Donde el río no olvida CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

El piso tenía las paredes color crema y olía a humedad y a los años de otros.

Sara lo había visitado tres veces antes de firmarlo.

La primera con la señora de la inmobiliaria, que hablaba sin parar de la luminosidad y de la reforma reciente y que señalaba cosas con un bolígrafo como si eso hiciera que parecieran mejores de lo que eran.

La segunda sola, con la excusa de medirlo pero en realidad para quedarse quieta en el centro del salón vacío y escuchar si el silencio de ese sitio era soportable.

La tercera con Carmen, su madre adoptiva, que dijo que el barrio era bueno y que el casero parecía serio y que si necesitaba algo ya sabía dónde estaban.

Lo había firmado esa misma tarde.

Tenía dieciocho años y doscientos euros en la cuenta y un contrato de camarera en un bar de tapas del centro que pagaba seiscientos al mes en negro y que le dejaba las tardes libres para ir a la universidad, que era lo que importaba.

Periodismo. Había tardado cuatro años en decidirlo y luego un momento en estar segura.

Llevó sus cosas en dos viajes. La primera vez en el coche de Carmen, que no dijo nada pero que metió en el maletero una caja con sábanas y toallas y un juego de sartenes que Sara no había pedido y que fueron lo primero que desempacó cuando llegó porque era lo más concreto que tenía.

La segunda vez sola, en el autobús, con una mochila y una bolsa grande de tela.

En la mochila iba Pipo.

No lo había pensado mucho. Lo cogió de la estantería de su habitación en casa de Carmen con ese gesto automático de quien recoge algo que siempre está en el mismo sitio y que nunca se plantea dejar atrás.

Pipo llevaba en esa estantería seis años, desde que Sara había llegado a esa casa con doce.

Antes de esa estantería había pasado por una balda metálica en el centro de menores; antes de eso, por las estanterías de tres casas de acogida distintas que no llegaron a funcionar, y antes de todo eso, por el hospital de Jaca, con la oreja húmeda y el olor raro.

Siempre había estado.

Lo puso en la estantería del salón del piso nuevo, en el segundo estante desde arriba, y se quedó mirándolo un momento.

Esa noche durmió en el suelo del salón porque la cama todavía no había llegado, con el saco de dormir que le había prestado una compañera del instituto y la ventana entreabierta porque el piso olía demasiado a cerrado.

Por la ventana entraba el ruido de Zaragoza, los coches, alguna voz lejana, el sonido de una ciudad que no dormía del todo nunca.

No durmió bien.

No era el suelo ni el ruido. Era otra cosa. Esa sensación extraña de estar en un sitio que todavía no era suyo del todo, de estar entre dos mundos, el que había dejado y el que todavía no había empezado.

A las tres de la mañana se levantó y fue al salón y se sentó en el suelo frente a la estantería vacía donde solo estaba Pipo. La luz de la calle entraba por la ventana y lo iluminaba de lado, débil, esa claridad de las noches de ciudad que nunca son del todo oscuras.

Sara lo miró durante un rato.

Pensó en la noche de la riada. En el árbol.

En las manos del niño sujetándola en la oscuridad.

Pensó en el hospital de Jaca y en Ángela y en las cartas que jugaban por las tardes y en las montañas que se veían por la ventana.

Pensó en sus padres, que no habían llegado a ver ese piso ni ese barrio ni esa ciudad ni ninguna de las cosas que ella había hecho en doce años.

Pensó en todo eso con la calma extraña de las tres de la mañana, cuando las cosas pesan de otra manera, más honesta, sin los disimulos del día.

Luego se levantó, fue a la cocina, se hizo una manzanilla con el hornillo y los cacharros de Carmen, y volvió al saco de dormir.

A las siete sonó el despertador.

Se levantó. Se duchó en el baño que olía a humedad y a los años de otros. Se hizo un café. Metió los libros en la mochila.

Primer día de universidad.

Antes de salir se paró un momento en la puerta del salón y miró a Pipo en la estantería.

Ya estamos, dijo en voz baja.

No era para nadie. O quizás era para todos. Para el niño del árbol que nunca volvió. Para Ángela que volvía todos los días. Para Miguel y María Villalba que habían repasado una lista tres veces antes de irse de vacaciones y que merecían haber vuelto.

Cerró la puerta del piso.

Bajó las escaleras.

Salió a la calle.

Zaragoza en septiembre a las ocho de la mañana, con la luz de final de verano: todavía calor, pero ya avisando de que no iba a durar. Sara caminó hacia la parada del autobús con la mochila al hombro y los libros dentro y la cabeza mirando hacia delante.

Había cosas que no podía cambiar.

Pero había otras que sí.