CAPÍTULO 9
El número de Fermín Castán llevaba tres días en su móvil sin que Sara lo hubiera marcado.
Lo tenía. Y no llamaba.
Se levantó de la silla del archivo y fue a la cocina. Eran las once de la noche y llevaba dentro de casa todo el día salvo para bajar a comprar leche a mediodía. El piso olía a café frío y a papel.
Puso agua a calentar y se quedó mirando el fuego pequeño del hornillo.
El problema no era Fermín Castán.
El problema era el sobre.
Alguien había fotocopiado doce páginas de un expediente administrativo de 1993.
Alguien que tenía acceso a ese expediente, que sabía lo que contenía, que había subrayado exactamente los párrafos relevantes con rotulador amarillo.
Alguien que conocía su nombre y su dirección.
Alguien que sabía lo que ella llevaba años buscando.
Eso no era un gesto anónimo de buena voluntad. Era un mensaje.
Sara había aprendido en doce años de periodismo de investigación que cuando alguien te manda información sin firma hay dos posibilidades.
La primera es que quieran ayudarte y no puedan hacerlo de otra manera.
La segunda es que quieran usarte. Que necesiten que tú hagas el trabajo sucio de sacar algo a la luz porque ellos no pueden o no quieren hacerlo directamente.
Las dos posibilidades la ponían en el mismo sitio. En medio.
Se hizo la manzanilla y volvió al archivo.
Sacó el sobre de la caja donde lo guardaba y lo examinó por enésima vez.
Papel estándar, blanco, tamaño A4 doblado en tres.
Su nombre y dirección escritos a mano con letra mayúscula, cuidadosa, sin rasgos personales reconocibles.
Matasellos de Huesca capital, de tres semanas atrás.
El sobre era reciente. Lo que había dentro, no: las fotocopias tenían el papel amarilleado y el subrayado desvaído, hechas mucho tiempo atrás.
Alguien había preparado aquello años antes de decidirse a enviarlo.
Esa idea le pareció de repente más grave de lo que había pensado antes.
¿Y si el sobre no lo había enviado alguien que acababa de encontrar el expediente? ¿Y si llevaba preparado mucho tiempo, esperando el momento? ¿Y si la persona que lo envió sabía que no iba a poder esperar mucho más?
Jubilado. Enfermo, quizás.
Sara se quedó quieta.
Fermín Castán había firmado el informe de 1993. Había escrito no apto en ese margen con bolígrafo azul. Y tres años después el camping había abierto de todas formas y el río había hecho lo que los ríos hacen cuando se les pone algo en medio.
¿Y si Fermín Castán llevaba treinta años cargando con eso?
¿Y si el sobre lo había mandado él?
Se sentó despacio en la silla del archivo y miró el corcho durante un tiempo largo. Los hilos. Los nombres. El mapa del valle con los puntos rojos.
Si Castán había mandado el sobre significaba que quería hablar. Que había decidido hablar antes de morirse, que era lo que hacía la gente mayor cuando el tiempo se les acababa y el peso de algo se volvía insoportable.
Pero también significaba otra cosa.
Si Castán había decidido hablar, otros sabían que podría hacerlo. Y si otros lo sabían, el técnico jubilado de Jaca era ahora mismo la persona más vulnerable de toda esta historia.
Y ella la segunda.
Sara cogió el móvil. Miró el número de Fermín Castán. Lo miró durante un minuto entero sin tocarlo.
Luego abrió el navegador y empezó a buscar otra cosa.
Quería saber quién había firmado la autorización definitiva del camping en 1994.
Quién había tomado la decisión de ignorar el informe técnico.
Quién había puesto su nombre debajo de un papel que decía que aquel lugar era apto para que familias fueran de vacaciones.
Ese era el nombre que necesitaba.
Castán podía esperar dos días más.
O eso esperaba ella.
Quedó con Roberto esa misma tarde, antes de que oscureciera.
La tercera vez en dos semanas. Roberto llegó con más documentación, recortes de prensa de la época, nombres de empresarios del sector turístico aragonés de los noventa que habían tenido intereses en el desarrollo del valle del Gállego.
Material real, concreto, suficientemente útil para justificar la confianza que Sara había ido depositando en él de forma gradual y que ahora le parecía natural aunque tres semanas antes no lo fuera.
Hablaron durante dos horas.
En algún momento Sara mencionó a Castán.
No como objetivo central, sino de pasada, como uno de los nombres que había aparecido en su investigación.
Un técnico jubilado de la Diputación que había firmado el informe del 93.
Le contó que tenía el número desde hacía unos días pero que todavía no había llamado.
Roberto no cambió la expresión.
¿Por qué no le has llamado ya?, dijo.
Estoy preparando el terreno antes de ir, dijo Sara. Con los mayores hay que ir con cuidado.
Bien, dijo Roberto. Si le asustas puede cerrarse para siempre.
Sara asintió.
Sara miró el reloj antes de tiempo.
Tengo que irme, dijo, y se levantó a coger el abrigo.
¿Ya?, dijo Roberto.
Ya.
Lo dijo con una voz plana que a Roberto le costó leer. Sacó el cuaderno, de pie, escribió algo deprisa sin volver a sentarse, y lo cerró antes de que él pudiera ver una sola palabra.
Se despidió con un gesto corto y salió.
Roberto se quedó con el café a medias, diez minutos antes de lo que solían despedirse, sin saber todavía qué había dicho mal.
Esa noche Roberto llamó a Solana.
Le dio el nombre de Fermín Castán. Y le habló del informe del 93.
Al otro lado hubo un silencio de dos segundos antes de que Solana dijera bien y colgara.
Roberto se quedó mirando el teléfono durante un momento, como ya siempre hacia.
Dos segundos.
Guardó el teléfono y fue a la cocina a hacerse un café que no bebió.
Se durmió en la silla del archivo a la una lode la madrugada, con el portátil abierto y la manzanilla fría.
Lo que la despertó no fue el frío ni el dolor de cuello ni la luz azul de la pantalla en reposo. Fue algo más pequeño. Algo que tardó unos segundos en identificar porque seguía medio dormida y el cerebro tardaba en arrancar.
La caja.
La caja de cartón donde guardaba el sobre estaba en el suelo junto a la estantería, no encima de ella.
Sara se quedó quieta en la silla. El piso en silencio. El patio interior oscuro. Las tres y cuarto de la madrugada según el reloj del portátil.
Se levantó despacio y fue hacia la caja.
No la tocó. Se agachó y la miró desde cerca con la luz del móvil.
La tapa estaba vuelta del revés, que era como se ponía cuando alguien la abría con prisa y la cerraba sin fijarse.
Sara nunca la cerraba así. Sara la cerraba con la tapa hacia arriba porque era más fácil abrirla la siguiente vez, lo hacía por costumbre, llevaba haciéndolo años.
Abrió la caja.
El sobre estaba. Las doce páginas fotocopiadas, la nota con los subrayados amarillos, todo en su sitio. No faltaba nada.
Eso era lo peor.
No habían venido a robar. Habían venido a mirar. A comprobar qué tenía y dónde lo guardaba. Y a que ella supiera que habían estado ahí, porque alguien que quisiera pasar desapercibido habría cerrado la tapa bien.
Sara se incorporó. Miró la ventana del archivo, que daba al patio interior. Cerrada con el pestillo, como siempre. Fue al pasillo, a la puerta de entrada. Cerrada con llave. Sin señales de forzado.
Había alguien con una llave que no debía tener. O había alguien lo suficientemente hábil para no necesitarla.
Las dos opciones le cerraron algo en el pecho.
Fue a la cocina. Se sentó en la silla de la cocina que era donde se sentaba cuando necesitaba pensar sin el mapa y el corcho delante. Marcó el número de Fermín Castán.
Cuatro tonos. Cinco. El contestador.
Lo intentó dos veces más con el mismo resultado. Eran las tres y veinte de la madrugada y un hombre de setenta y cuatro años no cogía el teléfono y alguien había estado en su archivo esa noche.
Sara fue al dormitorio. Sacó la bolsa de viaje de debajo de la cama.
Empezó a meter ropa sin encender la luz, guiándose por lo que los dedos reconocían en el armario.
Ropa para tres días. El cargador. El cuaderno de notas pequeño que llevaba siempre encima en los viajes.
El sobre, que metió en el fondo de la bolsa envuelto en una camiseta.
Antes de salir se paró en la puerta del archivo.
El corcho. El mapa del valle del Gállego. Los hilos. Todo lo que había construido en tres semanas, visible para cualquiera que entrara.
No tenía tiempo de desmontarlo, y tampoco serviría de mucho: quien había estado ahí esa noche ya sabía exactamente lo que había, aunque lo dejara todo tal cual. Lo único que de verdad no podía dejar era el sobre.
Cerró la puerta del archivo sin tocar nada más.
Salió del piso a las cuatro de la mañana.
No cogió el ascensor. Bajó por las escaleras con la bolsa al hombro y escuchando cada rellano antes de pasar a él. La calle estaba vacía. El coche arrancó al primer intento, que no era siempre.
La A-23 hacia Huesca. Jaca después. Dos horas de noche y carretera y el número de Castán que seguía sin contestar.
Castán podía esperar dos días más , había pensado esa tarde.
Ya no podía esperar nada.