Donde el río no olvida CAPÍTULO 1
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Donde el río no olvida

Donde el río no olvida

Por Angela Arco

© inepub.com

CAPÍTULO 1

Francisco Bestué llevaba cuarenta y tres años subiendo al collado antes de que amaneciera.

Lo había hecho con su padre, de niño, cuando las piernas no le llegaban bien a los pedruscos y tenía que saltar donde el viejo simplemente andaba.

Lo había hecho solo después, cuando el viejo ya no pudo.

Lo había hecho con nieve hasta la rodilla, con niebla tan cerrada que las vacas desaparecían a tres metros, con ese viento del norte que en agosto baja del Anayet como si viniera de otro mundo.

Cuarenta y tres años. Siempre el mismo recorrido. Siempre las mismas piedras.

Conocía cada una por su forma.

Esa mañana de octubre el cielo estaba limpio de una manera que dolía.

Uno de esos amaneceres pirenaicos que parecen una promesa que el invierno todavía no ha roto, con la luz entrando horizontal desde las cumbres de Monte Perdido y tiñendo de naranja las crestas del Telera.

Abajo, en el valle del Gállego, quedaban restos de niebla baja, blanca y quieta, como si el río estuviera respirando despacio mientras dormía.

Río abajo, Biescas era solo un rumor de tejados entre la bruma.

Francisco no miraba el paisaje. Lo llevaba dentro desde hacía décadas y ya no necesitaba mirarlo para verlo.

Caminaba despacio, con ese paso corto y constante de quien sabe que la montaña no se gana con prisa.

Detrás de él, las vacas seguían en fila sin que nadie se lo pidiera.

Delante, los dos mastines, Rayo y la Mora, abrían camino entre los bojes.

Trabajaban, y se les notaba. Francisco los observaba a ellos más que al terreno.

Los perros le decían cosas que las piedras no sabían contar.

Por eso lo vio venir.

Rayo se detuvo primero. Sin gruñir, sin ladrar.

Solo parado, con las orejas levantadas y el cuerpo tenso de una forma que Francisco no le había visto nunca con un jabalí ni con un zorro.

La Mora llegó a su lado un segundo después e hizo exactamente lo mismo.

Los dos mirando hacia la canal, hacia ese recoveco entre las rocas donde el terreno baja en sombra y en verano crece el helecho alto.

Francisco paró.

Las vacas pararon.

Fue el silencio lo que le erizó la piel. No el silencio de la montaña, que es uno de los sonidos más plenos que existen. Sino otro silencio. El de algo que ha roto el orden de un lugar.

Tardó diez pasos en verla.

Estaba entre las rocas como si la hubieran depositado allí, aunque Francisco lo supo enseguida, sin necesidad de razonarlo: nadie llega a ese lugar sin querer llegar.

Joven. Treinta y pocos años. Ropa que no era de montaña.

Las manos abiertas sobre el pedregal, como si hubiera intentado agarrarse al último momento.

El helecho de alrededor estaba aplastado en un radio amplio.

Había habido violencia. No hacía falta saber nada de crímenes para entenderlo.

Francisco Bestué se quedó quieto durante un tiempo que no supo medir.

Las crestas del Telera seguían naranjas. El río seguía respirando en el valle. Los abetos de la ladera de enfrente olían a resina y a frío limpio, como siempre. El mundo no había cambiado nada en los últimos treinta segundos.

Y sin embargo, se quitó la boina. No supo explicar después por qué lo hizo, si le preguntaban. Era simplemente lo que correspondía.

Luego sacó del bolsillo del pantalón un teléfono viejo, de teclas, y buscó el número de la Guardia Civil con los pulgares torpes y la respiración un poco más corta de lo habitual.

Mientras esperaba señal en el teléfono, miró una vez más hacia ella.

Esa mañana Francisco solo veía a alguien joven. Alguien que estaba muy lejos de casa. Alguien a quien nadie había ido a buscar todavía porque nadie sabía aún que tenía que ir.

Ya van, pensó. Ya van a saber.

La señal llegó a la segunda barra, como siempre en ese punto del collado.

Marcó.