CAPÍTULO 13
Marcos apareció en la puerta de la cafetería con el abrigo mojado y el pelo aplastado por la lluvia que había empezado a caer sobre Jaca a media tarde. Miró hacia dentro, la encontró, y caminó hacia ella sin quitarse el abrigo todavía.
Se sentó enfrente.
La miró.
No dijo nada durante un momento. Solo la miró, evaluando, buscando, leyendo lo que Sara no decía en voz alta y que era casi siempre más que lo que sí decía.
Estás entera, dijo finalmente.
Estoy entera, dijo Sara.
El camarero se acercó y Marcos pidió un café solo y una tostada sin mirar la carta. Luego apoyó los codos en la mesa y juntó las manos.
¿Has tenido noticias de lo que te pedí?, dijo Sara antes de que él se sentara del todo.
Todavía no. Necesito más tiempo. ¿Estás segura de que quieres tirar de eso ahora, con todo lo demás encima?
Más segura que de nada en las últimas semanas, dijo Sara.
Marcos asintió. No preguntó más por ahora, sabía cuándo guardar una pregunta para después.
Cuéntame, dijo.
Sara miró su taza vacía. Llevaba tres horas en esa cafetería. Había pedido dos cafés y una botella de agua y había mirado por la ventana la calle Mayor de Jaca con la cabeza trabajando sin parar y sin llegar a ningún sitio nuevo.
Hay algo que no te he contado, dijo.
Ya lo sé.
Sara le miró.
Lo supe desde el principio, dijo Marcos. Que había algo más. No pregunté porque pensé que me lo contarías cuando pudieras.
Sara no dijo nada durante un momento.
Yo estaba en el camping, dijo.
Marcos no cambió la expresión. Esperó.
En agosto del 96. Tenía seis años. Estaba con mi familia, mis padres y mi hermano. Era la primera vez que salíamos de Bronchales de verdad. El camping Las Nieves. El Arás. La noche del 7 de agosto.
Marcos cerró los ojos un segundo. Solo un segundo.
Sara.
Mis padres no sobrevivieron. Lo dijo sin inflexión, como un hecho, porque llevaba treinta años diciéndoselo a sí misma y era la única manera que conocía.
De mi hermano no supe nada más. Tenía diez años.
En el caos de esa noche desapareció y nunca llegué a saber qué fue de él.
Yo sí sobreviví. No sé muy bien por qué yo sí.
El camarero llegó con el café y la tostada. Los dejó en la mesa y se fue sin decir nada, que fue un acierto.
Marcos no tocó el café.
¿Cuánto tiempo llevas con esto?, dijo. No era la misma pregunta que le había hecho por teléfono esa mañana. Era otra pregunta con las mismas palabras.
Veintitantos años, dijo Sara. La carrera, el máster, los doce años en el periodismo de investigación. Todo ha sido esto. Siempre ha sido esto.
¿Y nunca me lo dijiste?
No se lo digo a nadie. Sara le miró. Una periodista con un trauma personal relacionado con su mayor reportaje no es una periodista de investigación. Es lo que siempre me repito.
Ya te dije una vez que eres la mejor periodista que he conocido.
Me lo dijiste.
Pues lo sigo pensando. Marcos cogió el café por fin. Lo sostuvo entre las manos sin beberlo. Y ahora mismo no estoy pensando en el reportaje.
Sara no contestó. Miró por la ventana. La lluvia había arreciado y la calle Mayor estaba casi vacía, solo algún paraguas moviéndose deprisa entre los soportales.
Castán mandó el sobre, dijo. Estoy casi segura.
Llevaba más de treinta años cargando con haber firmado ese informe.
Con saber que ignoraron su trabajo y lo que pasó después.
Alguien le presionó para que callara en el 96 y calló.
Pero antes de morirse quiso que la verdad saliera.
Hizo una pausa. Pero la nota no fue él. Castán no tenía manera de saber que sería yo, en persona, quien iría a buscarle esa mañana.
Quien escribió esa nota sí lo sabía. Sabía exactamente cuándo iba a llegar.
Y los que le presionaron en el 96 se enteraron de que había mandado el sobre.
Y le silenciaron para siempre. Sara volvió a mirarle.
Marcos, hay alguien con mucho poder detrás de esto.
Alguien que en 1994 tenía acceso para enterrar un informe técnico y autorizar ese camping.
Y que en 2026 sigue teniendo poder suficiente para matar a un hombre de setenta y cuatro años y que parezca un suicidio.
¿Tienes un nombre?
Estoy cerca. Sara dudó un segundo. Hay también un desaparecido. Luis Ferrer Ara. Es el técnico que redactó el informe de campo en el 93, el que decía no apto. Desapareció en octubre del 94, cuatro meses antes de que el camping abriera. Nunca se encontró el cuerpo.
Marcos dejó la taza en el plato despacio.
¿Cuántas personas han muerto por esto?, dijo.
Contando la riada, dijo Sara, más de ochenta.
El silencio entre los dos duró un momento largo. La lluvia golpeaba el cristal de la ventana, insistente, agua que ya ha decidido algo.
¿Qué necesitas?, dijo Marcos.
Sara le miró. Era la pregunta correcta. No qué vamos a hacer, no cómo salimos de esto, no tienes que tener cuidado. Qué necesitas. Como si lo que ella necesitara fuera lo que importaba.
Necesito encontrar el nombre de la persona que firmó la autorización del camping en 1994, dijo. Mañana sin falta.
De acuerdo.
Y necesito que sepas que esto es peligroso de verdad. Que Castán está muerto y que quien lo mató sabe que yo estoy aquí.
Lo sé.
Marcos.
¿Qué?
Puedes irte si quieres. No tienes que...
Sara. Lo dijo de una manera que cerró la frase antes de que ella la terminara. Sin dureza. Sin dramatismo. Solo con la firmeza de quien tomó una decisión hace tiempo y no necesita revisarla. He conducido dos horas y media con lluvia. No me he traído el paraguas. Y me queda la mitad del café.
Sara le miró.
Algo pasó en su pecho que no supo nombrar exactamente. Algo pequeño y cálido que hacía tiempo que no sentía y que no estaba segura de saber manejar, pero lo dejó estar.
Gracias, dijo por segunda vez en el mismo día.
Marcos cogió la tostada.
Mañana temprano empezamos, dijo. Esta noche descansas.
No voy a poder dormir.
Lo sé. Pero lo intentas.
Sara sonrió.
Por la ventana la lluvia seguía cayendo sobre Jaca, terca, sin pausa. Las montañas habían desaparecido detrás de las nubes. Pero Sara sabía que seguían ahí.
Las montañas siempre están aunque no las veas.