CAPÍTULO 20
Luis Ferrer Ara tardó tres días en decidir que no iba a firmar la versión que le pedían.
No era una decisión fácil. Tenía treinta y ocho años, un contrato en la Diputación Provincial que pagaba bien para ser funcionario, una hipoteca a veinte años sobre un piso de setenta metros en el centro de Huesca, y una hija de cuatro años que se llamaba Elena y que llevaba dos semanas con una otitis que no terminaba de curarse y que cada vez que lloraba por las noches le recordaba para qué trabajaba exactamente.
Un año antes había estado en el valle del Gállego.
Había medido el terreno, había analizado los datos de crecida histórica del Arás, había consultado los registros de la Confederación Hidrográfica y había leído tres estudios geológicos sobre la zona.
Y había escrito en su informe, con la claridad que le permitía ser técnico y no político, que el terreno propuesto para el camping Las Nieves estaba en zona de riesgo de inundación severa y que no era apto para uso recreativo permanente.
No apto.
Dos palabras. Las más claras que sabía escribir. Fermín Castán, su jefe de servicio, lo había firmado sin dudarlo.
La llamada llegó un año después, una mañana. Un número que no reconoció. Una voz que sí reconoció, aunque solo la había oído dos veces en reuniones de departamento. Ramón Solana. El jefe del área. El hombre que firmaba por encima de él.
Luis, dijo Solana. Sin apellido. Como si se conocieran de toda la vida. ¿Tienes un momento?
No era una pregunta.
Se vieron en un bar del casco antiguo de Huesca, lejos de la Diputación. Solana llegó puntual, con ese traje gris suyo que siempre parecía recién planchado, y pidió un café con una naturalidad de hombre que sabe que en cualquier sitio al que entra le van a atender bien.
He leído tu informe, dijo.
Es lo que hay, dijo Luis.
Es lo que tú has visto, dijo Solana. Hay otras maneras de ver las mismas cosas.
Luis miró su café.
Los datos son los datos, dijo.
Los datos son interpretaciones, dijo Solana.
Sonrió. Era una sonrisa tranquila, sin amenaza visible, la sonrisa de alguien que lleva años teniendo razón en todas las conversaciones.
Mira, Luis. Hay un proyecto importante para la comarca.
Empleo, turismo, desarrollo. Gente que lleva años esperando que alguien apueste por esta zona.
El camping es el primero de varios proyectos.
Si sale bien abre una puerta que lleva décadas cerrada.
Y si sale mal, dijo Luis, alguien puede morir.
Solana no cambió la expresión.
El Arás no ha tenido una crecida significativa en cuarenta años, dijo.
Precisamente por eso, dijo Luis. Los ríos de montaña no avisan. Cuando llevan décadas sin crecida el cauce se olvida y la gente construye encima. Eso es exactamente lo que dice mi informe.
Solana lo miró durante un momento. Luego bebió su café despacio.
¿Cuánto llevas en la Diputación?, preguntó.
Nueve años.
¿Y tu contrato?
Luis sintió algo frío moverse en su estómago.
Es indefinido, dijo.
Los contratos indefinidos tienen cláusulas, dijo Solana. Lo dijo sin inflexión, como un hecho administrativo, sin levantar la voz. Y los departamentos tienen presupuestos que se revisan cada año. No te estoy amenazando, Luis. Te estoy explicando cómo funcionan las cosas.
Luis miró la mesa. El mantel de papel. El azucarero de plástico. Las cosas pequeñas y concretas del mundo real que siguieron siendo exactamente lo que eran mientras algo cambiaba en el aire del bar.
Necesito que lo revises, dijo Solana. Que le eches otro vistazo con calma. A veces los mismos datos dan para más de una lectura.
Mi opinión no es una opinión, dijo Luis. Es un análisis.
Todo análisis tiene un margen de interpretación. Solana se levantó. Dejó un billete en la mesa sin mirar cuánto era. Piénsalo. Tienes hasta el viernes.
Se fue sin darle la mano.
Luis se quedó en el bar hasta que el camarero le preguntó si quería algo más. Dijo que no. Pagó su café aunque Solana había dejado dinero de sobra en la mesa y salió a la calle.
Esa noche Elena durmió bien por primera vez en dos semanas.
Luis estuvo sentado en el borde de su cama mirándola durante un rato después de que se quedara dormida.
Cuatro años. Los dientes de leche. El pelo rizado que había heredado de su madre.
La manera en que apretaba los puños incluso durmiendo, como si estuviera sujetando algo importante.
El viernes llamó a Solana.
Le dijo que no iba a cambiar el informe.
Hubo un silencio al otro lado.
De acuerdo, dijo Solana. Su voz no había cambiado nada. Gracias por llamar, Luis.
Colgó.
Durante tres semanas no pasó nada. Luis siguió yendo a trabajar, siguió haciendo sus informes, siguió recogiendo a Elena en el colegio los miércoles y los viernes que le correspondían.
Pensó que quizás se había equivocado sobre Solana.
Que quizás era más pragmático que amenazante.
Que quizás las cosas eran más simples de lo que parecían.
El 19 de octubre llegó al trabajo y su tarjeta no abrió el torniquete de entrada.
Fue a recepción. La chica de recepción le miró incómoda, con la cara de quien sabe algo que preferiría no saber y le dijo que esperara un momento. Vino un hombre de recursos humanos al que Luis no había visto nunca con una carpeta fina y una expresión que era básicamente una disculpa preventiva.
Le explicaron que su contrato había sido rescindido por causas organizativas. Que tenían treinta días para abonarle la liquidación. Que podía recoger sus cosas del despacho acompañado de un responsable de seguridad.
Luis escuchó todo sin decir nada.
Luego preguntó si podía usar el teléfono para llamar a un abogado.
Le dijeron que podía usar su móvil en la calle.
Salió a la calle. Sacó el móvil. Lo miró durante un momento sin llamar a nadie.
Luego llamó a Castán.
Fermín Castán era la única persona que podía entender exactamente lo que había en juego: el técnico que un año antes había firmado su propio informe, con la misma conclusión, y que llevaba desde entonces esperando a ver qué pasaba con la suya.
Cogió al segundo tono y escuchó en silencio mientras Luis le contaba lo que había pasado.
Cuando Luis terminó hubo un silencio largo.
Luis, dijo Castán.
Lo sé, dijo Luis.
Tienen personas en todos los sitios.
Lo sé.
Si vas a un abogado necesitas pruebas. Y las pruebas están en el archivo de la Diputación.
Lo sé, dijo Luis por tercera vez. Por eso te llamo. Necesito que saques una copia del informe antes de que lo hagan desaparecer.
Un silencio distinto.
Fermín.
Tengo una hija, dijo Castán. Su voz había bajado de tono. Tiene dieciséis años.
Luis cerró los ojos.
Yo también tengo una hija, dijo. Tiene cuatro.
Otro silencio.
Dame unos días, dijo Castán.
No tenemos días, dijo Luis. Si no actúa antes del viernes ese informe desaparece.
No hubo respuesta.
Luis miró la fachada de la Diputación Provincial desde la acera de enfrente. El edificio de piedra gris, las ventanas con las persianas reguladas, la bandera de Aragón moviéndose despacio en la terraza.
Nueve años.
Llamó a su abogado desde la calle. Le explicó la situación. El abogado le dijo que sin el informe original o una copia certificada era muy difícil demostrar nada. Que los despidos por causas organizativas eran legalmente complicados de combatir. Que necesitaba tiempo para estudiar el caso.
Luis le dijo que tenía hasta el viernes.
El abogado le dijo que eso no era tiempo suficiente.
Luis colgó.
Esa tarde recogió a Elena en el colegio como cada miércoles. Ella venía con un dibujo que había hecho en clase, un dibujo de una casa con un árbol y un sol enorme naranja. Se lo enseñó en cuanto le vio.
Somos nosotros, dijo señalando dos figuras junto a la casa. Tú y yo.
Luis miró el dibujo.
¿Y el árbol?, preguntó.
El árbol es para subirse, dijo Elena. Como si fuera obvio.
Luis dobló el dibujo con cuidado y se lo metió en el bolsillo interior de la chaqueta.
Una semana después desapareció.
No hubo señales de violencia en su piso. No hubo testigos. No hubo cuerpo. Solo un hombre de treinta y ocho años que un miércoles por la mañana salió de su casa con las llaves del coche y no volvió.
La Guardia Civil abrió un expediente de persona desaparecida. Lo investigaron durante seis meses. Luego lo archivaron.
El camping Las Nieves abrió en febrero de 1995.
En agosto de 1996 el Arás se llevó todo lo que había en su orilla.