CAPÍTULO 12
Roberto recibió las instrucciones un lunes por la mañana.
Solana llamó desde el móvil personal esta vez, no desde el despacho. El número del móvil personal significaba que la conversación no iba a quedar registrada en ningún sistema de la empresa.
Eso le inquietó.
Hay un hombre en Biescas, dijo Solana. Se llama Eusebio. Vive en la calle del Mercado, el edificio de piedra con la puerta verde. Dile a la periodista que ese hombre estuvo en la zona la noche de la riada. Que vio algo. Que nunca ha hablado con nadie pero que quizás con ella…
Roberto esperó.
¿Qué vio exactamente?
Eso no importa, dijo Solana. Lo que importa es que cuando ella llegue él no va a decirle nada, ya me he asegurado.
Roberto procesó eso despacio.
¿Por qué no va a decirle nada?
Porque Eusebio es una persona que entiende perfectamente lo que tiene que perder si habla, dijo Solana. Lleva treinta años entendiéndolo.
Algo en esa frase era diferente a todo lo que Solana le había dicho antes.
No en las palabras. En lo que había debajo de las palabras.
Una frialdad que Roberto conocía de las negociaciones difíciles, de los momentos en que Solana dejaba de ser el hombre razonable y afable que todos veían y se convertía en otra cosa. Algo más antiguo y más frío.
Roberto había visto eso pocas veces en veintiocho años.
Cada vez que lo veía miraba para otro lado.
De acuerdo, dijo.
Y Roberto.
¿Sí?
Necesito que esto funcione. La periodista está llegando demasiado lejos demasiado rápido.
Y colgó.
Roberto se quedó con el teléfono en la mano mirando la ventana.
Demasiado lejos demasiado rápido.
Pensó en Sara diciendo ya con esa voz plana y saliendo diez minutos antes de lo habitual. Pensó en sus manos sobre el cuaderno escribiendo algo que él no podía leer. Pensó en cómo no se le escapaba nada.
Sara estaba llegando demasiado lejos.
Y él la había puesto en el camino.
Llamó a Sara esa tarde.
Hay un hombre en Biescas, dijo cuando ella descolgó. Se llama Eusebio. Estuvo en la zona la noche de la riada. Nunca ha hablado con nadie sobre lo que vio. Lleva treinta años con eso dentro.
Silencio al otro lado.
¿Cómo lo sabe?, dijo Sara.
Me lo contó hace años. Una noche, después de unas copas. Cosas que la gente guarda y que a veces salen solas cuando bajan la guardia. Nunca le di importancia hasta ahora.
¿Por qué no me lo dijo antes?
Roberto esperó un segundo antes de contestar. El segundo justo para que pareciera que estaba pensando la respuesta y no que la tenía preparada.
Porque no estaba seguro de que fuera a hablar. Es un hombre mayor y está asustado.
¿Y ahora está seguro que va a hablar?
Ahora creo que ya no puede seguir callando, dijo Roberto. Hay cosas que pesan demasiado para cargarlas toda una vida.
Silencio largo.
De acuerdo, dijo Sara. Iré mañana.
Colgó.
Roberto dejó el teléfono en la mesa.
Se quedó mirando sus manos apoyadas en el escritorio. Las mismas manos que habían firmado informes para Solana durante veintiocho años. Las mismas manos que habían cogido a Mateo en brazos esa última tarde en el camping, sintiendo ese peso imposiblemente pequeño y real.
Pensó en lo que Solana había dicho.
Una persona que entiende perfectamente lo que tiene que perder si habla.
Pensó en Eusebio en su casa de la calle del Mercado con la puerta verde. Treinta años entendiendo lo que tenía que perder.
Pensó en sí mismo.
Veintiocho años entendiendo lo mismo.
Abrió el cajón de la mesilla. No sacó la foto esta vez. Solo la miró dentro del cajón, la imagen de Noelia con Mateo en brazos, esa sonrisa.
Cerró el cajón.
Fue a la cocina. Se hizo un café que tampoco bebió. Se quedó de pie junto a la ventana mirando el Paseo de la Independencia hasta que oscureció.
Sara. Biescas, octubre de 2026
Eusebio abrió la puerta antes de que Sara llamara por segunda vez.
Setenta y tantos años. Más alto de lo que esperaba, la espalda levemente encorvada, el cuerpo de quien ha llevado algo pesado durante mucho tiempo y ha terminado adoptando la forma de esa carga. Ojos oscuros y quietos. La expresión de alguien que sabía que iba a venir antes de que ella llamara.
Eusebio, dijo Sara. Me llamo Sara Villalba. Soy periodista. Un conocido común me dijo que quizás podía ayudarme.
Eusebio la miró durante un momento.
Luego se hizo a un lado.
Pase, dijo.
La casa olía a tabaco frío y a comida de hace días. Una cocina pequeña, una mesa con dos sillas, una ventana que daba a la calle. En la pared un calendario del año anterior que nadie había cambiado. En el alféizar una planta seca que nadie había regado en semanas.
Una vida que se había ido quedando sin mantenimiento despacio, como pasan esas cosas, sin que nadie tomara la decisión de dejarla ir sino simplemente sin que nadie se ocupara de que siguiera.
Se sentaron.
La mesa tenía el hule un poco levantado en una esquina y encima un vaso con bolígrafos, un periódico doblado de tres días antes y un pequeño montón de correspondencia sin abrir.
Facturas probablemente, o propaganda, de esas cartas que se acumulan cuando uno ha dejado de encontrar motivos urgentes para abrirlas.
Sara las vio de reojo.
En el sobre de arriba, con letra de imprenta, un nombre.
Eusebio Bernal.
Lo registró sin moverse. Sin cambiar la expresión. Como registraba todo: absorbiendo información sin que se notara que la estaba absorbiendo.
Bernal.
Lo guardó en algún sitio sin saber todavía para qué.
Me han dicho que usted estuvo en la zona la noche de la riada, dijo. Que vio algo.
Eusebio miró la mesa.
Sus manos encima del hule, quietas. La quietud de quien ha aprendido a no moverse cuando no es necesario.
No recuerdo bien esa noche, dijo. Fue hace mucho.
Sara dejó el silencio estar.
Eusebio no lo llenó.
Miraba la mesa. Las manos. La ventana detrás de Sara. La expresión de alguien que lleva mucho tiempo cargando con algo que no le pertenece del todo y que ya no sabe cómo sería no cargarlo.
¿Tiene familia aquí en Biescas?, dijo Sara después de un momento.
Algo cruzó la cara de Eusebio. Tan rápido que casi no existió.
Un hermano, dijo. Javier. Aunque hace años que no nos vemos mucho.
¿Vive en la zona?
No. Fuera.
Sara asintió.
No miró la carta.
Pero el nombre ya estaba dentro, guardado en ese sitio donde guardaba las cosas que todavía no saben lo que son.
Eusebio, dijo Sara en voz baja. Si sabe algo que pueda ser importante para entender lo que pasó esa noche, cualquier cosa, por pequeña que parezca...
Eusebio levantó la vista.
La miró durante un segundo.
Y entonces hizo algo tan pequeño y tan rápido que Sara casi lo perdió.
Se llevó el dedo índice al oído derecho. Solo un instante. Como quien se rasca distraídamente. Luego sus ojos se movieron hacia un rincón de la cocina, el rincón donde el techo se juntaba con la pared, junto a la ventana. Un segundo. No más. Y volvieron a la mesa.
Sara no movió los ojos hacia ese rincón.
Pero lo registró.
Eusebio empezó a hablar mientras el dedo todavía bajaba del oído, como si el gesto y lo que iba a decir tuvieran que salir juntos o no salir de ninguna manera.
Había un hombre, dijo. Mariano Lasierra. Fue capataz de las obras del camping, en el 94. Se marchó de Biescas al año siguiente de la riada y no ha vuelto. Vive en Cádiz, o vivía, la última vez que supe de él. Si alguien sabe algo de verdad, es él, no yo.
Lo dijo con la misma voz plana de antes, sin inflexión, la voz de alguien que ha repetido una frase tantas veces que ya no le cuesta trabajo decirla.
Pero el dedo seguía en el aire un segundo más de lo necesario, y sus ojos no se apartaron de los de Sara ni un momento, pidiéndole con la mirada que entendiera lo que las palabras no podían decir.
Sara lo entendió.
Mariano Lasierra, si existía de verdad, no sabía nada.
O si sabía algo, no era lo que Eusebio acababa de contarle.
Alguien le había dado ese nombre y esa ciudad, lejos de Aragón, para que se lo entregara a quien llegara preguntando algún día.
Un callejón sin salida fabricado con años de antelación, guardado como una moneda de repuesto para el día en que hiciera falta gastarla.
Aquí hay gato encerrado, pensó.
No lo dijo en voz alta.
Sara cerró el cuaderno.
Se levantó.
Gracias por recibirme, dijo.
Eusebio se levantó también. La acompañó hasta la puerta con esa cortesía antigua que conservan los hombres de pueblo aunque hayan perdido casi todo lo demás.
En la puerta Sara se giró.
Cuídese, Eusebio.
El hombre la miró.
Usted también, dijo. Lo dijo de una manera que no era despedida. Era otra cosa. Algo más urgente y más quieto a la vez.
Sara bajó las escaleras.
Salió a la calle del Mercado y caminó hasta el coche sin mirar atrás.
Se sentó al volante.
Puso las manos en el volante y se quedó quieta.
Eusebio Bernal con sus manos quietas encima del hule y esa frase dicha sin inflexión, no recuerdo nada que pueda ayudarla , que era la frase de alguien que recuerda perfectamente.
Con ese gesto pequeño y rápido hacia el oído, hacia el rincón del techo.
Alguien le había dicho a Bernal que no hablara.
Y Bernal se lo había hecho saber sin decir una palabra que pudiera usarse en su contra.
Y Roberto detrás de todo esto.
Roberto, que le había dado ese nombre.
Sara lo pensó con una claridad fría, la de las cosas que uno sabe desde hace tiempo y que en un momento concreto ya no puede seguir ignorando.
No era una conclusión nueva. Era una conclusión que llevaba días formándose en algún sitio entre el pecho y el estómago, desde la noche en que alguien había entrado en su archivo de Zaragoza sin robar nada, solo para que ella supiera que habían estado allí.
Su sexto sentido lo había sabido antes que su cabeza.
Y ella lo había silenciado.
Eso era lo que no podía perdonarse todavía.
No que Roberto la hubiera engañado. Sino que ella había elegido no escucharse.
Que había tomado la incomodidad pequeña de las primeras semanas y la había guardado en el mismo sitio donde guardaba las cosas que no quería mirar porque mirarlas costaba algo que en ese momento no podía permitirse.
Una periodista de investigación que silencia su propio instinto no es una periodista de investigación.
Apretó el volante.
Luego lo soltó.
Sacó el cuaderno. Escribió tres líneas.
Eusebio Bernal. Otra vez Roberto.
Debajo escribió: El dedo en el oído. El rincón. Nos escuchan.
Debajo de eso, después de un momento: ¿Quién es Roberto Díaz exactamente.
No era una pregunta. Era lo que llevaba semanas siendo una incomodidad sin forma y que acababa de tomar la forma más concreta y más incómoda posible.
Guardó el cuaderno.
Llamó a Marcos.
Necesito que busques a alguien, dijo cuando descolgó. Roberto Díaz. Zaragoza. Cincuenta y tantos años. Dice haber trabajado en el sector turístico aragonés desde los noventa.
¿Qué busco exactamente?
Todo, dijo Sara. Especialmente cualquier conexión con el Grupo Solana.
Silencio al otro lado.
¿Sara?
Estoy bien, dijo. Llámame cuando tengas algo.
Colgó sin esperar respuesta.
Arrancó el coche.
Por el retrovisor Biescas se fue quedando atrás con sus calles estrechas y sus casas de piedra oscura y Eusebio Bernal en algún sitio dentro de una de esas casas con sus manos quietas encima del hule y treinta años de silencio que nadie había podido romper todavía.
Usted también , había dicho en la puerta.
No era una despedida.
Era una advertencia.