Donde el río no olvida CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Llevaba once años en servicios sociales cuando llegó el caso de Sara Villalba.

Once años era tiempo suficiente para haber aprendido a no llevarse el trabajo a casa.

Tiempo suficiente para saber que si te implicas demasiado con cada caso acabas roto, y que de poco sirves roto.

Tiempo suficiente para haber desarrollado esa distancia profesional que no es frialdad sino supervivencia, que es la diferencia entre poder seguir haciendo el trabajo mañana o no poder.

Ella lo sabía.

Lo sabía y lo practicaba y la mayoría de las veces le funcionaba.

La mayoría de las veces.

El caso llegó un miércoles por la mañana. Una llamada del hospital de Jaca. Menor sin tutores identificados, superviviente de la riada del camping Las Nieves. Seis años. Sin familia localizada. Sin nada excepto un conejo de peluche con la oreja torcida.

Ángela cogió su bolso y fue al hospital.

Supo desde la primera tarde que esta niña iba a ser distinta.

No por nada que Sara dijera o hiciera. Por lo contrario: por lo que no decía, por la manera en que se sentaba a mirar las montañas por la ventana con una concentración que no era propia de una niña de seis años, como si ya hubiera aprendido, en una sola noche, que había preguntas que era mejor no hacer en voz alta.

Se sentó en la silla que había junto a la cama sin preguntar si podía. Eso lo había aprendido hace años. Preguntar convierte el gesto en algo que puede rechazarse, y lo que necesitan esos niños no es que les pregunten sino que alguien simplemente esté.

Están en un sitio donde están bien, le dijo aquella primera tarde. Pero ahora mismo no pueden venir.

Era la verdad dicha de la única manera que podía decirse en ese momento. No toda la verdad, porque toda la verdad de golpe a una niña de seis años no es compasión sino crueldad. Pero tampoco una mentira. Nunca una mentira. Eso lo tenía claro desde el principio.

Ángela volvió al día siguiente.

Y el siguiente. Y el siguiente.

No porque el protocolo lo exigiera exactamente así.

Sino porque había algo en esa niña que no le permitía no volver.

Eso le pasaba a veces, después de once años.

Raramente, pero le pasaba. Un caso que se te metía por algún sitio que no habías dejado abierto y que ya no podías cerrar del todo aunque quisieras.

Sara Villalba era uno de esos casos.

No lo analizó demasiado. Aprendió hace tiempo que analizar en exceso por qué te importa un caso más que otro no lleva a ningún sitio útil. Lo que importa es estar presente.

Ángela le había enseñado juegos de cartas que su madre le había enseñado a ella de niña, juegos sencillos con nombres que ya nadie recordaba. Sara aprendía rápido y ganaba a menudo y cuando ganaba ponía la cara de quien no quiere que se note que le alegra ganar, y se le notaba igual.

Hablaron de las montañas.

De lo que se veía por la ventana. De los nombres de las cumbres que Ángela no sabía del todo pero que intentaba inventarse con suficiente convicción para que parecieran reales.

Sara escuchaba con la misma seriedad con la que se guardan las frases importantes de las personas que quieres, por si acaso.

Por si acaso.

Ángela sabía lo que significaba ese por si acaso aunque Sara no lo supiera todavía.

La última tarde, antes de que el sistema tomara el control y los expedientes y los tutores y todo lo que venía después, Ángela se quedó sola en la habitación mientras Sara dormía.

Había algo que había estado pensando hacer desde hacía días. Algo que no estaba en ningún protocolo ni en ningún manual. Algo que era solo suyo, una decisión pequeña y silenciosa que nadie le había pedido que tomara.

Fue a buscar aguja e hilo.

Trabajó despacio, con cuidado. Tocaba algo que no debía romperse, y lo sabía. Guardó dentro de Pipo algo que estaba segura de que Sara iba a necesitar algún día. Algo que le daría fuerza cuando llegara el momento. Algo que nadie podría quitarle aunque le quitaran todo lo demás.

Cosió la abertura.

Luego giró el conejo y lo miró.

Lo dejó en su sitio y salió de la habitación sin hacer ruido para no despertar a la niña.

Ángela siguió en servicios sociales diecisiete años más.

Siguió sentándose sin preguntar. Siguió aprendiendo los nombres de las montañas inventadas. Siguió volviendo al día siguiente cuando algo no le permitía no volver.

Hubo otros casos. Niños que se quedaban dentro de alguna manera aunque los soltaras. Los llevaba con ella, no con dolor sino con una presencia discreta, de las cosas que forman parte de ti sin que hayas decidido que así fuera.

No supo nunca si aquello que había guardado dentro de Pipo llegó a encontrarse. Si Sara lo encontró cuando lo necesitaba. Si le dio la fuerza que ella pensaba que le daría.

Hay cosas que se hacen sin saber si sirven de algo.

Se hacen de todas formas.