CAPÍTULO 11
El teléfono sonó cuando le quedaban cuarenta minutos para Jaca.
Sara había descolgado sin pensar, tenía la cabeza en Fermín Castán.
¿Dónde estás?, dijo Roberto.
Algo en la pregunta no era exactamente lo que parecía. No el tono, que era el de siempre. Algo más pequeño. La pregunta en sí. Roberto nunca le preguntaba dónde estaba.
Conduciendo, dijo Sara. ¿Pasa algo?
No. Solo quería saber cómo iba todo.
Bien, dijo Sara. Pero ahora no puedo hablar.
Colgó.
Se quedó mirando la carretera durante un momento. Se sentía incómoda. Roberto no solía llamar tan pronto para preguntarle dónde estaba.
No había dormido nada.
Dos horas de carretera de noche y el café de gasolinera todavía amargo en la boca.
Aparcó frente al edificio de Castán cuarenta minutos después.
El piso de Fermín Castán estaba en el tercero de un edificio de piedra oscura en la calle Mayor, con el portal cerrado y un portero automático viejo, de los que todavía llevan los nombres de los vecinos escritos a mano junto al timbre.
Sara llamó al timbre del tercero. Tres veces. Nadie contestó. Probó con el de al lado.
Una voz de mujer respondió casi enseguida. Sara le dijo que buscaba al señor Castán, que llevaba días sin contestar. Hubo un silencio breve y luego el zumbido de la puerta abriéndose.
Subió en el ascensor, que no tenía luz interior y subía despacio haciendo un ruido que no inspiraba confianza.
La vecina la esperaba ya en el rellano, con la cara de quien lleva dos días con una inquietud que no sabe cómo nombrar.
Le dijo que Castán no salía desde hacía dos días, que ella tampoco había oído nada, que le parecía raro porque él siempre bajaba a por el periódico antes de las nueve.
Sara se acercó a la puerta del piso de Castán, estaba entornada, sin el pestillo echado. La empujó despacio y el aire quieto y cerrado de un espacio donde algo ha dejado de moverse le llegó antes que ninguna otra cosa.
Dentro había un hombre muerto.
Lo supo antes de verlo del todo, con esa certeza que llega por el olfato antes que por los ojos. Fermín Castán estaba sentado en el sillón del salón.
Tenía una expresión tranquila. Demasiado tranquila, pensó Sara, para alguien que había decidido irse. En la mesita de al lado había un vaso vacío y un blíster de pastillas también vacío y una hoja de papel doblada en dos con su nombre escrito encima.
Su nombre. El de ella.
Alguien sabía que ella iba a venir.
No tocó nada. Salió del piso, bajó al rellano y llamó a la Guardia Civil. Se quedó allí un momento, con la espalda apoyada en la pared y la cabeza trabajando a una velocidad que no podía controlar.
Luego salió a la calle y esperó, con el abrigo puesto y las manos en los bolsillos, mirando la fachada del edificio sin ver nada en particular.
Hacía frío en Jaca, ese frío limpio de octubre que bajaba de la ciudadela y se metía por las calles estrechas del casco antiguo.
La gente pasaba por la acera sin mirarla.
Los guardias civiles llegaron en ocho minutos.
Dos hombres jóvenes que la miraron con una mezcla de oficio y curiosidad: la de los uniformes cuando se topan con algo que no es exactamente lo que esperaban.
Le tomaron los datos, le preguntaron cómo había entrado, le preguntaron si conocía al fallecido.
No, dijo. Periodista. Quería hacerle una entrevista sobre su trayectoria profesional.
Le creyeron o fingieron creerle, que en ese momento era lo mismo.
Le dijeron que podían necesitar hablar con ella más adelante. Ella dijo que estaba disponible. Le dieron un número de referencia y la dejaron ir.
Caminó hasta la plaza de la Catedral sin saber muy bien cómo había llegado. Se sentó en un banco de piedra frente a la torre románica y sacó el teléfono.
Marcos descolgó al primer tono.
¿Qué ha pasado?, dijo. Sin signo de interrogación.
Castán está muerto.
Ni una palabra.
¿Cómo?
Pastillas. Lo han encontrado en el sillón. Parece un suicidio.
¿Parece?
Sara miró la torre de la catedral. Siglos de piedra quieta contra un cielo de octubre que empezaba a nublarse.
Había una nota, dijo. Doblada en dos. Con mi nombre escrito encima.
Silencio más largo esta vez.
¿La has leído?
No la he tocado. La han cogido los guardias civiles.
Sara.
Sé lo que estás pensando.
¿Lo sabes?
Que alguien sabía que yo iba a venir. Que esto no es lo que parece. Que me he metido en algo más grande de lo que creía.
Eso estaba pensando, sí. Una pausa. ¿Estás bien?
La pregunta la cogió desprevenida. No porque fuera inesperada sino porque Marcos la había hecho de una manera distinta a como preguntaba otras cosas. Sin la voz plana de siempre. Con algo debajo.
Estoy bien, dijo.
Quédate donde estás. Voy para allá.
No tienes que...
Dos horas y media. Y come algo, que apuesto a que no has desayunado.
No había desayunado.
Marcos, dijo antes de que colgara.
¿Qué?
Estuvo un momento sin decir nada.
Gracias, dijo.
Marcos no contestó. Colgó.
Sara se quedó con el teléfono en la mano mirando la catedral.
Luego pensó en la nota doblada con su nombre encima.
En quién la había escrito. Castán había mandado el sobre a una dirección, había subrayado párrafos con rotulador amarillo, pero no tenía manera de saber que sería ella, en persona, quien iría, ni cuándo.
La nota la había escrito alguien que sí lo sabía.
Alguien que había estado en ese piso antes que ella.
Alguien que había querido que lo encontrara.
Pensó en el hombre que de verdad había autorizado el camping en ese barranco.
No le ponía cara. No tenía su nombre todavía, aunque llevaba dos días buscándolo y sentía que estaba cerca de encontrarlo.
Pero quería imaginarlo de todas formas, darle algún rasgo, algo a lo que agarrarse mientras seguía el rastro.
Un hombre que había firmado en 1994. Que había tenido razones entonces para que el camping abriera.
Que treinta años después seguía teniendo razones para que todo siguiera cerrado.
Ese hombre, fuera quien fuera, sabía que ella estaba en Jaca.
Se levantó del banco y buscó una cafetería. Marcos tenía razón en lo del desayuno aunque no pensaba decírselo.
Mientras esperaba el café miró por la ventana la calle Mayor y pensó que en algún sitio de esa ciudad o de esa provincia o de ese país alguien estaba mirando un teléfono o una pantalla y sabiendo exactamente dónde estaba ella.
Eso debería darle miedo.
Le daba miedo.
Pero también le decía algo importante.
Si alguien había movido ficha antes de que ella llegara a Castán significaba que tenía algo que perder todavía. Que el secreto seguía siendo peligroso. Que la verdad seguía estando en algún sitio esperando que alguien la encontrara.
Llegó el café. Lo bebió despacio mirando la calle.
Dos horas y media.