CAPÍTULO 22
Marcos había conseguido dos habitaciones contiguas en un hotel pequeño de la calle Mayor, dos plantas de piedra oscura y una recepcionista que les miró con la discreción de quien ha visto muchas cosas y no pregunta por ninguna.
Sara no había dormido.
Lo había intentado, que era lo que Marcos le había dicho que hiciera, pero su cabeza tenía otros planes.
Había pasado la noche en la silla junto a la ventana de su habitación con el portátil encima y el archivo de documentos que llevaba años construyendo abierto en la pantalla.
Buscando. Conectando. Tirando de hilos que llevaban a otros hilos.
A las siete de la mañana llamó a la puerta de Marcos.
Él abrió en treinta segundos, completamente vestido, con el café ya hecho en la cafetera de la habitación. Sara le miró.
¿Has dormido?, preguntó.
Algo, dijo él. ¿Tú?
No.
Ya.
Le pasó una taza y se sentaron los dos en las sillas junto a la ventana. Afuera la calle Mayor de Jaca empezaba a despertar despacio, los primeros comercios abriendo, alguien barriendo la acera, el frío de octubre pegado todavía a los soportales de piedra.
Lo que me pediste anoche, dijo Marcos. Roberto Díaz.
Sara dejó la taza en la mesa.
¿Qué tienes?
Empleado del Grupo Solana desde 1998, dijo Marcos.
Dos años después de la riada. Lleva casi treinta años trabajando para Ramón Solana.
Hombre de confianza, según varias fuentes del sector.
Sin antecedentes, sin conflictos registrados.
Una vida entera construida dentro de esa empresa desde los veinticuatro años.
Sara no dijo nada durante un momento.
Desde los veinticuatro, dijo finalmente.
Sí.
Perdió a su mujer y a su hijo en la riada con veintidós años, dijo Sara. Y dos años después, sin trabajo y sin nada, Solana le dio trabajo.
Sí.
Los dos se quedaron en silencio con eso un momento. Por la ventana un comerciante subía la persiana de la panadería de enfrente con ese ruido metálico que se repite cada mañana en todas las calles del mundo sin que nadie le preste atención.
No creo que Roberto sepa todo, dijo Sara.
Marcos la miró.
¿Por qué?
Porque si lo supiera no habría podido hacer lo que ha hecho. Hay personas que pueden vivir con eso y personas que no pueden. Roberto es de las que no pueden. Lo sé porque lo he visto en su cara cada vez que hablaba de su mujer y de su hijo.
¿Y eso cambia algo?
Sara pensó en eso durante un momento.
Cambia lo que hago ahora, dijo.
Se quedó mirando la pantalla apagada un momento antes de decidirse.