CAPÍTULO 14
La noche cayó distinta.
No era la oscuridad limpia de las noches anteriores, cuando el cielo se llenaba de estrellas y el camping se quedaba quieto, en silencio, con cosas que ya conocía.
Esta oscuridad era pesada, cerrada, sin luna y sin estrellas porque las nubes lo tapaban todo desde la tarde y el aire tenía dentro algo húmedo y eléctrico que se pegaba a la piel.
Cenamos dentro de la tienda por primera vez desde que llegamos.
Mamá había calentado unas latas y nadie habló demasiado.
Sara comió despacio mirando a papá de vez en cuando.
Tenía esa habilidad: detectar cuando los adultos estaban preocupados sin entender exactamente por qué.
Yo lo entendía mejor. Había visto la cara de los hombres en el camping, había oído el río toda la tarde sonando más fuerte, había visto cómo Antonio el de Valencia había empezado a meter cosas en el coche después de cenar.
Antes de dormir papá salió un momento solo.
Le vi desde la tienda, de espaldas, mirando hacia el río. No se movió durante un rato largo. Luego volvió a entrar y dijo que durmiéramos, que mañana veríamos.
Mamá le miró.
Él le devolvió la mirada y algo pasó entre ellos que yo no supe leer pero que sentí.
Me metí en el saco.
Me desperté sin saber qué hora era.
El sonido.
No era el río que había escuchado toda la semana. Era otra cosa, algo más grande y más grave, como si el mundo hubiera bajado de tono de golpe, como si algo muy pesado estuviera moviéndose en la oscuridad hacia nosotros. Tardé un segundo en entender que estaba despierto de verdad y no soñando.
Sara dormía a mi lado.
Luego oí a papá.
No gritaba. Eso fue lo primero que pensé después, que papá no gritó. Dijo nuestros nombres en voz alta y firme, Sara primero y luego el mío, y en esa voz había algo que hizo que me levantara antes de estar del todo despierto.
Óscar. Levántate. Coge a Sara.
La tienda se abrió y entró el aire de fuera y el ruido creció de golpe, mucho más grande de lo que parecía desde dentro, un ruido que no era solo agua sino piedras y árboles y cosas que el río se llevaba y que golpeaban contra otras cosas en la oscuridad.
Mamá encendió la linterna.
La luz fue lo primero que vio Sara cuando abrió los ojos. Me miró sin entender. Yo ya estaba de rodillas a su lado.
Ven, le dije. Agárrate a mí.
No preguntó nada. Se agarró.
Salimos de la tienda.
Lo que vi no tenía nombre todavía en mi cabeza de diez años.
El camping era otro. Se veían luces de algunas linternas de los que habían salido antes que nosotros, siluetas moviéndose en la oscuridad, voces que no entendía, y ese ruido, ese ruido que ya no era solo ruido sino presencia, algo físico que se acercaba desde el norte por el cauce del río y que hacía temblar el suelo bajo mis pies.
El agua ya llegaba al borde del camping.
Papá nos agarró a los dos. A mí del brazo, a Sara en brazos, y empezó a caminar hacia el lado de la carretera, hacia arriba, lejos del río. Mamá iba delante con la linterna abriendo camino.
Recuerdo el barro bajo los pies. Recuerdo que Sara no lloraba, que tenía la cara apoyada en el hombro de papá y los ojos abiertos mirando la oscuridad. Recuerdo que en algún momento papá me apretó el brazo muy fuerte y yo entendí que tenía que seguir andando sin importar lo que pasara.
Llegamos a un árbol grande, un chopo viejo al borde del camino, con las ramas bajas y gruesas. Papá levantó a Sara y la puso en la rama más baja. Luego me miró.
Sube, dijo. Y no la sueltes.
Papá...
Sube, Óscar.
Subí. Me puse en la rama junto a Sara y la agarré por la cintura con los dos brazos. Ella me agarró a mí.
Papá nos miró un segundo desde abajo. Con la linterna de mamá iluminándole la cara de lado. No dijo nada más. No hacía falta.
Luego se giró y volvió hacia el camping.
No sé cuánto tiempo estuvimos en el árbol.
Sara no lloraba. Eso me ayudó a no llorar yo. Nos agarrábamos el uno al otro en la oscuridad escuchando ese ruido que no paraba, que crecía y cambiaba y traía cosas consigo que golpeaban el tronco del chopo por debajo de nosotros.
En algún momento el agua llegó hasta nuestros pies.
Sara metió los dedos del pie en el agua y los sacó enseguida.
Está fría, dijo.
No los metas, dije yo.
Vale, dijo ella.
Y no los metió más.
Yo miraba hacia donde habían ido papá y mamá. No veía nada. Solo oscuridad y agua y ese ruido que lo llenaba todo y no dejaba sitio para ningún otro sonido del mundo.
En algún momento dejé de mirar.
No porque no quisiera encontrarlos. Sino porque algo en mí lo supo, sin necesidad de razonarlo: ya no iban a volver.
Me apoyé en el tronco del chopo y apreté a Sara contra mí.
Ella se dejó.
¿Dónde están papá y mamá?, preguntó.
Tardé en contestar.
Ahora vienen, dije.
Fue la única mentira que le dije en toda mi vida. Y se la dije para que pudiera seguir agarrada a mí un poco más, sin saber que un poco más era todo lo que nos quedaba.
Fue el golpe lo que lo cambió todo.
Algo grande chocó contra el chopo desde la oscuridad, un tronco entero quizás, o parte de una caseta, no llegué a verlo, solo lo sentí: un golpe seco que subió por la madera y nos sacudió a los dos como si el árbol hubiera decidido, por un segundo, dejar de ser un árbol.
La rama se movió. No mucho. Lo suficiente.
Sentí que resbalaba antes de entender que estaba resbalando. Me agarré al tronco con un brazo. Con el otro seguía sujetando a Sara, y por un instante los dos estuvimos colgando del mismo segundo, del mismo error de equilibrio que iba a decidir si nos íbamos los dos o ninguno.
No lo pensé. Eso es lo único de esa noche que puedo decir con seguridad: que no lo pensé.
La solté.
Agárrate al árbol, le dije, o creo que se lo dije, no sé si me salió la voz entera.
Elegí mi lado para caer.
El agua estaba más fría de lo que había imaginado que podía estar el agua. Y más fuerte. Me llevó antes de que pudiera hacer nada con los brazos, antes de que pudiera gritar su nombre, antes de que pudiera hacer ninguna de las cosas que un hermano mayor se supone que tiene que hacer.
Lo último que vi del chopo fue su sombra, más arriba, más pequeña, agarrada al tronco con las dos manos.
Luego no vi nada más.
En la tienda de los Sánchez, Antonio había tardado más en despertar.
No porque durmiera más profundo sino porque Amparo lo había cogido del brazo antes de que pudiera entender del todo lo que oía, y ese segundo que tardó en orientarse fue el segundo en que el mundo cambió de tamaño.
Cogió a Javi. Amparo cogió a Alicia. Rafa salió solo, que era su manera de hacer las cosas, dieciséis años y esa seguridad de los que todavía no saben que no son invencibles.
Corrieron hacia la carretera.
Antonio llevaba a Javi en brazos y Javi no lloraba, que era lo que más le asustó después, que su hijo de ocho años no llorara sino que mirara hacia atrás, quieto, guardando algo para no perderlo.
Amparo iba delante con Alicia agarrada a su cuello y Alicia sí lloraba, ese llanto pequeño y continuo de los niños que no entienden qué pasa pero que entienden que algo pasa.
Rafa iba a su lado.
Hasta que no iba.
Antonio tardó veinte metros en notarlo. Se giró. Llamó su nombre una vez, dos. El ruido lo tapaba todo, ese ruido que no era solo agua sino el mundo entero desplazándose de sitio. Las linternas de otra gente cruzando la oscuridad en todas direcciones. Voces que no eran de nadie que él conociera.
Amparo lo cogió del brazo.
No con fuerza. Con esa firmeza suave de quien sabe que hay momentos en que no se puede. En que seguir es lo único que queda.
Antonio miró la oscuridad una vez más.
Luego siguió corriendo.
Alicia no oyó el nombre de su hermano. El llanto le tapaba los oídos y los brazos de su madre le tapaban los ojos y lo único que sabía era que el suelo estaba mojado y que su madre no la soltaba y que Canelo no estaba.
Eso fue lo último que pensó antes de que todo se volviera confuso: que Canelo no estaba.
El agua siguió subiendo un poco más y luego se quedó quieta y luego empezó a bajar muy despacio.
En algún sitio del camping, que ya no era el camping sino barro y oscuridad y el sonido de cosas golpeando contra cosas, alguien llamaba un nombre.
No el nombre de una persona mayor. Un nombre de niño.
Lo llamaba con la voz de los padres que ya han dejado de intentar no asustar y solo quieren encontrar.
El nombre sonó tres veces.
Luego no sonó más.
Sara se quedó sola en la rama.
No gritó. Muchos años después seguiría sin saber explicar por qué no gritó, si fue porque no le salía la voz o porque una parte de ella, la parte de seis años que esa noche estaba aprendiendo demasiado rápido a sobrevivir, entendió que gritar no iba a traer de vuelta a nadie.
Se abrazó al tronco. Buscó a Pipo, que había pasado toda la noche metido dentro del pijama, contra el pecho, y lo apretó con las dos manos, tan fuerte que treinta años después todavía recordaría esa presión exacta en los dedos antes que ninguna otra cosa de esa noche.
Y entonces, sola, en la oscuridad, con el agua llenándolo todo y sin nadie que le dijera que iba a salir bien, algo se abrió dentro de ella.
Los columpios de la plaza de Bronchales. Óscar empujando tan fuerte que sentía que iba a llegar al cielo. Pídeme que pare, decía él. Y ella no pedía que parara nunca.
Las manos de mamá hundidas en la masa de pan, el olor, la cocina caliente una tarde de invierno en la que a ella también la dejó meter los dedos.
Cinco velas en una tarta. Óscar haciendo ruido con la boca para ayudarla a apagarlas todas de una vez. Papá riéndose. Mamá con la cámara.
Papá corriendo detrás de la bici, sujetando el sillín. Y luego no sujetándolo. Sus manos soltando sin decirle nada, y ella sin saber todavía que ya iba sola.
No eligió esos recuerdos. Simplemente llegaron, por ese orden, como si una parte de ella hubiera decidido que si esa iba a ser la última noche, más valía llevarse consigo lo bueno antes de irse.
Y entonces todo se hizo negro.
Para Sara también.