Capítulo 44 La noche de las promesas
Habían pasado seis semanas desde que Daniel regresó a Monterrey. Seis semanas de entrenamientos agotadores, mentiras a su familia, videollamadas nocturnas y un vacío que parecía no cerrarse nunca.
Hasta esa noche.
Armando había llegado esa misma tarde al aeropuerto. Daniel lo esperaba en la sala de llegadas con el corazón latiéndole con fuerza. Cuando vio la silueta familiar de piel moreno claro caminando hacia él con una mochila al hombro, sintió que algo dentro de su pecho se liberaba.
Se encontraron a mitad de camino. No hubo palabras al principio. Solo un abrazo fuerte, casi desesperado. Armando hundió la cara en el cuello de Daniel, inhalando su olor. Daniel lo apretó contra sí, sintiendo el calor familiar de su cuerpo.
—Estás aquí… —susurró Daniel, con la voz quebrada.
—Estoy aquí —respondió Armando, besando su sien—. Por fin.
El trayecto en Uber hasta el pequeño departamento que Daniel había rentado para esa semana fue silencioso.
Se tomaron de la mano todo el camino, mirándose de reojo, como si temieran que el otro desapareciera.
Cuando entraron al departamento, la puerta apenas se cerró cuando se lanzaron el uno contra el otro.
El beso fue urgente, profundo, lleno de todo lo acumulado durante la separación.
Sus bocas se devoraron con hambre, mordiéndose los labios, buscando el aliento del otro.
Las manos de Armando recorrieron la espalda de Daniel, bajando hasta apretar sus glúteos con fuerza, como si necesitara confirmar que era real.
—Te extrañé tanto… —murmuró Armando entre besos, presionando su cuerpo contra el de Daniel.
—Yo más —respondió Daniel, quitándole la camiseta con manos temblorosas.
Se desnudaron con prisa pero sin torpeza, dejando un rastro de ropa por el pasillo hasta llegar a la habitación. Cuando cayeron sobre la cama, sus cuerpos se encontraron con una familiaridad que no había disminuido con la distancia.
Armando se colocó encima de Daniel, besándolo con pasión mientras sus manos exploraban cada centímetro de piel que había extrañado.
Besó su cuello, su pecho, sus abdominales marcados, bajando lentamente.
Daniel arqueaba la espalda, gimiendo suavemente, con las manos enredadas en el cabello de Armando.
—Quiero tomarme mi tiempo —susurró Armando contra su piel—. Quiero recordarte por qué valió la pena esperar.
Daniel asintió, con los ojos brillantes. Esa noche no sería solo sexo. Sería una renovación. Una promesa hecha carne.
Armando besó el interior de sus muslos, subiendo lentamente hasta llegar a su pene ya completamente erecto. Lo tomó con una mano y lo acarició con lentitud, mirándolo a los ojos. Luego bajó la cabeza y lo tomó en su boca con devoción, succionando con movimientos profundos y lentos.
Daniel soltó un gemido largo, arqueando la espalda. Sus dedos se clavaron en las sábanas mientras Armando lo chupaba con una mezcla de ternura y hambre contenida.
Después de varios minutos, Armando subió nuevamente y lo besó en la boca, compartiendo su propio sabor. Se colocó entre las piernas de Daniel, le levantó los muslos y posicionó su pene contra su entrada.
—Mírame —pidió Armando con voz ronca.
Daniel lo miró a los ojos mientras Armando entraba en él lentamente, centímetro a centímetro, hasta estar completamente dentro.
Ambos soltaron un gemido al unísono.
La sensación de estar unidos después de más de un mes de distancia fue abrumadora.
—Dios… te extrañé tanto —susurró Armando, quedándose quieto dentro de él, sintiendo cómo el ano de Daniel lo apretaba con fuerza.
Daniel tenía los ojos entrecerrados, respirando agitadamente, con las manos aferradas a la espalda de Armando.
—Muévete… por favor —suplicó.
Armando comenzó a moverse con embestidas lentas y profundas, saliendo casi por completo para volver a entrar hasta el fondo.
Cada movimiento era deliberado, como si quisiera grabar cada sensación en su memoria.
Sus caderas se mecían con un ritmo sensual y constante, rozando la próstata de Daniel en cada estocada.
Daniel gemía sin vergüenza, arqueando la espalda, clavando las uñas en los hombros de Armando. Sus glúteos firmes se contraían alrededor del pene que lo llenaba, apretándolo con cada embestida.
Armando aceleró gradualmente el ritmo, pero mantuvo la intensidad emocional. Se inclinó sobre Daniel, besándolo con pasión mientras lo follaba, sus lenguas enredándose, sus respiraciones mezclándose. Sus cuerpos sudorosos se deslizaban uno contra el otro.
—Eres mío —susurró Armando contra sus labios—. Aunque estemos lejos, aunque tengamos que escondernos… eres mío.
—Sí… tuyo —gimió Daniel, con los ojos vidriosos—. Siempre tuyo.
Armando cambió de posición. Se sentó en la cama y sentó a Daniel encima de él.
Daniel bajó lentamente, sintiendo cómo el pene de Armando lo llenaba por completo desde este nuevo ángulo.
Apoyó las manos en el pecho de Armando y comenzó a moverse, subiendo y bajando con movimientos ondulantes y profundos.
Sus glúteos musculosos se contraían y expandían con cada bajada, tragando el pene hasta la base.
Armando lo sujetaba de la cintura, ayudándolo a moverse, besando su pecho, mordiendo suavemente sus pezones mientras Daniel cabalgaba con más fuerza. El sonido húmedo de sus cuerpos uniéndose llenaba la habitación.
—Te amo —dijo Armando de repente, mirándolo a los ojos mientras Daniel se movía sobre él—. Te amo de verdad, Daniel. No solo en Zipolite. Aquí también. En tu mundo complicado. Te amo con todo.
Daniel sintió que las lágrimas volvían a sus ojos. Aceleró el movimiento de sus caderas, cabalgando con más intensidad, con más emoción.
—Yo también te amo —respondió con la voz quebrada—. Aunque tenga miedo… aunque sea difícil… te amo.
Armando lo abrazó con fuerza y comenzó a embestir hacia arriba, follándolo desde abajo con pasión renovada. Sus cuerpos estaban completamente pegados, sudorosos, temblando de placer y emoción.
Daniel fue el primero en llegar al clímax. Con un grito largo y tembloroso, su ano se contrajo violentamente alrededor del pene de Armando mientras eyaculaba con fuerza entre sus cuerpos, manchando sus abdominales y pecho con chorros espesos. Todo su cuerpo se convulsionó con intensidad.
Armando lo siguió casi inmediatamente. Lo abrazó con fuerza, enterró su rostro en su cuello y se corrió profundamente dentro de él con un gemido ronco y prolongado, soltando pulsos calientes y abundantes de semen.
Siguió embistiendo suavemente durante su orgasmo, como si quisiera quedarse dentro de Daniel para siempre.
Se quedaron unidos durante varios minutos, respirando agitadamente, abrazados con fuerza. Armando besaba el cuello y los hombros de Daniel con ternura, mientras este lloraba en silencio contra su piel.
Cuando finalmente se separaron, Armando limpió suavemente el cuerpo de Daniel con una toalla y lo abrazó de nuevo, esta vez con dulzura.
—Esta noche no es solo sexo —susurró Armando—. Es una promesa. Pase lo que pase, vamos a luchar por esto. Por nosotros.
Daniel asintió, con los ojos aún húmedos.
—Vamos a luchar —respondió—. Ya no quiero seguir escondiéndome tanto. Quiero construir algo real contigo.
Se abrazaron bajo las sábanas, piel contra piel, corazones latiendo al mismo ritmo.
Esa noche no solo renovaron su compromiso físico.
Renovaron su promesa de amor.
A pesar de la distancia.
A pesar del miedo.
A pesar de todo.