CAPÍTULO 2
Lo primero que pensé cuando papá dijo nos vamos de vacaciones fue que estaba de broma.
Papá no gastaba bromas. Era de esos hombres que cuando decían algo lo decían en serio y cuando no tenían nada serio que decir preferían callarse.
Así que cuando lo dijo, un martes por la noche después de cenar, con mamá mirándole desde la cocina con una sonrisa que llevaba días guardando, tardé un momento en entender que era verdad.
Sara no entendió nada. Tenía seis años y estaba más pendiente del gato que de lo que decía papá. Pero yo tenía diez y supe enseguida que algo grande estaba pasando.
A los Pirineos, dijo. En el coche. Dos semanas.
Dos semanas. Yo no había dormido fuera de Bronchales más de dos noches seguidas en toda mi vida, y esas dos noches habían sido en casa de mis abuelos en Orihuela del Tremedal, que está a ocho kilómetros. Dos semanas en los Pirineos era como decirme que nos íbamos a la luna.
Al día siguiente se lo conté a Javi y a Rubén en el frontón.
Se quedaron con la boca abierta los dos.
¿En serio?, dijo Javi.
En serio.
¿Y dónde está eso exactamente?
Yo lo había mirado en el atlas del colegio esa misma mañana, así que pude señalar con bastante precisión.
Arriba del todo, dije. Casi Francia. Hay montañas tan altas que tienen nieve hasta en agosto.
Javi dijo que eso no podía ser. Yo dije que sí podía. Que además había ríos con truchas y vacas por todos los lados. Que se llamaban Pirineos con pe de pelota.
Rubén dijo que tenía envidia, que mira que suerte tenía yo.
Esa noche no dormí bien. Tampoco la siguiente.
Papá preparó el coche cuatro días antes de salir.
El Seat Panda color beige que tenía desde antes de que yo naciera y que hacía un ruido raro al subir las cuestas largas, como si estuviera pensándoselo.
Mamá decía siempre que ese coche era un milagro con ruedas.
Papá decía que los milagros había que cuidarlos, y le cambiaba el aceite él mismo en la era, lo revisaba despacio, como hombre que sabe que las cosas no se reponen solas.
¿Llegará?, le pregunté mientras le veía mirar el motor con los brazos cruzados.
Me miró de reojo.
Llegará, dijo.
No dijo que estuviera seguro. Pero lo dijo de una manera que significaba que iba a llegar aunque tuviera que empujarlo él solo.
Una de esas tardes de espera, mientras papá terminaba con el coche, me llamó y se sentó en los escalones de la era. Sacó una moneda del bolsillo, una de veinticinco pesetas, dorada, con un agujero en el centro.
Mira, dijo.
La colocó entre el índice y el corazón y empezó a pasarla entre los nudillos, despacio, el pulgar empujando desde abajo cada vez que llegaba al final, para que no se cayera. La hacía parecer fácil.
Lo intenté yo. Se me cayó cuatro veces seguidas.
No tengas prisa, dijo. No es un truco de manos. Es un truco de paciencia.
Me enseñó otra vez, despacio, sujetándome los dedos con los suyos para que sintiera el movimiento antes de tener que hacerlo solo.
Tardé toda la tarde. Cuando por fin conseguí que la moneda diera la vuelta completa sin caerse, papá sonrió de esa manera suya que no enseñaba los dientes pero que se le notaba en los ojos.
Ya está, dijo. Ahora es tuya.
No supe si se refería al truco o a la moneda. Con papá nunca se sabía del todo dónde terminaba una cosa y empezaba la otra.
Dos días antes de irnos de viaje, Sara se cayó de la bicicleta vieja de Javi delante de casa y se hizo un rasguño en la rodilla que no era nada pero que a ella le pareció el fin del mundo.
Lloraba de esa manera exagerada que solo tienen los niños de seis años, con hipidos y todo, y mamá todavía no había salido a por la mercromina.
Me senté a su lado en el escalón. Saqué la moneda.
Mira lo que sé hacer, le dije.
Dejó de llorar a media frase, con la boca todavía abierta, para ver cómo la moneda pasaba de un nudillo a otro. Se le olvidó la rodilla. Se le olvidó todo.
Otra vez, dijo, cuando terminé.
Lo hice otra vez. Y otra. Hasta que mamá salió con la mercromina y ya no hacía falta.
A partir de ahí, cada vez que Sara se hacía daño, que no eran pocas veces, le hacía el truco y dejaba de llorar al instante.
A veces Sara me pedía que le enseñara simplemente el truco. Se quedaba embobada mirando.
Pareces un mago, me decía. ¿La haces desaparecer?
Algún día la haría desaparecer también, pero aún no sabía cómo.
La mañana que salimos, mamá repasó la lista tres veces.
Yo la vi hacerlo. Primero en la cocina, luego en el pasillo, luego otra vez en la cocina porque no estaba segura de haber metido el botiquín.
Sara iba detrás de ella preguntando si podía llevar a Pipo, que era un conejo de peluche que tenía desde los cuatro años y que ya estaba bastante estropeado.
Mamá dijo que sí la primera vez y Sara siguió preguntando de todas formas, por si acaso.
Salimos de Bronchales a las siete de la mañana.
El pueblo estaba todavía dormido. Solo don Ángel, que era el más madrugador de todos, nos vio pasar desde su puerta y levantó la mano despacio. Papá pitó una vez, corto, como despedida. Yo miré por la ventanilla de atrás hasta que el campanario desapareció detrás de la curva.
No sabía que era la última vez que lo vería así. Normal. Como siempre había sido.