CAPÍTULO 23
Salió al pasillo del hotel para hacer la llamada.
Roberto contestó al tercer tono, con esa voz todavía espesa de quien acaba de despertarse.
Sara. ¿Qué pasa?
Nada malo, dijo ella. O eso espero. ¿Tienes un minuto?
Claro.
Sara se apoyó en la pared del pasillo, buscando el tono correcto, el que no sonara a lo que en realidad era.
Llevamos ya unas semanas hablando, dijo. Y me he dado cuenta de que yo te he contado muchas cosas. Lo de mi hermano. Lo del camping. Cosas que no le cuento a casi nadie. Y tú me has escuchado siempre, pero nunca me has contado mucho de ti.
Roberto no dijo nada durante un momento.
¿A qué viene esto?
A que los dos perdimos a gente esa noche, dijo Sara. Y llevas casi treinta años trabajando para el hombre que dirigía la Diputación cuando se autorizó el camping. Eso no es una pregunta con trampa, Roberto. Es solo que me gustaría entenderlo. Entenderte a ti.
El silencio que siguió fue distinto a los demás. Más largo. Más incómodo.
Solana me dio trabajo cuando no tenía nada, dijo Roberto al fin. Eso es lo único que puedo decirte con seguridad. El resto... el resto lo he ido dejando de mirar durante mucho tiempo.
¿Y ahora?
Ahora ya no puedo dejar de mirarlo. Roberto soltó el aire despacio, como si llevara aguantándolo desde hacía días. Sara, fue Solana quién firmó la autorización del camping. Lo firmó él mismo, con su propio cargo, en el 94. Nunca hablamos de eso. Nunca. Y llevo treinta años sin preguntarme por qué.
Sara cerró los ojos un momento, dejando que la confirmación se asentara.
Hay alguien más, dijo Roberto entonces, casi en voz baja, como si decirlo más alto lo hiciera más real. Ignacio Rozada. Fue socio en los primeros años. Todavía se ven, aunque Solana nunca lo menciona delante de nadie, pero yo sí lo sé.
¿Por qué me cuentas esto ahora, Roberto?
La pregunta se quedó en el aire más tiempo del que Sara esperaba.
Porque me lo has preguntado como una persona, dijo al final. Y hacía mucho que nadie me preguntaba nada así.
Colgó antes de que Sara pudiera decir nada más.
Se quedó de pie en el pasillo, con el teléfono todavía caliente contra la oreja. No sabía si acababa de ganar un aliado o si Roberto, en cuanto colgara, iba a hacer la otra llamada, la que llevaba casi treinta años sabiendo hacer mejor que ninguna otra cosa.
Volvió a la habitación.
Marcos la miró desde la silla junto a la ventana.
¿Todo bien?
Tenemos dos nombres, dijo Sara. Solana y Rozada.