Donde el mar nos desnuda Capítulo 43 La despedida de la playa
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Capítulo 43 La despedida de la playa

Era una noche de viernes, casi un mes después de su regreso.

Daniel estaba sentado en el suelo de su habitación, rodeado de recuerdos.

La luz de la lámpara de noche era tenue.

Frente a él había una caja de zapatos que había escondido debajo de su cama.

Dentro estaban las cosas que había traído de Zipolite: pulseras artesanales, una concha que Armando le regaló en Mazunte, tickets de la moto que rentaron, y su teléfono con cientos de fotos.

Abrió la galería y comenzó a pasarlas lentamente.

La primera foto era del último paseo por la playa, la noche antes de su partida.

Armando y él caminando descalzos por la orilla, tomados de la mano bajo la luz de la luna.

Daniel recordó cómo esa noche habían hablado poco, solo caminado, dejando que el mar hablara por ellos.

En la foto, Armando sonreía con esa calidez que tanto lo desarmaba.

Pasó a otra imagen: la terraza de la habitación 12 al atardecer. Ambos sin camisa, abrazados, con el mar de fondo. Daniel tocó la pantalla con el dedo, como si pudiera sentir la piel de Armando.

Cerró los ojos y el flashback llegó con fuerza.

Habían caminado por última vez por la playa esa tarde. El sol ya se estaba ocultando. Armando llevaba una mano en el bolsillo y la otra entrelazada con la de Daniel. Ninguno quería hablar de la partida.

—Recuerda esto —había dicho Armando, deteniéndose para mirarlo—. Cuando estés en Monterrey y todo se sienta pesado, recuerda cómo te sentiste aquí. Libre. Deseado. Amado.

Daniel había asentido, con un nudo en la garganta. Se besaron allí mismo, en medio de la playa, sin importar quién los viera. Fue un beso largo, lento, lleno de promesas silenciosas.

Luego caminaron hasta la terminal. Cada paso era más pesado que el anterior.

Daniel abrió los ojos y una lágrima cayó sobre la pantalla del teléfono.

La realidad era muy diferente ahora. Por las mañanas entrenaba hasta el agotamiento.

Su entrenador estaba contento con su progreso, pero Daniel se sentía vacío.

Por las tardes comía con su familia y mentía con naturalidad.

Por las noches hablaba con Armando, pero la distancia se sentía cada vez más pesada.

Miró otra foto: la habitación 12, la mañana después de su reconciliación sexual. Armando dormía abrazado a él, con una expresión de paz que Daniel envidiaba.

Suspiró profundamente.

Estaba procesando todo. La libertad que sintió en Zipolite. Los celos. Las peleas. Las reconciliaciones. La promesa de Armando de mudarse. El miedo que aún lo acompañaba.

Se dio cuenta de algo importante mientras revisaba las fotos:

No extrañaba solo a Armando.

Extrañaba a la versión de sí mismo que había sido en Zipolite. La versión que se atrevía a sentir, a llorar, a amar sin esconderse tanto.

Ahora, en Monterrey, volvía a ser el Daniel de siempre: el gimnasta disciplinado, el hijo obediente, el chico que guardaba secretos.

Pero ya no quería ser solo eso.

Tomó su teléfono y le escribió a Armando:

Daniel:

«Estoy mirando las fotos de Zipolite. Te extraño. Pero también extraño quien era cuando estaba contigo. Estoy intentando ser más valiente. Poco a poco.»

La respuesta de Armando llegó casi de inmediato:

Armando:

«Yo también te extraño. Pero estoy orgulloso de ti. Vamos paso a paso. Te amo.»

Daniel sonrió por primera vez en varios días, con los ojos húmedos. Cerró la caja de recuerdos y la guardó con cuidado.

La despedida de la playa no había sido solo un adiós a Armando.

Había sido un adiós a la versión de sí mismo que ya no quería seguir siendo.

Y aunque el camino aún era largo y difícil, por primera vez sentía que estaba caminando en la dirección correcta.