CAPÍTULO 5
Marcos descolgó al tercer tono.
No dijo hola ni buenos días. Dijo su nombre, Allué, como siempre, despierto ya, aunque fueran casi las siete de la mañana.
Soy yo, dijo Sara.
Silencio de dos segundos. Luego el ruido de una silla.
Qué ha pasado.
No era una pregunta. Marcos hacía eso, convertir las preguntas en afirmaciones cuando algo le parecía serio, como si el signo de interrogación fuera un lujo que no podía permitirse.
Nada ha pasado, dijo Sara. Necesito contarte algo.
Son casi las siete de la mañana, Villalba.
Lo sé.
Otro silencio. Sara imaginó su despacho en Huesca, el escritorio con tres monitores, los vasos de café vacíos que nunca tiraba hasta el viernes. Marcos Allué tenía cincuenta y dos años y el aspecto de alguien que había dormido mal toda su vida adulta y ya había hecho las paces con eso.
Cuéntame, dijo.
Sara miró el mapa del valle del Gállego en la pared del archivo. Los puntos rojos. El río marcado con una línea más gruesa en el tramo del camping.
Hace tres semanas recibí un sobre. Sin remitente, matasellos de Huesca. Dentro había doce páginas fotocopiadas de un expediente administrativo del 93. Un informe técnico sobre terrenos del valle del Gállego para uso turístico y recreativo.
¿Del 93?
Del 93. Tres años antes de la riada.
Silencio. Sara conocía ese silencio. Era el silencio de Marcos procesando, conectando, buscando el ángulo.
¿Y qué dice el informe?
Que el terreno donde estaba el camping Las Nieves no era apto.
Lo dijo despacio, con la misma calma con que lo había pensado miles de veces en tres semanas. No apto. Dos palabras que alguien había escrito en un margen con bolígrafo azul y que luego alguien había ignorado durante tres años mientras el río esperaba.
El silencio de Marcos duró más esta vez.
¿Quién firma el informe?
Un técnico de la Diputación Provincial. Jubilado desde hace ocho años. Vive en Jaca.
¿Y quién te mandó el sobre?
No lo sé.
¿Has intentado averiguarlo?
Llevo tres semanas intentándolo. El matasellos es de una oficina de Correos que cerró en 2021. El papel es estándar, sin huellas útiles. Alguien sabía lo que hacía.
O alguien mayor que no piensa en huellas.
Sara no había pensado en eso. Lo anotó mentalmente.
Lo que ahora sé, dijo, es que ese informe existió. Que alguien en 1993 puso por escrito que ese terreno no era apto. Y que el camping abrió de todas formas en el 95 y siguió funcionando hasta el 96.
¿Tienes el original?
Tengo la fotocopia.
No es suficiente para publicar.
Lo sé. Por eso te llamo. Necesito ir a Jaca. Hablar con el técnico. Y necesito que me des cobertura, Marcos. Que esto salga en el medio cuando tengamos lo suficiente.
Silencio largo.
Llevas mucho tiempo con esto, dijo Marcos.
Sara abrió la boca para hablar pero finalmente se detuvo.
¿Sara?
Tiempo, dijo. Llevo tiempo.
Marcos no preguntó más. Era una de las cosas que Sara valoraba de él, que sabía cuándo no preguntar.
Ve a Jaca, dijo. Habla con el técnico. Y cuando tengas algo concreto me llamas, no a las siete de la mañana.
Sara casi sonrió.
Marcos, dijo antes de colgar.
¿Qué?
El sobre tenía matasellos de Huesca. Alguien de Huesca sabe lo que estoy buscando. Alguien que lleva tiempo sabiéndolo.
Silencio.
Eso puede ser bueno o malo, dijo Marcos.
Lo sé.
Ten cuidado, Villalba.
Colgó antes de que Sara pudiera contestar.
Sara se quedó con el teléfono en la mano mirando el mapa. Luego fue a la cocina, puso más café, y empezó a buscar el número del técnico jubilado de Jaca.
Se llamaba Fermín Castán. Tenía setenta y cuatro años. Y era la única persona que había firmado un papel diciendo que aquel lugar no era seguro.
Si seguía vivo todavía.