Donde el río no olvida CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

La cama era demasiado grande.

Sara lo pensó la primera mañana, cuando abrió los ojos y no reconoció el techo. En Bronchales el techo de su cuarto tenía una mancha cerca de la ventana con forma de conejo, o eso creía ella, y la buscaba cada mañana antes de levantarse. Este techo era blanco y liso y no tenía nada.

Pipo estaba a su lado. Alguien lo había puesto junto a ella mientras dormía. Estaba húmedo todavía y olía raro pero era Pipo y Sara lo agarró con las dos manos y se quedó mirando el techo blanco.

Había ruidos que no conocía. Pasos, voces lejanas, algo que pitaba de vez en cuando en el pasillo. Una luz que no se apagaba nunca del todo aunque fuera de noche.

Óscar no estaba. Nadie le había dicho nada de Óscar.

Una señora con bata blanca le dijo que la habían encontrado en un árbol y que estaba bien. Pero de Óscar nada. Sara había preguntado una vez y la señora había puesto esa cara y había dicho que estaban buscando a todo el mundo y que había mucha gente y que en cuanto supieran algo se lo decían.

Papá y mamá no habían venido todavía.

Sara no entendía por qué tardaban tanto.

Habían pasado ya dos noches, o eso le parecía, aunque los días en ese sitio eran raros porque la luz era siempre igual y no se sabía muy bien cuándo era de mañana y cuándo de tarde.

Quizás estaban buscándoles. Quizás el agua había movido las cosas de sitio y tardaban en encontrar el camino.

Papá sabía encontrar los caminos. Siempre.

Cuando llegó la señora nueva, Sara estaba sentada en la cama con Pipo en el regazo mirando la ventana. Por la ventana se veían las montañas. Eso le gustaba. Las montañas seguían ahí igual que antes.

La señora llamó a la puerta aunque estaba abierta. Tenía el pelo castaño y unos ojos verdes muy expresivos. Tenía una manera de moverse despacio, sin prisa, que no era como la de las enfermeras que siempre parecían tener que estar en todos lados a la vez.

Hola Sara, dijo. Me llamo Ángela.

Se sentó en la silla que había junto a la cama, sin preguntar si podía. No sacó papeles ni bolígrafo. Solo se sentó y miró a Sara con una expresión que no era lástima, que era otra cosa, algo más parecido a estar ahí de verdad.

¿Quién eres?, preguntó Sara.

Trabajo ayudando a niños, dijo Ángela. Cuando los niños están solos un tiempo yo les acompaño.

Yo no estoy sola, dijo Sara. Estoy esperando a mis papás.

Ángela no dijo nada durante un momento.

Lo sé, dijo luego. ¿Me puedo quedar mientras esperas?

Sara lo pensó.

¿Sabes dónde están?, preguntó.

Están en un sitio donde están bien, le dijo Ángela Pero ahora mismo no pueden venir.

Sara miró a Pipo.

¿Sabías que a Pipo lo encontré en el barro cuando tenia cuatro años?

No lo toques, había dicho mamá. No sabemos de quién es.

Pero Sara ya lo había cogido. Y lo había mirado. Y había decidido que ese conejo necesitaba que alguien lo adoptara, igual que los perros y los gatos que la gente abandonaba y que luego el veterinario del pueblo acogía hasta encontrarles familia.

Es como una mascota, le había dicho a mamá. Alguien lo ha perdido y está solo.

Mamá había intentado dejarlo en el ayuntamiento por si alguien lo reclamaba.

Pero nadie lo reclamó. Y Sara lo había cuidado desde entonces, seria, como se toman en serio los niños las responsabilidades que se han impuesto a sí mismos.

Le hablaba por las noches. Lo sacaba a la ventana cuando había sol para que no tuviera frío.

Sara miró a la señora que se llamaba Ángela y que se había sentado sin prisa y que no tenía cara de mentir aunque tampoco tenía cara de decirle todo.

¿Te gustan las montañas?, preguntó Sara mirando la ventana.

Ángela miró también hacia fuera.

Mucho, dijo.

A mí también, dijo Sara. Mi papá dice que las montañas siempre están aunque no las veas.

Ángela no contestó. Pero se quedó mirando las montañas un momento más de lo necesario.

Esa tarde jugaron a las cartas. Ángela tenía una baraja en el bolso y le enseñó a Sara un juego que se llamaba la escoba que Sara no conocía y que perdió cuatro veces seguidas y que le hizo gracia de todas formas porque Ángela celebraba cada punto suyo con una seriedad exagerada que era claramente de broma.

Antes de irse Ángela le preguntó si necesitaba algo.

Sara pensó.

¿Puedes volver mañana?, dijo.

Vuelvo mañana, dijo Ángela.

Y volvió. Y el día siguiente. Y el siguiente.

Una mañana, después de varios días, Sara le hizo una pregunta mientras Ángela le enderezaba la oreja torcida de Pipo.

¿Y el niño que estaba conmigo?, preguntó Sara.

Ángela no cambió la expresión pero algo pasó en sus ojos, algo muy rápido que Sara notó sin entender.

¿Qué niño?, dijo Ángela despacio.

El que me sujetaba, dijo Sara. En el árbol. Me sujetaba muy fuerte.

Ángela asintió despacio.

Están buscando a todas las personas que estaban en el camping, dijo. Cuando sepamos algo te cuento.

Sara asintió. Luego miró las montañas por la ventana y no dijo nada más.

Nadie volvió a mencionarle al niño del árbol.

Y Sara aprendió a no preguntar. Como había aprendido a no preguntar por papá y mamá. Porque había preguntas cuyas respuestas hacían algo en la cara de los adultos que Sara no quería ver.

Así que guardó al niño del árbol en el mismo sitio donde guardaba las otras cosas. Dentro. Muy adentro. Donde las cosas no duelen tanto si no las miras directamente.

El último día, antes de que llegara la familia de acogida, Ángela le había dejado algo en la mesilla.

Un papel doblado, pequeño, con las reglas de la escoba escritas con letra redonda y cuidadosa para que Sara pudiera jugar sola si encontraba una baraja.

Arriba, en la esquina, con ese mismo bolígrafo azul que siempre llevaba en el bolsillo de la bata: su nombre. Ángela.

Pipo llevaba puesta una camiseta pequeña, de otra muñeca, que mamá le había cosido para que no tuviera frío en invierno.

Tenía un bolsillo diminuto en la parte de delante, del tamaño justo para una chapa o una piedra pequeña.

Sara dobló el papel todo lo que pudo y lo metió ahí, con la lógica de los seis años: las cosas importantes van en el sitio más seguro que conoces, sin saber que debajo de la camiseta, dentro del propio cuerpo del conejo, había algo más que Ángela había guardado antes que ella, en un sitio todavía más seguro.