intuición periodística, y eso no se presenta ante un juez.

¿Hay algo sobre Rozada?

Nada. Ni su nombre, ni una nota, ni un hilo que lleve hasta él. Si lo está investigando, no lo tiene todavía en ese archivo.

Solana miró el Ebro.

El título se lo había quedado Rozada. El negocio se lo había quedado él. Con los años había aprendido que solo uno de los dos servía de algo cuando las cosas se torcían.

Entonces no hay prisa.

Todavía no, dijo Bernal. Pero se está acercando más rápido de lo que me gustaría.

Colgó sin despedirse, como siempre.