CAPÍTULO 3
El piso de Sara Villalba tenía tres habitaciones y ella usaba dos.
La tercera era el archivo.
No lo llamaba así delante de nadie porque no había nadie delante de quien llamarlo de ninguna manera, pero en su cabeza ese cuarto tenía nombre propio desde hacía años.
El archivo. Cuatro estanterías metálicas que había comprado en el rastro cuando se mudó, cajas de cartón etiquetadas con rotulador negro, carpetas ordenadas por año y por tema, y en la pared del fondo, sujeto con chinchetas, un mapa del valle del Gállego con varios puntos marcados en rojo.
Había también un corcho. Fotos, fotocopias de documentos, nombres unidos por hilos. La clase de cosa que en las películas tiene siempre un detective con ojeras y un vaso de whisky en la mano.
Sara no bebía whisky. Bebía café, demasiado, y a veces se olvidaba de comer hasta las cuatro o cinco de la tarde.
Esa mañana de octubre llevaba despierta desde las cinco y media.
No por la alarma sino porque su cabeza había decidido sola que ya era suficiente dormir.
Llevaba así desde que el documento llegó a su buzón tres semanas antes.
Un sobre sin remitente, con matasellos de Huesca, dentro doce páginas fotocopiadas de un expediente administrativo de 1993.
Alguien había subrayado en amarillo varios párrafos.
Alguien que sabía exactamente qué estaba buscando ella.
Se había sentado en el suelo del archivo con las doce páginas en la mano y lo estaba leyendo una vez más. No se sabe cuántas veces lo había leído ya.
Un informe técnico. Un informe técnico de 1993 que evaluaba la idoneidad de varios terrenos del valle del Gállego para uso recreativo y turístico.
El camping Las Nieves aparecía en la página siete.
En el margen, manuscrito con bolígrafo azul, alguien había escrito dos palabras hacía treinta y tres años.
No apto.
Sara había leído esas dos palabras muchas veces desde entonces. Las leía y sentía algo que no era exactamente rabia ni exactamente tristeza sino una mezcla de las dos cosas que no tenía nombre y que llevaba instalada en el pecho desde los seis años.
Alguien lo sabía en 1993. Alguien firmó de todas formas.
Se levantó de la silla, se llevó la taza a la cocina y miró por la ventana el patio interior del edificio. Un gato naranja dormía en el alféizar del segundo. Hacía frío ya por las mañanas en Zaragoza, ese frío seco de octubre que baja de los Pirineos como una advertencia.
Tenía que llamar a Marcos.
Marcos Allué era su redactor jefe en El Pirineo Digital, un medio pequeño con una reputación inversamente proporcional a su tamaño. Le había dado trabajo cuando nadie más se lo daba, no por caridad sino porque leyó tres de sus piezas de investigación y dijo que tenía instinto para la incomodidad.
Lo que no le había contado a Marcos era por qué.
Nunca se lo contaba a nadie. Era más fácil así. Más limpio. Una periodista de investigación con un trauma personal relacionado con su mayor reportaje no era una periodista de investigación. Era un problema editorial.
Cogió el teléfono. Eran las seis y cuarto de la mañana.
Decidió esperar un poco antes de llamar.
Se sentó en el archivo, encendió el flexo, y volvió a mirar el mapa del valle del Gállego.
No apto.
Treinta y tres años. Hacía treinta y tres años que esas dos palabras estaban enterradas en un cajón de alguna consejería mientras su padre, su madre y su hermano Óscar dormían en una tienda de campaña a orillas del Arás.
Antes de coger el teléfono miró el correo una vez más.
Entre los mensajes sin leer había uno que había llegado dos días antes y que había dejado sin abrir porque el asunto le había parecido vago y los mensajes vagos podían esperar. Ahora lo abrió.
Me llamo Roberto Díaz. Perdí a mi familia en la riada del Arás en agosto del 96. He leído todo lo que ha escrito sobre el tema. Llevo años con esto solo y creo que juntos podríamos llegar más lejos. Si le parece bien me gustaría que habláramos.
Sara lo leyó dos veces.
Lo dejó sin responder por ahora.
Marcó el número de Marcos sin esperar a que fueran las siete.