Donde el río no olvida CAPÍTULO 21
40%

CAPÍTULO 21

El despacho de Ramón Solana ocupaba la planta entera de un edificio de cristal y piedra en el Paseo de la Independencia de Zaragoza, con vistas al Ebro por un lado y a la Basílica del Pilar por el otro.

Tenía setenta y un años y el aspecto de alguien que había cuidado bien lo que tenía.

No alto pero sí erguido, con ese porte de los hombres que nunca han tenido que disculparse por ocupar espacio.

El pelo completamente blanco desde los cincuenta, lo que en su caso había resultado ser una ventaja porque le daba una autoridad que el pelo oscuro no habría dado.

Manos cuidadas. Traje gris oscuro de corte italiano.

Un reloj discreto y caro en la muñeca izquierda.

Esa mañana estaba mirando el Ebro cuando sonó el teléfono.

Era Javier Bernal.

Bernal era la clase de persona que no aparece en ningún organigrama pero sin la cual ciertos organigramas no funcionan.

Llevaba diecisiete años resolviendo los problemas de Solana que no podían resolverse por los canales habituales.

Era discreto, eficiente y caro, y las tres cosas eran igual de importantes.

¿Lo de Castán está resuelto? dijo Solana mientras seguía mirando el Ebro.

Castán ya no es un problema, dijo Bernal.

Solana cerró los ojos un momento. Setenta y cuatro años. Un hombre solo en un piso de Jaca con una conciencia que no había sabido callar hasta el final.

La periodista, continuó Bernal. Está en Jaca. Fue a ver a Castán y lo encontró muerto. La Guardia Civil la interrogó brevemente, declaró que iba a hacerle una entrevista profesional. Se lo creyeron.

¿Y cómo…?

Suicidio, dijo Bernal de forma tajante. Nadie va a ponerlo en duda.

Solana se giró despacio y fue a sentarse detrás de su mesa. La mesa era de nogal, grande, con pocos papeles encima porque Solana había aprendido hace décadas que los papeles son rastros y los rastros son problemas.

¿Y tu hermano, Eusebio?, dijo Solana.

Eusebio. Bernal habló sin ninguna inflexión, como si el nombre no le costara nada, aunque compartiera apellido con él. Fui a verlo hace unos días. Le di un nombre. Mariano Lasierra, Cádiz. Eusebio se lo dijo a Villalba, se lo tragó y se fue.

¿Seguro?

Seguro.

Solana asintió, satisfecho.

No sabía, y Bernal tampoco, que Eusebio se había llevado un dedo a la oreja mientras mentía, ni que la periodista había salido de aquella cocina sabiendo exactamente lo contrario de lo que le habían enviado a creer.

Solana juntó las manos sobre la mesa. Miró sus nudillos, la piel algo manchada ya de la edad, las venas más marcadas de lo que eran hace diez años.

Treinta y dos años. Había pasado treinta y dos años construyendo encima de aquella decisión de 1994.

El grupo hotelero con cuatro complejos en los Pirineos aragoneses.

La fundación que llevaba su nombre y que financiaba becas de desarrollo rural en la montaña, que era una ironía que había aprendido a no mirar.

Las fotos con presidentes de comunidad, con ministros, con el rey en una ocasión. El nombre limpio. La vida respetable.

Y ahora una periodista de un medio pequeño de Huesca tirando de un hilo que llevaba más de treinta años enterrado.

Otra cosa, dijo Bernal. Hay un hombre con ella ahora. Su redactor jefe. Marcos Allué. No se separa de ella.

¿Cuánto sabe él?

Lo que ella le haya contado.

Solana asintió despacio.

Quiero saber todo lo que hace, dijo. Dónde va, con quién habla, qué busca. Todo.

Entendido.

Y Bernal.

¿Sí?

Discreción. Nada que llame la atención. Todavía.

La línea se cortó.

Castán había sido fácil. Un hombre mayor, solo, sin nadie que se extrañara si dejaba de contestar al teléfono durante un par de días.

Villalba no era así. Tenía un redactor jefe que ya no se apartaba de su lado, ni de día ni de noche, alguien que sabría en minutos si dejaba de contestar al teléfono.

Deshacerse de alguien así no era lo mismo que deshacerse de un hombre al que nadie iba a buscar hasta pasados los días.

Todavía no, se dijo. En su debido momento.

Pensó en la pregunta que Roberto le había hecho la noche anterior. ¿Hay alguien más trabajando en esto además de mí? La había despachado con una frase, pero la pregunta se le había quedado dentro más de lo que esperaba.

Roberto estaba empezando a ver. Después de veintiocho años de no mirar, Roberto estaba empezando a mirar.

Eso era un problema que Bernal no podía resolver.

Roberto no era Castán. Roberto no era Ferrer Ara.

Roberto era otra cosa completamente. Alguien que sabía demasiado desde hacía demasiado tiempo y que si decidía hablar podía hacer más daño que cualquier periodista.

Pero Roberto se lo debía todo, no podía fallarle.

Se quedó un momento quieto mirando la Basílica del Pilar a través del cristal.

Llevaba décadas mirando esa cúpula desde ese despacho y nunca había encontrado en ella nada parecido al consuelo que se suponía que debía ofrecer.

Pero era parte del paisaje y los paisajes se vuelven invisibles con el tiempo.

Como ciertas cosas.

Como ciertos nombres en ciertos expedientes.

Como el sonido de un río creciendo en la oscuridad de agosto.

Se levantó, fue a la ventana, y llamó a su secretaria para cancelar la reunión de las doce.

Necesitaba pensar.