CAPÍTULO 24
Si Roberto tiene razón, dijo Marcos, tiene que haber algo que lo confirme. Algo que no dependa solo de su palabra.
Ramón Solana Vega, repitió.
Sí. Sara cerró el portátil. Busqué el nombre anoche.
Ramón Solana Vega, setenta y un años. Empresario.
Fundador y presidente del Grupo Solana, cuatro complejos hoteleros en los Pirineos aragoneses.
Sede en Zaragoza, Paseo de la Independencia.
Tiene también una fundación que lleva su nombre, becas de desarrollo rural en la montaña.
Marcos la miró.
Una fundación de desarrollo rural en la montaña, dijo despacio.
Sí.
El hombre que autorizó un camping en zona de riesgo de inundación tiene una fundación de desarrollo rural en la montaña.
Sí.
Los dos se quedaron en silencio un momento. Por la ventana un gato cruzó la calle Mayor, soberano e indiferente, como son los gatos con las cosas humanas.
¿Cuándo dejó la Diputación?, preguntó Marcos.
En 1998. Dos años después de la riada. Se fue a montar su empresa. El primer hotel lo abrió en 2001, en el valle de Tena. Luego otro en Benasque. Luego dos más. En veinte años construyó un grupo hotelero que factura doce millones al año.
Construido encima de un secreto.
Construido encima de más de ochenta muertos, dijo Sara. Lo dijo sin inflexión, como siempre, pero Marcos vio algo en sus ojos que no era solo la frialdad profesional de siempre.
Se levantó y fue a la ventana.
Luis Ferrer Ara desapareció en octubre del 94, dijo. Dos meses antes de que Solana firmara esa autorización. Cuatro meses antes de que el camping abriera.
¿Crees que Solana tuvo algo que ver?
Creo que Ferrer Ara redactó el informe que decía no apto. Creo que alguien le presionó para que callara y no calló. Y creo que Ramón Solana tenía mucho que perder si ese informe llegaba a manos equivocadas antes de que el camping abriera.
Marcos asintió despacio.
Es una cadena, dijo. Ferrer Ara en el 94. La riada en el 96. Las investigaciones judiciales que no llegaron a ningún sitio. Castán silenciado durante más de treinta años. Y ahora, muerto.
Y yo aquí, dijo Sara.
Y tú aquí. Marcos la miró. ¿Solana sabe quién eres?
Sara pensó en el sobre. En el matasellos de Huesca. En alguien que sabía lo que ella estaba buscando antes de que ella llegara a Castán.
Creo que sí, dijo. Creo que lleva tiempo sabiéndolo.
Entonces sabe que tienes el informe del 93.
Y sabe que ahora tengo su nombre.
El silencio entre los dos duró un momento. La cafetera de Marcos hizo un ruido pequeño al enfriarse.
Necesitamos más, dijo Marcos. Su nombre en una resolución administrativa de 1994 no es suficiente para publicar. Necesitamos conectarlo con Ferrer Ara. Necesitamos demostrar que sabía lo que había en ese informe antes de firmar la autorización.
Lo sé. Sara cogió su taza. Por eso tenemos que ir a Zaragoza.
Marcos la miró.
¿A Zaragoza?
Solana tiene un despacho en el Paseo de la Independencia. Antes de eso, dijo Sara, quiero cerrar lo de Rozada. Confirmé su nombre en el registro mercantil. Socio fundador del Grupo Solana, dinero puesto en el primer hotel en 2001.
Yo tengo el resto, dijo Marcos, sin levantar la vista del portátil. Estaba mirando la hemeroteca mientras hablabas. En 1996 era presidente de la Diputación Provincial de Huesca. No necesitaba comisión de confianza ni despacho cedido para clasificar un archivo. Tenía autoridad de sobra él solo.
Sara le giró su pantalla.
Con esa autoridad, dijo, no hace falta preguntarse mucho quién pudo ordenar que se restringiera el archivo técnico tres semanas después de la riada. Todavía no puedo probarlo con un papel. Pero encaja.
Marcos levantó la vista de la pantalla.
Tiene que ser el que enterró el informe, dijo Marcos despacio. El que lo clasificó para que nadie más pudiera verlo.
El mismo, dijo Sara.
Necesito confirmar todo esto en persona, dijo Marcos. Lo que hemos sacado es de internet, y en internet se equivoca cualquiera. Mañana me acerco al registro y a la hemeroteca a preguntarlo cara a cara, antes de que esto salga publicado con mi firma.
¿Es necesario?
Si alguien me pregunta después cómo lo comprobé, quiero poder decir que hablé con una persona, no que confié en una base de datos.
Marcos se levantó despacio y fue a la ventana. Miró la calle Mayor sin decir nada durante un momento.
No es solo Solana, dijo.
Nunca lo fue, dijo Sara. Es una red. Llevan treinta años protegiéndose mutuamente.
¿Y Castán?
Castán era el eslabón más débil. El único que tenía conciencia. El único que al final no pudo más.
Marcos se giró.
Hay que tener mucho cuidado, Sara.
Lo sé.
No, escúchame. Se acercó a ella. Esto ya no es solo un reportaje. Hay un hombre muerto. Hay un técnico desaparecido hace treinta y dos años. Y hay dos personas con poder y recursos suficientes para haber mantenido todo esto enterrado durante tres décadas. Si saben que estás cerca van a moverse.
Ya se están moviendo, dijo Sara. Por eso tenemos que movernos más rápido que ellos.
Por algo siempre pensé que eras de las mejores periodistas que conozco, dijo Marcos.
No hacía falta que lo dijera. Lo sabía desde el día que la contrató, pero llevaba doce años sin decírselo en voz alta.
Sara no supo qué contestar a eso.
Sabía que le faltaba poco. Lo había sabido desde la noche anterior, sentada junto a la ventana con el archivo abierto delante: que todas las piezas ya estaban sobre la mesa y que solo hacía falta encontrar el orden correcto, las teclas adecuadas, para que el dibujo entero apareciera de golpe.
La muerte de Castán, por horrible que fuera, la había empujado en la dirección correcta justo cuando más perdida estaba.
El gesto de Eusebio en aquella cocina le había confirmado que alguien la vigilaba.
Y ahora Roberto, que llevaba semanas comportándose como un hombre que ya no confiaba del todo en quien le pagaba el sueldo.
Todo junto.
Encajaba.
Sintió algo parecido al vértigo, esa sensación de estar por fin en el sitio correcto después de treinta años dando vueltas alrededor de él sin saberlo.
Marcos debió de ver algo en su cara, porque se acercó y la abrazó, sin decir nada, sin pedir permiso, de esa manera en que se abraza a alguien que ha estado cargando algo demasiado grande y demasiado tiempo sola.
Sara se dejó abrazar.
Fue solo un momento. Pero fue el primero en meses en que no pensó en Solana, ni en Rozada, ni en su hermano, ni en nada que no fuera el calor de otra persona sosteniéndola de pie.
Se separaron despacio.
Ninguno de los dos dijo nada sobre lo que acababa de pasar. Pero algo había cambiado ligeramente en el aire entre ellos, algo que los dos notaron y que los dos decidieron, por ahora, dejar sin nombre.
Marcos la miró durante un momento largo. Luego asintió.
Zaragoza, dijo.
Zaragoza, dijo Sara.
Recogieron en veinte minutos y bajaron a la calle. El frío de Jaca les recibió limpio y directo, ese frío pirenaico de octubre que no avisa. Sara miró hacia el norte, hacia donde las montañas empezaban detrás de los tejados de la ciudad.
Luego entró en el coche.