Donde el mar nos desnuda Capítulo 38 La decisión
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Capítulo 38 La decisión

La mañana del último día de Daniel en Zipolite amaneció gris y húmeda. El cielo estaba cubierto, como si el clima también estuviera triste por la despedida inminente.

Ninguno quería perder más tiempo.

Se sentaron en la cama. Armando fue el primero en hablar, con la voz serena pero cargada de emoción:

—Todo el día de ayer tuve mucho tiempo para pensar. Y llegué a una conclusión.

Daniel lo miró con los ojos llenos de ansiedad.

—Voy a mudarme a Monterrey —dijo Armando sin rodeos—.

No sé exactamente cuándo, pero será pronto.

En cuanto cierre algunos proyectos aquí y organice mi trabajo remoto.

Sé que es una locura. Sé que apenas llevamos dos semanas juntos.

Pero también sé lo que siento cuando estoy contigo, y no quiero dejar que el miedo nos gane.

Daniel sintió que el corazón se le aceleraba. Las lágrimas aparecieron casi de inmediato.

—¿Estás seguro? —preguntó con voz temblorosa—. Vas a dejar tu vida aquí… tu casa, tu tranquilidad, todo lo que construiste…

Armando tomó sus manos.

—Estoy seguro. No quiero que esto termine cuando subas a ese autobús esta noche. Quiero seguir construyendo esto contigo, aunque sea difícil. Aunque tengas que esconderte al principio. Aunque tu familia no lo acepte de inmediato. Estoy dispuesto a intentarlo.

Daniel se quedó en silencio, procesando la magnitud de lo que Armando le estaba ofreciendo. Luego, con la voz quebrada, respondió:

—Yo también quiero intentarlo. Tengo mucho miedo, pero no quiero perderte. No quiero que esto sea solo un recuerdo de Zipolite.

Se abrazaron con fuerza, casi con desesperación. Era un abrazo lleno de amor, miedo, esperanza y tristeza por la despedida inminente.

Armando besó su frente y murmuró:

—Entonces lo haremos. Paso a paso. No va a ser fácil, pero no tenemos que hacerlo solos.

Pasaron las últimas horas juntos en la habitación. Hablaron del futuro, de cómo podrían organizarse, de los miedos de Daniel y de las expectativas de Armando. Hubo lágrimas, risas nerviosas y largos silencios cargados de emoción.

Por la tarde, mientras empacaban las cosas de Daniel, la realidad se hizo más pesada. El autobús saldría esa misma noche.

Antes de salir hacia la terminal, Armando tomó el rostro de Daniel entre sus manos y lo miró con intensidad:

—Esto no termina aquí. ¿Me entiendes? Esto apenas comienza.

Daniel asintió, con los ojos húmedos.

—No termina aquí.

Juntos y tomados de la mano regresaron a la playa, a caminar y recordar donde se conocieron, con una mezcla de dulzura y dolor.

El capítulo más hermoso de sus vidas en Zipolite estaba llegando a su fin.

Pero ambos habían decidido, en ese último día, que estaban dispuestos a escribir uno nuevo en Monterrey.