CAPÍTULO 7
Roberto Díaz tenía una norma desde hacía treinta años.
No preguntar.
No era cobardía, o no solo eso. Era una decisión tomada con la misma claridad con que se toman las decisiones que uno sabe que va a tener que mantener toda la vida.
Si no preguntas no sabes. Y si no sabes puedes seguir levantándote por las mañanas y yendo al trabajo y comiendo y durmiendo y haciendo todas las cosas que hacen las personas que tienen una vida normal.
Roberto tenía una vida normal.
Un piso en el centro de Zaragoza, dos habitaciones, orientado al sur.
Un coche que cambiaba cada cuatro años. Un trabajo en el Grupo Solana que pagaba bien y que conocía tan bien que ya no necesitaba pensar para hacerlo.
Cenas de empresa en Navidad. Un gimnasio al que iba tres veces por semana porque el médico le había dicho que con la tensión que tenía era mejor moverse.
Una vida normal.
La foto de Noelia estaba en el cajón de la mesilla, no en la pared.
La había puesto en la pared una vez, cuando se mudó a ese piso, y la había quitado a los tres días porque no podía levantarse por las mañanas y verla como si no hubiera pasado nada.
Noelia con Mateo en brazos en el hospital, el día que nació.
Roberto detrás, sin saber muy bien qué hacer con las manos, pero en el sitio más feliz del mundo.
Mateo había empezado a sonreír con tres meses.
Roberto lo recordaba con una precisión que el tiempo no había conseguido borrar.
Esa primera sonrisa real, no el reflejo involuntario de los recién nacidos sino una sonrisa de verdad, dirigida, consciente, como si Mateo hubiera decidido ese día que el mundo merecía que le sonriera.
Noelia se lo había puesto en brazos enseguida.
Míralo, había dicho. Míralo cómo te mira.
Esa sonrisa era su vida.
La de Mateo y la de Noelia.
Roberto había ido al camping el día antes de la riada a pasar la tarde con ellos. Se fue por la noche porque tenía trabajo en Zaragoza al día siguiente. Un informe que no podía esperar, le había dicho a Noelia. Vuelvo el fin de semana.
No volvió el fin de semana.
Volvió tres días después a identificar dos cuerpos en el depósito de Jaca.
No podía recordarlo sin que le entraran ganas de vomitar.
El teléfono sonó un martes por la mañana. Número del despacho de Solana.
Roberto.
Don Ramón.
Veintiocho años llamándole así. Desde 1998, cuando Solana apareció en su vida y le ofreció el trabajo que todavía conservaba.
Antes de esos veintiocho años hubo otros dos que Roberto no contaba nunca, ni siquiera para sí mismo si podía evitarlo.
Había perdido el trabajo que tenía a los tres meses de la riada, incapaz de concentrarse en nada, incapaz de explicarle a su jefe que algunos días no podía ni levantarse de la cama.
Había perdido el piso poco después, cuando el dinero se acabó.
Había pasado un tiempo que prefería no medir durmiendo en casa de un primo en Huesca, luego en un albergue, luego, durante unas semanas que sí recordaba con una precisión que le daba vergüenza, en la calle, con un cartón y una manta y esa sensación de haberse caído de su propia vida sin que nadie le hubiera avisado de que la caída no tenía fondo.
Un hombre de veinticuatro años sin trabajo, sin casa, sin familia, sin nada, cuando Solana lo encontró y se sentó a su lado en un banco del Paseo de la Independencia con el pésame y una oferta de trabajo.
Roberto llevaba dos años cayendo de un lugar a otro, y aquel día ni siquiera tenía cama de la que levantarse.
Aceptó sin preguntar por qué un empresario al que no conocía de nada se había fijado en él. Al principio le llamó Don Ramón por gratitud, o por respeto, o por esa mezcla de las dos cosas que siente un náufrago por la mano que lo saca del agua.
Luego porque se había convertido en costumbre llamarle Don Ramón. Luego porque ya no sabía llamarle de otra manera.
El Grupo Solana pagaba desde hacía años un servicio discreto de seguimiento de prensa, rutinario, pensado para detectar cualquier mención a la riada antes de que se convirtiera en algo más.
Esa semana la alerta llevaba un nombre que Solana ya conocía de otros años, de otros artículos aislados y sin consecuencias: Sara Villalba volvía a publicar sobre el Arás, y esta vez con una frecuencia que no tenía antes.
Necesito que me hagas un favor, sin preguntar, dijo Solana. Hay una periodista. Se llama Sara Villalba. Trabaja para El Pirineo Digital. Lleva años investigando la riada del Arás y ahora se ha puesto en movimiento de verdad. Necesito saber hasta dónde ha llegado.
Roberto esperó.
Quiero que te acerques a ella. Que te presentes como superviviente. Que establezcas una relación de confianza y que me cuentes lo que tiene.
¿Qué clase de relación?
De colaboración. Le dices que llevas años investigando por tu cuenta. Que has leído sus trabajos. Que crees que juntos podéis llegar más lejos. La gente como ella necesita sentir que no están solos en esto. Dale eso.
Roberto miró por la ventana. El Paseo de la Independencia a media mañana.
¿Y si tiene algo importante?
Me lo cuentas. Solo eso.
Había algo en la voz de Solana que era exactamente lo que siempre había sido.
Tranquila, razonable. La autoridad suave de los hombres que llevan décadas teniendo razón en todas las conversaciones.
Roberto la conocía tan bien que ya no la escuchaba realmente.
La recibía como se recibe el sonido de fondo de un sitio donde llevas mucho tiempo, sin procesarla del todo.
De acuerdo, dijo.
Colgó.
No preguntar.
Se quedó un momento mirando el teléfono y acto seguido buscó a Sara Villalba en internet. Leyó tres de sus reportajes sobre la riada. Era buena. De las que no sueltan un hilo hasta que han llegado al final y a veces tampoco entonces.
Leyó su correo de contacto en la web del medio.
Antes de escribir abrió el cajón de la mesilla. Sacó la foto de Noelia con Mateo. La miró durante un momento. Esa sonrisa.
Luego la guardó, redactó el mensaje y lo envió.
Se vieron tres días después en una cafetería del centro de Zaragoza.
Roberto llegó diez minutos antes. Eligió una mesa al fondo donde se veía la puerta. Pidió un café. Esperó.
Sara entró puntual. Más pequeña de lo que parecía en la foto de perfil, moviéndose como quien lee los sitios antes de entrar en ellos. Le tendió la mano sin sonreír, que Roberto interpretó correctamente como eficiencia y no como frialdad.
Se sentaron.
¿A quién perdiste en la riada?, dijo Sara. Directa, sin preámbulo.
Roberto lo esperaba.
En la riada. A mi mujer y mi hijo. Mateo tenía tres meses.
Sara no cambió la expresión pero algo pasó en sus ojos. Algo muy rápido que Roberto reconoció porque él mismo lo había sentido muchas veces. El impacto de una cifra que de repente tiene cara.
¿Tres meses?
Tres meses y doce días.
Nadie dijo nada.
Yo tenía seis años, dijo Sara en voz baja. No recuerdo muchas cosas de esos días. Pero sí que recuerdo un bebé.
Roberto sintió algo moverse en su pecho que llevaba años sin moverse.
Había empezado a sonreír, dijo Roberto. Con tres meses. Una sonrisa de verdad, no el reflejo de los recién nacidos. Noelia me lo puso en brazos el día que lo hizo por primera vez.
Sara miraba la mesa.
Todo el mundo quería cogerle en el camping, dijo Sara en voz baja. Lo recuerdo. Tan pequeño…
No era una reconstrucción intelectual. Era una imagen que había vuelto sola, nítida de pronto, como vuelven los recuerdos de infancia cuando alguien les da la palabra exacta que necesitaban.
Roberto no dijo nada durante un momento.
Luego dijo: Por eso yo también llevo años con esto. Porque alguien tiene que decir en voz alta por qué estaban allí. Por qué no deberían haber estado allí. Por qué nadie los protegió.
Sara le miró.
¿Qué tienes tú?
Piezas sueltas, dijo Roberto. Cosas que he ido recogiendo solo durante años sin saber muy bien cómo encajarlas. He leído todo lo que has publicado sobre la riada. Usted tiene el oficio y los recursos que yo no tengo. Yo tengo tiempo y tengo acceso a cosas que desde fuera no se ven.
¿Qué clase de acceso?
Roberto sostuvo su mirada.
He trabajado en el sector turístico aragonés desde los noventa. Conozco a gente. Sé cómo funcionaban las cosas entonces.
Sara tardó un momento en contestar.
De acuerdo, dijo Sara finalmente. Trabajamos juntos. Pero quiero que sepas una cosa.
¿Qué?
No comparto información hasta que la he verificado. Y no sigo ninguna pista sin contrastarla por mi cuenta.
Roberto asintió.
Así es como debe ser, dijo.
Esa noche, de vuelta en su piso, Roberto llamó a Solana.
Le contó lo que Sara tenía. Lo que buscaba. Por dónde iba. Le dijo que la confianza estaba establecida.
Solana escuchó en silencio.
Bien hecho, dijo al final. Sabía que eras la persona correcta para esto.
Roberto colgó. Se quedó mirando el teléfono en la mesa, ya empezaba a ser costumbre cuando hablaba por teléfono con Solana
Pensó en Sara diciendo tan pequeño con la voz de quien acaba de encontrar algo que llevaba años perdido.
Pensó en Mateo.
En la sonrisa.
Algo en él no estaba cómodo.
No supo nombrarlo todavía.
Lo dejó estar. Como siempre.