Donde el río no olvida CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Me desperté con el viento.

No era el viento normal de la mañana, ese que bajaba fresco de las crestas y olía a resina y te hacía querer quedarte dentro del saco diez minutos más.

Este era distinto. Venía de otro sitio, más cargado, con algo dentro que no supe nombrar pero que me hizo abrir los ojos de golpe y quedarme quieto escuchando.

Sara dormía. Papá y mamá también, o eso parecía.

Me vestí despacio y salí de la tienda sin hacer ruido.

El camping estaba raro. No vacío, había gente, algunas tiendas ya abiertas, alguien haciendo café en el hornillo, pero todo el mundo se movía de una manera diferente a los días anteriores.

Más despacio. Con la cabeza levantada mirando el cielo de vez en cuando, como hacen los animales cuando algo cambia.

El cielo era de un gris que no había visto en toda la semana.

No el gris limpio de las mañanas nubladas sino uno más oscuro, más bajo, que aplastaba las montañas desde arriba y las borraba por los lados.

Las crestas del Telera habían desaparecido.

El Anayet tampoco se veía. Era como si alguien hubiera puesto un techo sobre el valle durante la noche y hubiera dejado solo el fondo, el río, los árboles, las tiendas.

Decidí salir a caminar.

En Bronchales siempre me dejaban. El pueblo era pequeño y todo el mundo se conocía y yo sabía los caminos desde los siete años.

Aquí era diferente pero tenía diez años y los diez años son suficientes para caminar solo, o eso pensaba yo entonces.

Me alejé del camping siguiendo el camino que bordeaba el río y en diez minutos estaba ya entrando en Biescas.

El pueblo olía a pan y a piedra mojada.

Caminé por las calles estrechas mirando las casas de piedra oscura, las ventanas con geranios, una fuente en una plaza pequeña donde dos hombres mayores hablaban apoyados en el muro. Pasé por delante sin detenerme pero escuché un trozo de su conversación.

Mal cariz, decía uno.

Llevan días con tormentas arriba, decía el otro. El río viene cargado ya desde antes de ayer.

No le di más vueltas. Los mayores siempre hablaban del tiempo.

Seguí caminando hacia las afueras, donde las casas se terminaban y empezaban los prados.

Me senté en una piedra junto a un riachuelo pequeño y me quedé un rato mirando el agua.

Pensé en el embalse de Búbal, en la barca de remos y en la risa de papá cuando Sara nos hizo dar la vuelta entera.

Pensé en la ermita de Santa Elena y en la trucha cruzando el río bajo el puente tan rápida que casi no existió.

Pensé en las estrellas de la noche de la cena con los Sánchez y en Antonio inventándose nombres de constelaciones y en todos riéndonos.

Nunca había estado en un sitio así.

No quería irme. Faltaban cuatro días para volver a Bronchales y ya notaba algo parecido a la tristeza cuando lo pensaba, esa tristeza anticipada de saber que algo bueno se acaba.

El riachuelo sonaba más fuerte de lo normal.

Lo noté de repente, sin saber cuánto tiempo llevaba así. El agua bajaba turbia, más rápida, con un color marrón claro que el día anterior no tenía. Me quedé mirándola un momento y luego miré el cielo y las nubes habían bajado más todavía, y el viento había cambiado de dirección.

Un hombre que pasaba por el camino con un perro me miró.

¿Estás solo, chico?

Sí, dije. Soy del camping.

Asintió. Miró el cielo igual que miraba la gente de aquí, como si supieran leer algo que yo no sabía leer.

Vuelve, dijo. Que viene agua.

No lo dijo con alarma. Lo dijo como se dice algo obvio. Pero algo en su voz hizo que me levantara de la piedra enseguida.

Volví al camping por el mismo camino.

El río sonaba diferente ahora. Más grave, más lleno, como si le hubiera bajado la voz pero le hubiera subido el cuerpo. Los chopos de la orilla se movían todos en la misma dirección, inclinados, resignados, como se inclinan los árboles cuando el viento ya ha decidido algo.

En el camping la gente había salido de las tiendas y miraba hacia el sur, hacia donde las nubes eran más oscuras.

Antonio, el padre de los Sánchez, estaba hablando con otro hombre que yo no conocía y los dos tenían la misma expresión, seria, concentrada, la expresión de los adultos cuando algo les preocupa y no quieren que los niños lo noten.

Papá estaba fuera de la tienda.

Me vio llegar y no dijo nada sobre que me había ido solo. Solo me miró, evaluando, y luego volvió a mirar el cielo.

¿Está mamá dentro?, pregunté.

Con Sara, dijo.

Me senté a su lado en la silla plegable. Las montañas habían desaparecido completamente detrás de las nubes. El valle se había quedado pequeño de repente, encerrado, como si las paredes se hubieran acercado mientras yo estaba en Biescas.

El río sonaba cada vez más fuerte.

Papá no decía nada. Pero no se movió de esa silla en toda la tarde.