Donde el mar nos desnuda Capítulo 40 La promesa
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Capítulo 40 La promesa

La terminal de autobuses de Puerto Ángel estaba casi vacía a esa hora de la madrugada. Solo algunas luces fluorescentes parpadeaban sobre el andén, y el motor del autobús que llevaría a Daniel de regreso a Monterrey ronroneaba como un animal impaciente.

Daniel y Armando se encontraban a un lado, lejos de las pocas personas que esperaban. El aire era fresco, cargado de sal y del olor a diesel. Ninguno de los dos quería que llegara el momento.

Daniel llevaba su mochila al hombro. Su tobillo aún le molestaba ligeramente, pero ese dolor era insignificante comparado con el que sentía en el pecho. Armando estaba frente a él, con las manos en los bolsillos, intentando mantener la compostura, aunque sus ojos enrojecidos lo delataban.

—Entonces… esto es todo —murmuró Daniel, con la voz ronca.

Armando negó con la cabeza y dio un paso más cerca.

—No es todo. Es solo el comienzo de algo más difícil.

Se miraron en silencio. Las últimas horas habían sido intensas: la reconciliación sexual desesperada en la habitación 12, las promesas susurradas entre gemidos, las lágrimas mezcladas con sudor. Ahora solo quedaba esto. La despedida real.

Armando tomó el rostro de Daniel entre sus manos con ternura, limpiando con los pulgares las lágrimas que comenzaban a caer.

—Escúchame bien —dijo con voz temblorosa pero firme—. No es un adiós. Es un “hasta pronto”. En unas semanas, cuando termine los proyectos pendientes, voy a empezar a organizar todo para mudarme a Monterrey. No sé cuánto tiempo me tome, pero voy a ir. Por ti. Por nosotros.

Daniel asintió, con el labio inferior temblando.

—Prométeme que no vas a arrepentirte —suplicó—. Prométeme que cuando llegues y veas lo complicado que es todo… no te vas a rendir.

Armando apoyó su frente contra la de Daniel, cerrando los ojos.

—Te prometo que voy a luchar. Aunque tengas miedo. Aunque tu familia no lo acepte al principio. Aunque tengamos que escondernos por un tiempo. Te prometo que voy a estar ahí. Porque lo que siento por ti es más grande que cualquier miedo.

Daniel soltó un sollozo y lo abrazó con fuerza, hundiendo la cara en su cuello. Armando lo rodeó con los brazos, apretándolo como si quisiera grabar su olor, su calor y su presencia en la memoria.

—Te voy a extrañar como loco —susurró Daniel, con la voz rota—. Cada noche, cada mañana… todo.

—Y yo a ti —respondió Armando, con lágrimas corriendo por sus mejillas—. Pero cada día que pase, voy a recordarme por qué estoy haciendo esto. Porque vales la pena. Porque nosotros valemos la pena.

Se separaron solo lo suficiente para besarse. Fue un beso lento, profundo y lleno de todo: amor, dolor, esperanza y miedo. Un beso que sabía a despedida y a promesa al mismo tiempo. Sus labios se movieron con desesperación, como si intentaran llevarse un pedazo del otro.

Cuando el chofer anunció la salida final, Daniel se separó con dificultad. Sus ojos estaban rojos e hinchados.

—Cuídate —susurró Armando, acariciando su mejilla una última vez—. Y recuerda: donde el mar nos desnuda… ahí también nos encontramos.

Daniel asintió, incapaz de hablar. Subió al autobús con pasos pesados. Desde la ventana buscó a Armando entre la poca gente que quedaba. Lo encontró de pie bajo una luz, mirándolo fijamente, con la mano levantada en un gesto silencioso.

El autobús comenzó a moverse.

Daniel presionó su frente contra el vidrio frío, viendo cómo la silueta de Armando se hacía más pequeña hasta desaparecer en la distancia. Las lágrimas caían sin control por su rostro.

Mientras el autobús se alejaba de Zipolite, Daniel cerró los ojos y recordó todo: la primera mirada en la playa, el primer beso, las peleas, las reconciliaciones, la promesa de Armando.

No era el final.

Era solo el comienzo de algo mucho más grande y difícil.

Y por primera vez, a pesar del miedo que aún le apretaba el pecho, Daniel sintió que estaba dispuesto a intentarlo.