CAPÍTULO 35
Salas la escuchó esa noche sin interrumpir.
Sara le contó lo de Heidi, lo de Canelo, que la mujer del collado se llamaba Alicia Sánchez y que había estado en el camping Las Nieves de niña, igual que ella.
Le contó que las dos tenían la misma edad, el mismo pelo, la misma costumbre de volver sola a los sitios que dolían.
No le dijo que creía que la habían matado por error, en su lugar.
Eso todavía no sabía cómo decirlo en voz alta a un desconocido, ni siquiera a un teniente.
Salas tomó notas, hizo pocas preguntas, y prometió confirmar la identidad cuanto antes.
La investigación los llevó de vuelta al valle tres días después.
No era lo que Sara había planeado. Había planeado quedarse en Zaragoza, trabajar desde el hotel, construir el caso desde los documentos y las llamadas y las búsquedas en bases de datos.
Pero el teniente Salas había confirmado la identidad de Alicia Sánchez y había abierto una línea de investigación que conectaba los dos casos, Castán y Alicia, y había pedido a Sara que se personara en Jaca para ampliar su declaración.
Y había algo más.
Un vecino de Biescas había llamado a la Guardia Civil dos días después de encontrar el cuerpo. Un hombre mayor que había visto a Alicia en el pueblo los días anteriores a su muerte. Que había visto también, dijo, a otro hombre. Que la seguía.
Sara quería hablar con ese vecino antes que nadie.
Salieron de Zaragoza a las ocho de la mañana.
Marcos conducía. Sara tenía el portátil abierto en el asiento del copiloto y miraba la pantalla pero no leía nada.
El paisaje cambió despacio, la llanura del Ebro quedando atrás, los primeros relieves apareciendo en el horizonte, y luego la carretera empezando a subir y los montes cerrándose a los lados y el aire volviéndose otro.
Sara cerró el portátil cuando entraron en el valle del Gállego.
No podía evitarlo. Nunca podía evitarlo cuando volvía aquí, que era pocas veces y siempre por trabajo y siempre con la misma sensación: que el valle la reconocía aunque ella intentara no reconocerlo a él.
Los chopos amarillos en octubre. El río abajo, plateado entre las piedras.
Las cumbres al fondo, algunas ya con la primera nieve de la temporada.
¿Estás bien?, dijo Marcos sin mirarla.
Sí, dijo Sara.
Marcos no dijo nada más. Siguió conduciendo.
Llegaron a Biescas a las once. Aparcaron en la plaza y fueron a pie hasta la dirección que el teniente les había dado.
Una casa de piedra en una calle estrecha del casco antiguo, con una maceta de geranios mustios en la ventana del primero y un timbre que sonó demasiado fuerte en el silencio de la mañana.
El vecino se llamaba Aurelio Nasarre. Tenía setenta y ocho años y los ojos de alguien que ha pasado toda la vida mirando las montañas y ha aprendido a leer en ellas cosas que otros no ven.
Los hizo pasar a una cocina pequeña y caliente. Les puso café sin preguntar.
No se sentó enseguida. Se quedó de pie junto al fogón, removiendo un café que no había servido para él, y antes de que Sara pudiera preguntar nada dijo que no quería líos.
Que su nieto trabajaba de recepcionista en el hotel de Solana en el valle de Tena, que era el único sueldo bueno que había entrado en esa casa en quince años, y que él no iba a ser quien se lo quitara por hablar de algo que a lo mejor ni siquiera tenía que ver con lo que ellos pensaban.
Sara no insistió. Le dijo que entendía perfectamente que no quisiera arriesgar nada, que ella solo quería entender qué le había pasado a una mujer de treinta y seis años que un día había paseado por esa misma calle y que ya no iba a volver a pasear por ninguna.
No le pidió que firmara nada. No le pidió que pusiera su nombre en ningún sitio.
Solo le pidió que se lo contara a ella, en esa cocina, una vez.
Aurelio se quedó callado un momento. Luego se sentó.
La chica llegó un lunes, dijo. La vi en la plaza ese mismo día. Luego la vi dos veces más, paseando por el río, haciendo fotos. Una chica sola, de ciudad, eso se nota. Miraba las cosas como si las viera por primera vez.
¿Y el hombre?, dijo Sara.
Aurelio dejó la taza en la mesa.
El segundo día. Un hombre en un coche aparcado cerca de la pensión. No bajó en ningún momento que yo viera. Solo estaba ahí. Un coche oscuro, no sé la marca, soy mayor para esas cosas. La matrícula no llegué a cogerla.
¿Lo vio más veces?
El día que subió al collado lo vi por la mañana. Aparcado en el mismo sitio. Y luego por la tarde ya no estaba.
Sara y Marcos se miraron.
¿Podría describir al hombre?, dijo Marcos.
No lo vi bien. Dentro del coche, con el cristal.
Grande, complexión fuerte. Cuarenta y tantos, calculo, quizá cincuenta.
Pelo oscuro, corto. Tenía un periódico apoyado en el volante, como si esperara leyendo, aunque no sé si de verdad lo leía o solo hacía tiempo.
No sé decirle mucho más, era el cristal y la distancia.
Marcos anotó la descripción sin decir nada.
Sara sintió algo frío bajarle por la espalda que no tenía nada que ver con el viento que entraba por la puerta.
Cincuenta y tantos años. Complexión fuerte.
El mismo hombre del banco frente a su piso en Zaragoza, semanas atrás, con el mismo periódico doblado y la misma manera de no llamar la atención llamándola toda.
No podía probarlo. Pero lo sabía con la misma certeza fría con la que sabía otras cosas que no podía probar.
Antes de que se levantaran, Aurelio les pidió una cosa. Que lo que había dicho lo usaran para saber, no para citarlo. Que no quería ver su nombre en ningún periódico ni delante de ningún juez. Sara se lo prometió. Era una fuente, no un testigo, y a veces eso también había que respetarlo.
Salieron de casa de Aurelio a la una.
El cielo había cambiado mientras estaban dentro. Nubes bajas que bajaban rápido desde el norte, ese tipo de nubes que en el Pirineo significan que el tiempo ha decidido algo. El viento olía a nieve aunque todavía no nevara.
No es Solana, dijo Sara en voz baja.
Setenta y un años, pelo blanco. No encaja con lo que ha descrito.
Alguien que trabaja para él, dijo Marcos. Alguien capaz de quedarse dos días aparcado sin que nadie sospeche.
Tenemos que decírselo a Salas, dijo Marcos.
Lo sé. Sara miró la calle. Pero primero quiero ver el lugar.
¿Qué lugar?
Donde estaba el camping.
Marcos la miró.
Sara.
Necesito verlo, dijo ella. No era una explicación. Era simplemente la verdad, dicha sin dramatismo, con una calma que no era frialdad sino otra cosa. He vuelto aquí muchas veces por trabajo y nunca he bajado al río. Siempre he evitado ese tramo. Hoy no.
Marcos la miró durante un momento. Luego asintió.
Cogieron el coche y siguieron la carretera que bordeaba el Gállego hacia el sur. Sara miraba por la ventanilla. El río a la derecha, más bajo que en agosto, con ese color verde oscuro del otoño. Los chopos desnudándose. Las laderas con los últimos colores antes del invierno.
Aparcaron donde la carretera se ensanchaba junto a un camino de tierra.
Bajaron.
El terreno junto al río estaba llano y cubierto de hierba alta.
No quedaba nada del camping. Treinta años de naturaleza recuperando lo suyo.
Solo si sabías lo que estabas buscando podías intuir, en la manera en que el terreno bajaba hacia el río, en la forma de las orillas, que allí había habido algo.
Sara caminó hacia el agua.
El valle tenía en octubre una quietud que en agosto no tenía.
Los chopos a lo largo del río habían amarilleado casi del todo y sus hojas caían solas, sin viento, calmadas, como las cosas que saben cuándo es su momento.
Las laderas al fondo, con los últimos rojos y naranjas de los arces antes de que el frío se los llevara.
Y por encima de todo las cumbres, blancas ya, cerrando el horizonte con la autoridad tranquila que tienen las montañas cuando la nieve les devuelve el perfil.
Era un sitio hermoso. Eso era lo que más le costaba. Que fuera tan hermoso.
Se paró en la orilla. El Gállego bajaba tranquilo, con la calma de río de montaña en otoño, que no dice nada de lo que es capaz cuando decide serlo. Miró el agua durante un momento largo. Luego miró las montañas al fondo, las crestas con la nieve nueva, el cielo que seguía cerrándose.
No oyó el coche.
Lo oyó Marcos.
Un motor rugiendo a toda velocidad por el camino de tierra, directo hacia ellos, sin frenar, sin dudar un segundo.
¡Sara!
No hubo tiempo para entender nada. Marcos la golpeó con todo el cuerpo, un empujón brutal que la lanzó hacia la ladera, hacia las piedras, lejos del camino.
Los dos cayeron rodando entre la hierba y las rocas justo cuando el coche pasaba, rozándolos, levantando una nube de polvo y grava que les golpeó en la cara.
El coche no paró.
Dio un volantazo brusco al final del camino, patinó sobre la tierra suelta, y desapareció carretera arriba con el motor todavía a fondo.
Silencio.
Sara se quedó tumbada un momento, sin aire, con el hombro ardiendo donde había golpeado contra una piedra. Se palpó el antebrazo. Sangre en la palma de la mano, un raspón largo y sucio de tierra. Nada roto, creyó. Nada que no pudiera mover.
¿Estás bien?, dijo Marcos.
Tenía la ceja partida, un hilo de sangre bajándole hacia el ojo, y se sujetaba la muñeca derecha con la mano izquierda, la cara contraída.
Creo que sí, dijo Sara. ¿Y tú?
Sobreviviré, dijo Marcos. Intentó sonreír y no le salió del todo.
Se quedaron un momento sentados en la hierba, magullados, con el corazón todavía desbocado, mirando el camino de tierra vacío por donde el coche había desaparecido.
No ha sido un aviso, dijo Sara. Ha intentado matarnos.
Marcos no dijo nada. Se levantó despacio, con una mueca, y ayudó a Sara a levantarse.
Nos ha visto, dijo Sara. No era miedo lo que había en su voz. Era algo más frío y más útil que el miedo.
Sabe que estamos aquí, dijo Marcos. Sabe exactamente dónde estamos.
Y ahora sabe que no le importa que le veamos la cara, dijo Sara. Eso es peor.
Sara se pasó la manga por el raspón del antebrazo, más para limpiarlo que porque sirviera de algo. Pensó que si el golpe de Marcos hubiera llegado medio segundo más tarde, esta reflexión la estaría teniendo otra persona sobre ella, no ella sobre el coche.
Marcos sacó el teléfono.
Llamo a Salas ahora mismo.
Sí, dijo Sara.
No apartó los ojos del camino de tierra mientras Marcos marcaba. El camino estaba vacío. El coche había desaparecido. Pero la sensación de que alguien al otro lado de esas curvas seguía sabiendo exactamente dónde estaban no desapareció con él.
Salas escuchó todo sin interrumpir. Dijo que llegaran a Jaca a las cuatro, tal como ya estaba previsto para la declaración, y que se lo contaran todo entonces, en persona, con calma.
Sara miró el río una vez más.
El Gállego bajaba tranquilo. Como siempre. Como si no supiera nada.
Pero los ríos de montaña no avisan.
Pararon en un centro de salud de Sabiñánigo, de camino.
Nada roto, dijo la enfermera, aunque los dos van a estar doloridos unos días.
Les limpió las heridas, les puso unos puntos de aproximación en la ceja de Marcos y un vendaje en el antebrazo de Sara, y les preguntó dos veces si querían que avisara a alguien.
Los dos dijeron que no. Llegaron a Jaca a las cuatro menos diez, curados por fuera, con las manos todavía temblándoles un poco por dentro.