Donde el mar nos desnuda Capítulo 39 Regreso desesperado
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Capítulo 39 Regreso desesperado

Se lanzaron el uno contra el otro con desesperación. El beso fue violento, profundo, lleno de miedo, amor y rabia por la separación inminente. Sus bocas se devoraron, mordiéndose los labios, buscando el aliento del otro como si fuera lo último que pudieran tener.

Armando empujó a Daniel contra la pared, presionando su cuerpo con fuerza. Sus manos bajaron con urgencia, apretando los glúteos firmes y redondos de Daniel por encima del short.

—Esta es nuestra última noche —gruñó Armando contra su boca—. Y pienso follarte hasta que mañana, en ese autobús, todavía me sientas dentro.

Daniel gimió y respondió con la misma ferocidad. Le quitó la camiseta a Armando de un tirón y mordió su cuello, bajando por su pecho mientras sus manos buscaban desesperadamente la piel del otro.

Se desnudaron con movimientos torpes y ansiosos. La ropa quedó tirada por el suelo. Armando giró a Daniel con fuerza, colocándolo de cara contra la pared. Le bajó el short y el bóxer de un solo movimiento y separó sus glúteos.

Sin lubricante adicional, solo escupió sobre su ano y posicionó su pene duro y caliente. Empujó con fuerza, entrando de un golpe profundo y crudo.

Daniel soltó un grito ahogado, apoyando las manos contra la pared mientras sentía cómo Armando lo llenaba por completo. El ardor fue intenso, pero lo recibió con gusto.

Armando comenzó a follarlo con embestidas fuertes y rápidas, sin piedad. Sus caderas chocaban violentamente contra los glúteos musculosos de Daniel, produciendo un sonido seco y constante.

—Más fuerte… —suplicó Daniel, con la voz quebrada—. Quiero sentirte mañana cuando me vaya.

Armando gruñó y aceleró el ritmo, follándolo con brutalidad. Una mano sujetaba el cabello de Daniel, tirando de su cabeza hacia atrás, mientras la otra apretaba con fuerza uno de sus glúteos, abriéndolo más para penetrarlo más profundo.

Cada embestida era poderosa, casi salvaje. El sudor ya corría por sus cuerpos. La habitación se llenaba de gemidos roncos, respiraciones agitadas y el sonido obsceno de la carne chocando.

Armando lo giró, lo levantó en el aire y lo empaló nuevamente mientras lo sostenía. Daniel rodeó su cintura con las piernas y se aferró a su cuello, gimiendo contra su boca mientras Armando lo follaba de pie, con embestidas potentes y desesperadas.

—Eres mío —gruñó Armando contra sus labios—. Aunque te vayas esta noche… sigues siendo mío.

Daniel solo pudo gemir en respuesta, completamente entregado al placer y al dolor emocional de la despedida.

Armando lo follaba de pie con una intensidad casi salvaje.

Daniel tenía las piernas rodeando su cintura, los brazos alrededor de su cuello y la espalda contra la pared, recibiendo cada embestida profunda y brutal.

El pene de Armando entraba y salía con fuerza, golpeando su próstata sin descanso, mientras sus caderas chocaban violentamente contra sus glúteos.

—Quiero que mañana, en ese puto autobús, todavía me sientas —gruñó Armando contra su oído, mordiéndole el lóbulo—. Quiero que cada movimiento que hagas te recuerde que eres mío.

Daniel solo podía gemir, completamente entregado. Su propio pene, duro y enrojecido, se frotaba contra el abdomen sudoroso de Armando con cada embestida. El placer era tan intenso que le nublaba la mente, pero debajo de él había un dolor profundo: la conciencia de que en pocas horas se separarían.

Armando lo bajó de golpe y lo arrojó sobre la cama boca abajo. Se colocó encima de él, cubriéndolo completamente con su cuerpo, y volvió a penetrarlo con un solo golpe feroz. Comenzó a follarlo con embestidas largas y poderosas, presionando todo su peso contra la espalda de Daniel.

—Dime que me vas a esperar —exigió Armando, mordiendo su nuca—. Dime que esto no termina esta noche.

—Te voy a esperar… —gimió Daniel, con la voz rota—. Aunque duela… te voy a esperar.

Armando aceleró el ritmo, follándolo con desesperación. Sus caderas golpeaban con fuerza contra los glúteos firmes de Daniel, produciendo un sonido húmedo y constante. Una mano se deslizó debajo de él y comenzó a masturbarlo con movimientos rápidos y firmes.

Daniel estaba al límite. Las lágrimas corrían por sus mejillas, mezclándose con el sudor. El placer físico y el dolor emocional se entremezclaban hasta ser casi insoportables.

—Voy a correrme… —advirtió con voz quebrada.

—Hazlo —gruñó Armando, follándolo más fuerte—. Córrete para mí.

Daniel explotó con un grito largo y tembloroso. Su ano se contrajo violentamente alrededor del pene de Armando mientras eyaculaba con fuerza, manchando las sábanas y su propio abdomen con chorros espesos y abundantes. Todo su cuerpo se convulsionó bajo el peso de Armando.

Este lo siguió casi inmediatamente. Con un gruñido ronco y profundo, se enterró hasta el fondo y se corrió con violencia dentro de Daniel, soltando pulsos calientes y abundantes de semen. Siguió embistiendo durante su orgasmo, como si quisiera marcarlo para siempre.

Cuando finalmente se detuvo, ambos estaban exhaustos, sudorosos y temblando. Armando se dejó caer sobre Daniel, aún dentro de él, y lo abrazó con fuerza desde atrás. Lo besó en la nuca, en los hombros y en la espalda, con besos suaves y desesperados.

Durante varios minutos solo se escucharon sus respiraciones agitadas y algún sollozo ocasional de Daniel.

Armando se retiró con cuidado y giró a Daniel para que quedaran frente a frente. Limpió sus lágrimas con los pulgares y lo miró a los ojos.

—Esto no es un adiós —susurró con la voz ronca—. Es un “hasta pronto”. Voy a ir por ti, Daniel. Te lo prometo.

Daniel asintió, con los ojos llenos de lágrimas.

—Te voy a esperar. Aunque tenga miedo… te voy a esperar.

Se abrazaron con fuerza, piel contra piel, corazones latiendo descontrolados. Sabían que en menos de tres horas Daniel tendría que subir a ese autobús.

Esta última noche había sido tan intensa como emocional. No solo habían follado con desesperación. Habían sellado una promesa.

Una promesa dolorosa.

Una promesa incierta.

Pero una promesa real.