Donde el río no olvida CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

Llegaron a Zaragoza a las dos de la tarde.

Marcos la dejó en la puerta de su edificio y ella le dijo que subía un momento a cambiarse y a coger más ropa y que luego quedaban para comer y repasar lo que tenían. Marcos asintió y dijo que la esperaba en el bar de la esquina, llevaban desde el café de la mañana.

Sara subió las escaleras en lugar del ascensor como siempre. Costumbre de años, el ascensor era lento y las escaleras le ayudaban a pensar. Cuatro pisos. En el tercero se cruzó con la vecina del quinto que bajaba con el perro y que le dijo buenas tardes sin mirarla demasiado, eso no había cambiado.

Sacó las llaves.

La puerta estaba cerrada. La cerradura no mostraba señales de fuerza. Todo exactamente como lo había dejado cuatro días antes.

Pero algo no estaba bien.

Lo supo antes de abrir. No era un pensamiento, era una sensación física, algo en el aire del rellano que no cuadraba, como cuando entras en una habitación donde ha habido alguien hace poco aunque ya no esté. Un olor que no era exactamente un olor. Una temperatura que no era exactamente diferente.

Abrió despacio.

Y entonces lo oyó.

Un crujido. Madera, no metal, el sonido concreto del suelo del pasillo cuando alguien pisa el tablón suelto que había junto a la puerta del archivo, ese que ella misma evitaba pisar de noche para no despertarse a sí misma con el ruido. Venía de dentro. De un piso que se suponía vacío.

Sara no entró.

Doce años de oficio le habían enseñado una sola regla útil en momentos así: el instinto no se discute, se obedece primero y se analiza después.

Cerró la puerta tan despacio como la había abierto, sin que el pestillo hiciera ruido, y bajó los cuatro pisos de dos en dos, sin pensar en el ascensor, sin pensar en nada que no fuera la calle y el bar de la esquina donde Marcos la esperaba con dos cafés que todavía no se había bebido.

Marcos la vio llegar y no necesitó preguntar.

Se levantó antes de que ella terminara de hablar y los dos subieron juntos, él delante, con ese cuerpo suyo interponiéndose entre ella y la puerta de una manera que no era valentía declarada sino simple costumbre de querer estar primero donde hubiera riesgo.

Llamó en voz alta antes de entrar, anunciando que estaban ahí, que eran dos, dando tiempo a quien fuera para irse por donde hubiera entrado antes de tener que enfrentarse a nadie.

Funcionó. O no hizo falta, porque cuando entraron el piso ya estaba vacío.

Sara se quedó un momento en el pasillo con el corazón todavía a destiempo.

Pensó, sin querer pensarlo, en lo fácil que habría sido entrar sola, sin avisar, llamando por costumbre, igual que llevaba años entrando sola en ese piso.

Y en que la única razón de que ahora mismo estuviera respirando en ese pasillo y no tirada en el suelo del archivo era haber bajado a buscar a Marcos en vez de entrar a comprobarlo ella misma.

El piso estaba en orden. Las luces apagadas, las persianas como las había dejado, la taza del último café todavía en el fregadero. Nada roto, nada volcado, nada fuera de su sitio en la cocina ni en el salón ni en el pasillo.

Fue al archivo.

Se quedó en el marco de la puerta sin encender la luz durante un momento. Luego la encendió.

Las estanterías estaban en orden. Las cajas de cartón en su sitio, las carpetas alineadas, el mapa del valle del Gállego con sus puntos rojos todavía sujeto con chinchetas en la pared del fondo.

Pero el corcho no estaba igual.

Sara lo miró durante un momento largo. Los hilos. Las fotos. Los nombres. Casi todo seguía donde lo había dejado.

Casi.

Había una foto nueva.

Un hombre que ella nunca había visto, clavado en el centro del corcho, con un hilo tendido hasta el nudo donde convergían Castán y el informe del 93.

Sin nombre debajo. Sin nota. Solo la cara.

Una foto vieja, con las esquinas gastadas, del tipo que se guarda en una carpeta durante décadas antes de volver a salir a la luz.

Alguien había estado en el archivo.

Alguien que sabía lo que hacía. Que había entrado sin forzar la cerradura, había revisado el material con cuidado, había intentado dejarlo todo exactamente como estaba. Casi lo había conseguido.

Sara se quedó quieta en medio del archivo durante un momento. Luego llamó a Marcos, que esperaba en el pasillo, y le señaló el corcho.

Marcos lo estudió.

¿Estás segura?

Esta cara no es mía, dijo Sara. Alguien la ha clavado ahí, con el hilo hasta Castán.

Marcos se acercó a mirarla de cerca.

Una cara nueva, sin nombre, conectada a lo que ya sabemos. Quieren que perdamos días investigando a alguien que no existe.

¿Como con Mariano Lasierra?, dijo Sara.

Marcos negó con la cabeza.

Lasierra existe, dijo. Conseguí su teléfono, me presenté y le hablé de ti.

Te conocía por tus artículos de prensa sobre la riada.

Y esta vez sí tiene que ver con todo. Trabajó en la Diputación de Huesca en el 93 y en el 94, cerca de Solana.

Ni siquiera fue capataz nunca. Eso de Eusebio también era mentira.

¿Haciendo qué?

Todavía no lo sé del todo. Pero dimitió sin dar explicaciones a mediados del 94 y se mudó a Cádiz. Monta un negocio de importación que sigue llevando hoy.

¿Por qué dimitió?

Eso le pregunté. Se quedó callado un momento largo, y luego dijo que había sido una decisión personal, que no tenía nada más que añadir. La misma frase, casi palabra por palabra, tres veces distintas.

Como si se la hubiera aprendido de memoria, dijo Sara.

Eso pensé yo también, dijo Marcos. Pero miré las fechas después de colgar. Dimitió el 24 de octubre de 1994. Cinco días después de que despidieran a Ferrer Ara.

Sara sintió que la pieza encajaba con un chasquido casi audible.

Vio lo que le pasó a Ferrer Ara y se fue antes de que le pasara a él, dijo Sara.

Eso creo, dijo Marcos. Y justo antes de colgar dijo algo que no encajaba con el resto de la llamada. Dígale a la señorita Villalba que tenga cuidado con el sol de Cádiz, que aquí quema más de lo que la gente cree. Y colgó.

Sara se quedó en silencio un momento.

Eso no es una despedida educada, dijo.

No, dijo Marcos. Es un hombre diciéndote que tengas cuidado, sin poder decírtelo de ninguna otra manera.

¿Cuándo estuviste aquí por última vez?

Hace cuatro días. Antes de ir a Jaca.

Marcos asintió despacio. Fue a la ventana del archivo y miró hacia abajo, hacia la calle. Un coche aparcado en doble fila que llevaba ahí cuando habían llegado. Un hombre leyendo el periódico en el banco de enfrente que no había levantado la vista cuando entraron.

¿Cuánto tiempo llevamos aparcados ahí fuera?, dijo.

Diez minutos, dijo Sara.

El hombre del banco lleva ahí desde antes de que llegáramos.

Sara fue a la ventana. Miró al hombre. Cincuenta y tantos años, abrigo oscuro, periódico doblado. La clase de persona que no llama la atención precisamente porque parece alguien que no llama la atención.

Puede ser una coincidencia, dijo.

Puede, dijo Marcos.

Los dos sabían que no lo era.

Sara se apartó de la ventana. Fue a las estanterías y empezó a revisar las cajas una por una, eficiente, sabiendo exactamente lo que tenía y dónde lo tenía. Marcos la dejó trabajar en silencio.

Cinco minutos después Sara se detuvo.

El sobre, dijo.

¿Qué?

El sobre. El que me mandaron con las fotocopias del informe del 93. Sara señaló una caja en el segundo estante. Estaba aquí. Lo guardé en esta caja dentro de una bolsa de plástico para no contaminar más las huellas.

¿Y?

La bolsa está. El sobre también. Sara la miró. Pero lo han abierto. La bolsa estaba sellada y ahora no lo está.

Marcos se acercó. Miró la bolsa sin tocarla.

Han analizado el sobre, dijo.

Buscando si hay algo más, dijo Sara. Algo que Castán dejara sin que yo lo supiera. Algo que los identifique a ellos, no a él.

¿Y hay algo?

No. Ya lo comprobé cuando llegó. Papel estándar, sin huellas útiles. Sara dejó la bolsa en su sitio. Pero el hecho de que hayan venido a buscarlo significa que les preocupa. Que no están seguros de que Castán no dejara ningún otro rastro antes de morir.

Y ahora saben que tú tampoco tienes nada que los identifique directamente.

Sí. Sara miró el corcho. Y saben exactamente lo que tengo. Lo que sé. Hasta dónde he llegado.

Pensó en Roberto.

No lo dijo en voz alta. Pero la idea estaba ahí, instalada desde la llamada en el pasillo del hotel de Jaca.

Los dos nombres que le había dado, Solana y Rozada, habían resultado ser exactamente los correctos.

Eso podía significar dos cosas, y las dos la inquietaban por igual: que Roberto por fin se había atrevido a romper treinta años de silencio, o que le había dado justo lo suficiente para parecer un aliado mientras seguía informando a quien de verdad le pagaba el sueldo.

Cada conversación con él, revisada ahora bajo esa duda, podía leerse de las dos maneras a la vez, y no había forma de saber cuál era la verdadera hasta que fuera demasiado tarde para que importara.

No había vuelto a hablar con él desde Jaca.

No sabía todavía qué hacer con eso.

El silencio entre los dos duró un momento.

Sara, dijo Marcos.

No me digas que me vaya a un hotel, contestó Sara.

Te iba a decir que no puedes quedarte aquí sola.

Sara le miró.

Tengo trabajo que hacer, dijo.

Lo sé. Y puedes hacerlo. Marcos la miró con una firmeza tranquila que no era imposición sino otra cosa, algo que Sara todavía estaba aprendiendo a recibir sin esquivarlo. Pero no aquí sola. Esta noche.

Sara miró el archivo. Las cajas que llevaba años acumulando, el corcho que había levantado en tres semanas, el mapa con los puntos rojos. Todo lo que había construido, lo antiguo y lo reciente, en esa habitación que ahora tenía las manos de otra persona encima.

Sintió algo que no era exactamente miedo. Era más parecido a rabia. A la rabia fría y útil de quien entiende que el juego ha cambiado de escala y decide seguir jugando de todas formas.

Coge lo que necesites, dijo Marcos. El portátil, los documentos clave. Lo que no puedes permitirte perder.

Sara asintió.

Tardó quince minutos en meter en una mochila lo esencial.

El portátil, las fotocopias del informe del 93 en la bolsa de plástico, tres carpetas con documentación que había ido recopilando, su cuaderno de notas.

Pipo no, Pipo se quedaba. Llevaba años en la estantería del salón y nadie se lo iba a llevar.

Antes de salir se quedó un momento en el marco de la puerta del archivo.

Miró el corcho una última vez. Los nombres. Los hilos. El mapa.

Ramón Solana Vega.

Ya voy, dijo en voz baja. No era exactamente para él.

Era para Luis Ferrer Ara, que llevaba treinta y dos años desaparecido sin que nadie hubiera respondido por ello.

Era para Castán, que había esperado treinta años para mandar un sobre y no había llegado a ver lo que contenía.

Era para una familia de Bronchales que fue de vacaciones a los Pirineos y no volvió.

Cerró la puerta del archivo, pero antes cogió la foto que alguien había puesto ahí.

Bajó las escaleras con Marcos.

En la calle el hombre del banco seguía leyendo el periódico. Sara pasó por delante de él sin mirarlo. Marcos tampoco lo miró.

Doblaron la esquina.

¿Adónde vamos?, preguntó Sara.

A un sitio donde nadie nos busque esta noche, dijo Marcos.

¿Rozada primero? Pensé que veníamos por Solana.

Solana tiene abogados y treinta años de práctica en no decir nada, dijo Marcos.

Rozada está jubilado, más aislado, y con más que perder personalmente ahora que ya no tiene un cargo que lo proteja.

Si cede algo, lo usamos después contra Solana.

Y además, se instaló en Zaragoza cuando se hizo socio suyo. Está aquí, al alcance.

Pero antes necesito un día, dijo Marcos.

¿Para qué?

Para confirmar todo esto en persona. Lo que tenemos es de internet, y antes de ir a por un expresidente de la Diputación necesito poder decir que lo comprobé yo mismo, no una base de datos.

Sara asintió despacio.

Entonces yo aprovecho para acercarme a Biescas, dijo. Le debo una visita a Eusebio.

Marcos la miró.

¿Sola?

Va a ser un día, Marcos. Voy, hablo con él, y vuelvo.

No me gusta que vayas sola allí. Después de lo del piso, después de todo.

Lo sé. Pero necesito decirle que lo de Lasierra no llevó a ningún sitio, que entendí lo que me dijo con el gesto, que no voy a ponerle en peligro otra vez. Se lo debo, y tengo que hacerlo yo, no tú.

Marcos no dijo nada durante un momento.

Llámame en cuanto llegues. Y en cuanto salgas.

Lo haré.

Y esta noche estás de vuelta, para poder ir mañana a por Rozada.

Esta noche, dijo Sara. Lo prometo.