Donde el río no olvida CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

El día que fuimos al Portalet papá dijo que íbamos a tocar Francia.

No lo dijo en serio del todo. Lo dijo casi de broma, pero no del todo.

Salimos después de desayunar. El Seat Panda cargado con las mochilas pequeñas y la nevera de plástico que mamá había llenado la noche anterior con bocadillos y fruta y un tupper de tortilla que había sobrado de la cena. Sara iba en el asiento de atrás con Pipo y con una pregunta cada tres minutos.

¿Falta mucho?

Un poco, decía papá.

¿Cuánto es un poco?

Menos que antes.

Sara miraba por la ventanilla, seria, tomando nota de todo aunque no entendiera todavía para qué.

No habíamos ido muy lejos cuando papá quiso desviarse un momento, porque en el camping le habían hablado de una ermita.

La ermita de Santa Elena apareció de repente al doblar una curva de la carretera, pequeña y blanca entre los árboles, con un puente de piedra delante y el bosque cerrándose a los lados.

Papá paró el coche sin que nadie se lo pidiera.

Los cuatro nos bajamos y nos quedamos mirando.

Había una luz allí que no era como la de otros sitios.

Entraba entre las hayas filtrada y verde, moviéndose despacio con el viento, y hacía que todo pareciera estar dentro de algo, protegido.

Mamá se persignó en la puerta de la ermita.

Sara metió la mano en el agua de la fuente que había al lado y la sacó gritando del frío y luego la volvió a meter.

Yo me quedé en el puente de piedra mirando el río abajo.

El agua era de un color que no había visto nunca. Verde y azul a la vez. Transparente hasta el fondo, aunque el río tuviera profundidad. Las piedras abajo parecían más grandes de lo que eran. Una trucha cruzó de un lado a otro tan rápido que casi pensé que me lo había imaginado.

Óscar, llamó papá desde la orilla.

Me giré. Estaba con la cámara de fotos, la de carretes que sacaba solo en ocasiones especiales porque los carretes costaban dinero.

Nos juntamos los cuatro en el puente y un señor que pasaba por allí se ofreció a hacernos la foto.

Papá le dio la cámara con ese cuidado suyo de quien entrega algo valioso.

Nos pusimos juntos. Mamá me rodeó los hombros con el brazo. Sara se colocó delante porque si no no salía entera, decía. Papá puso la mano en el hombro de mamá.

El señor contó hasta tres.

Desde allí seguimos hasta el embalse de Búbal.

El agua estaba quieta de una manera que el mar nunca está quieto.

No parecía agua de verdad. Parecía cristal.

Las cumbres se reflejaban perfectas en la superficie, al revés, como si hubiera otro mundo debajo mirando hacia arriba.

Sara dijo que quería tirarse a nadar y mamá dijo que ni se le ocurriera con el frío que tenía esa agua y Sara dijo que solo los pies, y al final fueron los pies pero hasta las rodillas.

Papá alquiló una barca de remos por doscientas pesetas.

Los cuatro juntos, con el agua quieta alrededor y las montañas encima, remando despacio sin ir a ningún sitio en particular.

Mamá arrastraba los dedos por el agua y miraba el fondo.

Sara quería remar y papá le dejó los remos un momento y la barca dio una vuelta entera sobre sí misma y nos reímos todos, incluso papá, una risa que le salía pocas veces y que cuando salía era la mejor del mundo.

Recuerdo pensar que éramos felices.

No lo pensé con esas palabras porque tenía diez años y no pensaba así. Pero lo sentí. Esa cosa redonda y completa que no sabes que es felicidad hasta que ya no la tienes.

Desde Búbal seguimos carretera arriba, valle de Tena adentro, camino del Portalet.

Pasamos Escarrilla, y luego Sallent de Gállego, y luego Formigal, pueblos que se sucedían valle arriba con esa mezcla de piedra vieja y estaciones de esquí cerradas por el verano.

Sara ya se había cansado de preguntar cuánto faltaba y se dedicó a mirar por la ventanilla los remontes vacíos de las estaciones de esquí, quietos en pleno agosto, esperando a que llegara la nieve.

La carretera subía en curvas cerradas entre pastos y bosques de pino y alguna vaca que nos miraba desde el arcén, indiferente del todo, animal que lleva toda la vida en un sitio y no entiende por qué los de fuera tienen tanta prisa.

El puerto se fue acercando despacio, la vegetación haciéndose más escasa, las rocas tomando el protagonismo, y luego de repente el paisaje se abrió y estábamos en lo alto del mundo.

El Portalet.

La frontera.

Papá paró el coche en el aparcamiento de arriba y bajamos. Hacía frío. En agosto, en pleno verano, hacía frío con el viento que bajaba del collado. Sara se agarró a la mano de mamá.

Caminamos hasta la línea de la frontera. Hay una señal, discreta, casi tímida para lo que significa. Una raya entre dos países, entre dos mundos, entre dos maneras de llamar a las mismas montañas.

Papá se paró delante.

Miró la señal.

Luego me miró a mí.

¿Quieres tocarla?

No era una pregunta de verdad. Era una invitación. Me acerqué y puse la mano en la señal. La piedra fría bajo los dedos. Francia al otro lado, invisible, igual que aquí pero con otro nombre.

Ya está, dije.

Ya está, dijo papá.

Sara estiró el brazo y tocó la señal también. Con la punta del dedo, seria, como si seis años bastaran para entender que aquello era un ritual.

Ya hemos tocado Francia, dijo.

Ya hemos tocado Francia, confirmó papá.

Volvimos al coche con el frío del collado todavía en la piel y las montañas enormes a los lados y el sol bajando ya hacia el oeste tiñendo todo de ese naranja que en el Pirineo dura más que en ningún sitio.

Por la carretera de vuelta Sara se durmió antes de salir del puerto, con la cabeza apoyada en mi hombro y Pipo en la mano. Papá conducía despacio mirando de vez en cuando por el retrovisor. Mamá tenía la ventanilla entreabierta y el pelo moviéndose con el aire.

Nadie hablaba.

No hacía falta.

Había días que eran completos solos, sin necesidad de que nadie los explicara ni los nombrara.

Ese era uno de ellos. Un lunes de agosto de 1996 en que una familia de Bronchales subió hasta la frontera con Francia y la tocó con la mano y volvió al camping con el frío del collado en los huesos y los bocadillos comidos y las montañas guardadas dentro para siempre.

Eso fue lo que hicimos ese día.

Y fue suficiente.

Esa noche cenamos con los Sánchez.

Eran de Valencia, el padre se llamaba Antonio y la madre Amparo, y tenían tres hijos, Rafa que tenía dieciséis y ya iba a su aire, Javi que tenía ocho y una niña pequeña que se llamaba Alicia y que había pasado los últimos tres días jugando con Sara y con el perro Canelo.

Antonio era de esos hombres que llenan el espacio cuando entran, que hablan fuerte y se ríen más fuerte todavía, y que hacen que todo parezca una fiesta aunque solo sea una cena de camping.

Juntaron las mesas plegables. Amparo había hecho una tortilla de patatas enorme y mamá puso el queso de Teruel que había traído de casa envuelto en papel de estraza y que había durado toda la semana porque lo guardaba con una seriedad que Rafa encontraba muy graciosa.

Antonio abrió una botella de vino y le sirvió un vaso a papá y otro a mamá y levantó el suyo y dijo por las vacaciones y por la gente buena y todos chocaron.

Las mesas estaban fuera, bajo el cielo.

Yo no había visto nunca tantas estrellas juntas.

En Bronchales el cielo también era limpio pero esto era distinto, aquí las montañas cerraban el horizonte por todos lados y las estrellas llenaban ese espacio cerrado de una manera que parecía imposible.

Le pregunté a Antonio si sabía los nombres y él señaló la Osa Mayor y el Cinturón de Orión y se inventó dos o tres que no existían y todos nos reímos.

En la mesa de al lado, a tres metros, una pareja joven que había llegado ese mismo día con una furgoneta cargada hasta arriba daba de cenar a un bebé que no paraba de reírse de nada en particular.

El padre hacía muecas y el bebé se reía y el padre volvía a hacer muecas, terco y feliz, como hacen los padres primerizos.

La madre miraba a los dos con una expresión que no necesitaba palabras.

Un poco más allá un hombre mayor que acampaba solo leía con una linterna frontal, concentrado, como si en el libro hubiera algo urgente que no podía esperar a mañana.

El camping Las Nieves en la noche del 5 de agosto de 1996 era un lugar feliz.

Sara y Alicia desaparecieron antes de que los adultos terminaran de cenar.

Las vi irse juntas hacia el borde del camping, donde la hierba terminaba y empezaba la oscuridad.

Alicia llevaba la linterna de su madre y Sara llevaba a Pipo agarrado por una oreja.

Las dos en pijama, las dos descalzas sobre la hierba húmeda, las dos hablando al mismo tiempo sin que ninguna escuchara del todo a la otra y sin que eso importara lo más mínimo.

Mamá las miró irse y sonrió.

Van a ser inseparables estos dias, le dijo a Amparo.

Alicia es así, dijo Amparo. Con los niños que le caen bien es inmediata. Ya lo has visto, en unos días ya son amigas para siempre.

Amparo las siguió con la mirada un momento más, las dos figuras pequeñas alejándose hacia la oscuridad con la misma luz de luna cayéndoles igual sobre el pelo.

Mira qué iguales son, dijo Amparo. El mismo pelo, la misma manera de no querer estarse quietas. Parecen hermanas, no amigas de cuatro días.

Es verdad, dijo mamá. Mellizas casi.

Se rieron las dos de eso, esa risa cómplice de madres que acaban de descubrir algo gracioso y sin importancia en sus hijas, y volvieron a la conversación sin darle más peso del que tenía esa noche.

No sé cuánto tiempo estuvieron ahí fuera.

A ratos se oían sus voces, luego silencio, luego risas.

En algún momento Alicia soltó un grito y las dos se rieron a carcajadas de algo que ninguno de los adultos entendió.

El perro Canelo iba y venía entre ellas y la mesa de los mayores, sin decidirse por ninguno de los dos mundos.

Cuando Alicia conoció a Sara, se presentó primero con su nombre real, rápido, casi de pasada, y enseguida anunció que ese verano se llamaba Heidi.

Me llamo Alicia, dijo. Pero como la de la tele, este verano soy Heidi. La de las montañas y las cabras y el abuelo. No le digas a nadie que me llamo Alicia, que ese nombre no cuenta ahora.

Sara, con seis años, no encontró ningún motivo para no creérselo.

Tenía sentido, además: estaban en las montañas, había un abuelo en alguna parte aunque no fuera el suyo, y los nombres de verano le parecían una idea perfectamente razonable, de esas cosas que los adultos no entienden pero que entre niños no necesitan explicación.

Desde ese momento, para Sara, su nueva amiga fue Heidi y ya no la recordaría como Alicia.

No le preguntó más. No le pareció raro. Era simplemente así.

En algún momento, entre las risas y las historias de niñas de montaña, Sara le enseñó Pipo a Heidi.

Lo encontré en el barro, dijo Sara. En mi pueblo. Alguien lo perdió y yo lo adopté, aunque mi mamá al principio no quería porque estaba muy sucio.

¿Como una mascota?, dijo Heidi.

Como una mascota. Sara le enderezó la oreja. Pero se le tuerce siempre.

Heidi lo miró seria. Las cosas importantes las tomaba así, sin medias tintas.

Canelo también lo recogimos nosotros, dijo. Lo encontró papá en la carretera. Era muy pequeño y estaba solo.

¿Y tu mamá dijo que sí?, preguntó Sara.

Dijo que no. Pero luego dijo que sí.

Las dos se miraron. Compartían exactamente el mismo tipo de historia, y lo sabían.

Pipo es mejor que Canelo, dijo Sara. Pero no se lo digas.

Canelo es mejor que Pipo, dijo Heidi. Pero tampoco se lo digas a él.

Y se rieron otra vez de eso, esa risa de niño que se adelanta al final de su propio chiste.

Cuando las llamaron para acostarse volvieron con las mejillas coloradas y los ojos brillantes de quien ha estado haciendo algo importante.

Sara tenía hierba en el pelo y Alicia tenía tierra en las rodillas y las dos hablaban encima la una de la otra contando algo que había pasado en la oscuridad que solo ellas sabían.

¿Qué habéis estado haciendo?, preguntó mamá.

Nada, dijo Sara. Tenía la cara de quien acaba de hacer exactamente algo.

Una historia, dijo Alicia. Estábamos haciendo una historia.

¿Qué historia?, preguntó Amparo.

De unas niñas que viven en las montañas, dijo Alicia. Y que pueden tocar Francia desde arriba si suben lo suficiente.

Amparo miró a mamá. Mamá miró a Amparo. Las dos sonrieron de esa manera que tienen los adultos cuando reconocen algo que ellas mismas hicieron de niñas y que ya no recuerdan exactamente pero que el cuerpo sí recuerda.

Antes de meterse en la tienda Sara se giró hacia Heidi.

Mañana seguimos, dijo.

Mañana seguimos, confirmó Heidi.

Lo dijeron con la solemnidad de un pacto. Que era exactamente lo que era.

Los niños nos fuimos un rato más a jugar al fútbol con una linterna hasta que nos llamaron.

Cuando volví a la mesa papá y Antonio hablaban despacio, tranquilos, como hablan los hombres cuando la noche es buena y el vino es suficiente. Mamá y Amparo reían de algo.

Papá me miró cuando me senté.

¿Bien?, preguntó.

Bien, dije.

Asintió. Miró un momento las estrellas. Luego volvió a su conversación con Antonio.

Esa fue la última noche que pasamos con los Sánchez, todos juntos en la misma mesa, sin que nadie supiera todavía que lo era.

Quedaba un día de cielo limpio antes de que todo cambiara.