Donde el río no olvida CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

El día que fuimos a Ordesa, papá se levantó antes que nadie.

Le oí moverse fuera de la tienda cuando todavía era de noche, sin hacer ruido, con el cuidado de quien no quiere que nadie se despierte, y luego el ruido pequeño del hornillo y el olor del café mezclándose con el frío de las seis de la mañana.

Me quedé quieto escuchando. Sara dormía a mi lado hecha un ovillo, con Pipo apretado contra su pecho.

Mamá susurró algo desde su lado de la tienda y papá contestó algo que no entendí pero que sonó tranquilo.

Me levanté.

Papá estaba sentado en la silla plegable con la taza entre las manos y la cabeza levantada hacia el cielo.

Las estrellas todavía no se habían ido del todo.

El camping dormía alrededor, las tiendas quietas, el río sonando en la oscuridad, constante, algo que ya llevaba días pareciéndome lo más normal del mundo.

Me miró y no dijo nada. Me hizo un gesto hacia la silla de mamá.

Me senté.

Estuvimos así un rato los dos, sin hablar, mirando cómo el negro del cielo se iba volviendo azul muy despacio por encima de las crestas. Papá me pasó su taza y bebí un sorbo aunque el café no me gustaba demasiado. Era un gesto de hombres y yo tenía diez años y quería estar a la altura.

Hoy vamos a Ordesa, dijo.

Lo dijo como si fuera algo importante. Y lo era.

Salimos después de desayunar los cuatro, con las mochilas pequeñas y los bocadillos que mamá había preparado la noche anterior envueltos en papel de aluminio.

Sara llevaba sus sandalias de velcro rosas que no eran exactamente de montaña pero con las que insistió en ir porque eran sus favoritas.

Mamá dijo que se iba a hacer daño y Sara dijo que no y al final fue con las sandalias rosas.

La carretera subía entre montañas que cada vez eran más grandes.

Eso era lo que pasaba en el Pirineo, que pensabas que ya habías visto las montañas más grandes que podía haber y luego la carretera giraba y aparecían otras todavía más grandes detrás.

Como si el mundo fuera expandiéndose a medida que avanzabas hacia el norte.

Broto fue el primero.

Un pueblo de piedra oscura agarrado a la ladera como si supiera que si se soltaba caía al río.

Las calles tan estrechas que el coche apenas cabía, las casas con balcones de madera llenos de geranios rojos, una fuente en la plaza donde el agua salía fría incluso en agosto.

Bajamos a dar una vuelta. Había una heladería pequeña con los sabores escritos a mano en una pizarra.

Mamá dijo que no que estaban a punto de comer y luego compró un corte para cada uno.

Comimos los helados caminando por las calles estrechas. Sara con el suyo en las dos manos, concentrada del todo para que no se le cayera. El sol dando en las piedras oscuras y las piedras devolviéndolo caliente y la sombra de los aleros haciendo franjas en el suelo.

¿Por qué las casas son negras?, preguntó Sara.

Son de piedra de la montaña, dijo papá. La montaña es así de color.

¿Y por qué la montaña es negra?

Porque tiene mucha historia dentro.

Sara consideró eso y pareció encontrarlo satisfactorio.

Seguimos hacia el norte.

La carretera se metía en un desfiladero estrecho siguiendo el curso del Ara y las paredes de roca se levantaban a los lados tan altas que el cielo se convertía en una franja azul estrecha encima.

El río Ara corría abajo, verde y blanco, golpeando las piedras con ese ruido constante de agua que no tiene prisa porque sabe que siempre llega.

Papá paró el coche en un ensanchamiento de la carretera.

Bajamos.

El sonido del río llenaba todo. No había otro sonido.

Solo el agua y el viento alto entre las paredes de roca y algún pájaro que no veíamos pero que sabíamos que estaba.

Mamá se quedó mirando las paredes de piedra con la mano en la frente haciendo visera.

Papá se acercó al borde y miró el río abajo.

¿Francia está cerca?, preguntó Sara.

Sí, muy cerca, dijo papá.

¿Cuánto es cerca?

Si gritaras muy fuerte quizás te oirían.

Sara abrió la boca. Mamá la miró. Sara cerró la boca.

Desde allí la carretera seguía valle arriba, cada vez más estrecha, entre bosques que se cerraban sobre ella, hasta el aparcamiento donde ya no se podía seguir en coche y empezaba el parque de Ordesa.

Caminamos por el valle toda la mañana.

El sendero seguía el río Arazas entre abetos y hayas que a veces se juntaban arriba y formaban un techo verde.

Sara iba delante con sus sandalias rosas pisando exactamente donde no debía y sin hacerse daño, que era su manera de llevar siempre la razón.

Papá caminaba despacio mirando a los lados, tocando de vez en cuando la corteza de un árbol con la palma de la mano, como hacía con la tierra de sus campos pero con una expresión distinta.

Más suave. Mamá iba a su lado y a veces señalaba algo y él asentía.

Comimos los bocadillos sentados en una roca junto al río.

El silencio de ese lugar no era un silencio vacío. Era agua, era viento alto entre las copas, era algún pájaro que yo no sabía nombrar pero que papá dijo que era un mirlo acuático cuando lo vimos posarse en una piedra en mitad del Arazas. Lo miramos todos sin movernos hasta que voló.

Paramos en Torla de vuelta, ya por la tarde.

Torla era distinto a los otros pueblos. Más alto, más expuesto.

Las vistas te dejaban quieto: el horizonte era demasiado grande para procesarlo de golpe.

Las montañas del Parque Nacional al fondo, el Mondarruego y el Otal y el Vignemale en la distancia, todavía con nieve en las cumbres aunque fuera agosto.

Un circo de piedra y nieve y cielo que hacía que todo lo demás pareciera pequeño.

Papá no hablaba mucho. Eso era lo suyo, quedarse quieto mirando y dejar que las cosas le llegaran sin forzarlas.

Mamá señalaba cumbre por cumbre preguntando cómo se llamaban y papá decía los nombres despacio, sin prisa, Mondarruego, Otal, Vignemale, como si los llevara aprendidos de antes o como si los estuviera inventando en ese momento y diera igual porque sonaban bien.

¿Cuál es Francia?, preguntó Sara.

Detrás de esas cumbres, dijo papá.

¿Y si subimos?

Tardaríamos días.

¿Y Canelo puede subir?

Papá la miró.

Canelo es el perro de otra niña, dije yo.

Ya lo sé, dijo Sara. Pero si fuera nuestro.

Papá sonrió. La sonrisa entera esta vez, no solo la comisura. Que yo recuerde fue una de las pocas veces que le vi sonreír así, con toda la cara, sin guardarse nada.

Si fuera nuestro, dijo, seguro que sí.

De vuelta al camping Sara se durmió en el coche antes de salir del aparcamiento, con la cabeza apoyada en mi hombro y Pipo aplastado entre los dos.

No la moví. Por la ventanilla vi pasar los últimos pinos del valle de Ordesa y pensé que había días que merecía la pena guardar enteros, como se guardan las cosas importantes, para poder sacarlos después cuando los necesitas.