CAPÍTULO 10
Roberto colgó después de hablar con Solana y dejó el teléfono sobre la mesa.
Dos segundos de silencio.
Llevaba veintiocho años midiendo los silencios de Solana sin saber que lo hacía, aprendiendo a leerlos como quien aprende un idioma sin darse cuenta de que lo está aprendiendo. Un segundo era duda. Tres o cuatro, cálculo. Dos exactos no era nada que hubiera escuchado antes.
Y luego el bien. Y colgar.
Sin preguntar nada más. Sin pedir la dirección, sin preguntar si Sara ya había llamado, sin ese ¿algo más? que Solana dejaba caer siempre al final, como una costumbre o una manera de dejar la puerta abierta a lo siguiente. Esta vez no. Esta vez le había bastado un nombre.
Roberto se quedó mirando el teléfono un rato largo.
Fue al salón, se sentó donde se sentaba siempre y miró la pared un tiempo que no supo medir.
Llevaba años haciendo esto para Solana. Llevando nombres de un lado a otro, fechas, direcciones, y ahora lo que Sara le contaba sin saber que se lo contaba también a otra persona a través de él.
Nunca se había preguntado qué hacía Solana con lo que le daba.
No preguntar era la única regla desde el principio, y Roberto la había obedecido durante veintiocho años con la disciplina de quien ha decidido que la ignorancia es una forma de supervivencia.
Pero esta noche la pregunta se le había metido dentro sin pedir permiso.
Un hombre de setenta y cuatro años. Jubilado. Con una vida entera guardada en un piso de la calle Mayor de Jaca. Un hombre que llevaba treinta años sin decir nada y que, por lo visto, acababa de decidir que ya no podía seguir callando.
Y Roberto acababa de darle su nombre a un hombre que nunca dejaba nada a medias.
Se tumbó vestido en la cama. Cerró los ojos. Los volvió a abrir.
Era solo un nombre, se dijo. Nunca le había pasado nada a nadie por culpa de una palabra que él hubiera dicho por teléfono.
Eso se dijo.
No se lo creyó del todo.
¿Y si no era nada? Un hombre mayor, asustado, que llevaba treinta años queriendo hablar y que ahora, con Sara acercándose, simplemente se ponía nervioso. Gente mayor. Cosas que pasan. Nada que tuviera que ver con un silencio de dos segundos.
Se levantó de la cama.
¿Y si sí era algo?
Abrió el cajón de la mesilla. Sacó la foto de Noelia con Mateo.
La miró largo rato, como hacía siempre que necesitaba recordar por qué seguía haciendo esto.
Solana le había dado una vida cuando él no tenía ninguna.
Roberto llevaba veintiocho años pagando esa deuda sin hacerse nunca la pregunta que de verdad importaba: qué precio tenía en realidad, y a quién se lo estaban cobrando.
Nunca antes se la había hecho.
Se la estaba haciendo ahora, con la foto en la mano y un nombre que ya no podía retirar.
No podía llamar a Solana y preguntarle qué iba a hacer con esa información. Esa pregunta no se hacía nunca, y hacerla una vez significaba no poder dejar de hacerla el resto de su vida.
Pero podía llamar a Sara.
No para decirle nada. No podía decirle nada sin quemarse él mismo. Solo para oír su voz. Para saber que ella estaba bien, que lo que le estaba comiendo el pecho desde hacía dos horas no era más que el cansancio de una noche sin dormir.
Guardó la foto.
Esperó a que amaneciera lo suficiente para que una llamada no pareciera lo que era.
Luego cogió el teléfono.