Donde el río no olvida CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

El despacho de Rozada daba al patio interior de la Diputación y en agosto el patio estaba vacío y silencioso y eso era lo único bueno que tenía reunirse allí en pleno mes de agosto cuando todo el mundo estaba de vacaciones o fingía estarlo.

Ramón Solana cerró la puerta él mismo antes de sentarse.

Ignacio Rozada, presidente de la Diputación Provincial de Huesca, estaba detrás de su mesa con una expresión que llevaba tres días perfeccionando.

La expresión de alguien consternado pero sereno.

De alguien que lamenta profundamente lo ocurrido y está volcado en la gestión de la tragedia.

La había practicado para las cámaras y le había salido bien.

Los periódicos hablaban de su implicación personal, de su presencia en la zona, de las lágrimas que según algunos testigos se le habían visto en los ojos durante la visita oficial al lugar.

Solana no había llorado.

¿Cuántos muertos?, dijo Solana sentándose.

Setenta y dos confirmados, dijo Rozada. Puede llegar a ochenta.

Solana asintió. Miró sus manos sobre la mesa.

El informe del 93, dijo.

Localizado y retirado del archivo general la semana pasada. Rozada habló sin inflexión, como quien lee una lista de la compra. Queda una copia en el archivo técnico de la sección de urbanismo pero está clasificada y el acceso está restringido.

¿Castán?

Castán no va a hablar.

¿Estás seguro?

Rozada lo miró por primera vez desde que Solana había entrado.

Le hemos dejado claro lo que está en juego, dijo. Para todos.

Solana se levantó y fue a la ventana. El patio vacío, las macetas con geranios que nadie había regado en días, el calor quieto de agosto aplastando todo.

Había tomado la decisión en 1994 con la información que tenía.

O con la información que había querido tener, que no era exactamente lo mismo pero que en ese momento le había parecido suficiente.

El camping generaba empleo, generaba turismo, generaba dinero que llegaba a la comarca y a los bolsillos correctos.

El informe de Castán era la opinión de un técnico cauteloso, uno de esos funcionarios que siempre encuentran un motivo para decir que no.

Así se lo había dicho a sí mismo en 1994.

Así intentaba seguir diciéndoselo en agosto de 1996.

Cada vez le costaba más.

Va a haber investigación, dijo sin girarse.

Va a haberla, dijo Rozada. Y va a llegar hasta donde tiene que llegar y no más. Tenemos a las personas adecuadas en los lugares adecuados.

¿Y las familias?

Las familias quieren respuestas y las familias van a recibir respuestas. Las respuestas correctas.

Solana se giró.

Rozada tenía en ese momento una expresión que Solana conocía bien porque la había visto en espejos.

La expresión de alguien que ha tomado una decisión irreversible y ha decidido que la única manera de vivir con ella es no mirarla directamente.

Como se mira el sol. De lado, con cuidado, el tiempo justo.

Nadie puede saber que el informe existió, dijo Solana.

Nadie lo va a saber, dijo Rozada.

Solana cogió su chaqueta del respaldo de la silla.

Hay una cosa más, dijo Rozada sin moverse de detrás de su mesa.

Solana esperó.

El viudo. El del bebé. Ha salido en todos los periódicos. Un hombre joven, sin familia ya, sin nada que perder y con más tiempo por delante que cualquiera de los demás para hacer las preguntas que no le convienen a nadie. Si alguien empieza a hacer preguntas en algún momento...

Lo tengo localizado, dijo Solana. De momento no hace falta nada más que eso. Saber dónde está.

Rozada le miró.

¿Y si se hunde y empieza a moverse?

La gente que se hunde no se mueve, dijo Solana. Se hunde. Si en algún momento hace falta hacer algo más, lo haré. Pero todavía no.

Rozada no dijo nada durante un momento.

¿Y si algún día conecta los puntos?

Para entonces ya sabré qué hacer con él, dijo Solana. Es un hombre solo y sin nada. Esa clase de hombres se pueden moldear cuando llega el momento.

En algún hospital de Jaca había supervivientes. Había leído algo en los periódicos, niños rescatados, familias rotas. No había leído los nombres. Había decidido no leer los nombres.

Salió del despacho sin decir nada más.

En el pasillo el aire acondicionado zumbaba con ese zumbido constante de las instituciones, ese sonido de fondo que lleva décadas siendo el mismo y que nadie escucha ya porque forma parte del silencio.

Ramón Solana bajó las escaleras, cruzó el vestíbulo, salió a la calle y se puso las gafas de sol.

Afuera hacía un calor brutal.