Capítulo 37 Ausencia
Armando pasó la noche en un pequeño hostal cercano, pagando por una habitación que apenas usó.
No durmió. Se quedó sentado en la cama, con la espalda contra la pared y la mirada perdida en la ventana que daba hacia el mar oscuro.
En su mano sostenía el teléfono, revisando una y otra vez la última conversación con Daniel, aunque no había nuevos mensajes.
El silencio era ensordecedor.
Se levantó al amanecer y caminó sin rumbo por la orilla. El sol salía lentamente, tiñendo el cielo de tonos rosados y dorados, pero Armando no encontraba belleza en él. Solo sentía un peso profundo en el pecho, una tristeza sorda que no lo dejaba respirar con normalidad.
Se sentó en una roca y miró el horizonte.
«¿En qué momento todo se complicó tanto?», pensó.
Recordaba con claridad cada etapa: la primera mirada en la playa, las caminatas sin prisa, el primer beso, la noche en el bungalow donde se entregaron por completo. También recordaba las peleas, los celos de Daniel, sus inseguridades, el miedo constante que lo acompañaba como una sombra.
Y a pesar de todo, seguía enamorado.
Amaba la forma en que Daniel se sonrojaba cuando recibía un cumplido sincero. Amaba su risa cuando lograba hacerlo olvidar sus preocupaciones. Amaba su vulnerabilidad, aunque esa misma vulnerabilidad ahora los estaba separando.
Pero también sentía dolor. Mucho dolor.
Dolía que Daniel le hubiera pedido espacio justo cuando más cerca debían estar.
Dolía saber que, a pesar de todo lo que habían compartido, Daniel seguía eligiendo el miedo antes que la posibilidad de un futuro juntos.
Dolía sentir que tal vez su amor no era suficiente para ayudarlo a superar sus demonios.
Armando pasó el día en silencio. Caminó por playas alejadas, se sentó bajo las palmeras, comió poco y sin apetito. Rechazó una invitación de unos amigos para ir a una fogata. No tenía ganas de fingir que estaba bien.
Por la tarde, se detuvo frente a la habitación 12 desde lejos.
Vio la luz encendida y la silueta de Daniel moviéndose dentro.
Quiso acercarse, tocar la puerta y abrazarlo, decirle que todo iba a estar bien.
Pero se contuvo. Daniel le había pedido espacio, y aunque le doliera en el alma, iba a respetarlo.
Esa noche, de regreso en el hostal, Armando se permitió llorar por primera vez.
Lágrimas silenciosas, contenidas, mientras abrazaba una almohada que no tenía el olor de Daniel.
Se sentía impotente. Quería luchar por él, quería mudarse a Monterrey, quería construir algo real.
Pero no podía obligar a Daniel a querer lo mismo con la misma intensidad.
Se preguntó si había sido demasiado impulsivo al proponerle mudarse. Si había presionado demasiado. Si su amor, en lugar de ayudar, estaba ahogando a Daniel.
«Tal vez solo necesite tiempo», se repetía.
Pero en el fondo, temía que ese tiempo terminara alejándolo para siempre.
Armando sufrió en silencio toda esa noche. No mandó mensajes. No llamó. Solo se quedó allí, mirando el techo, con el corazón hecho pedazos, pero aún lleno de amor por el chico de ojos verdes que había llegado a Zipolite buscando libertad y había encontrado algo mucho más profundo.
Y mientras las olas seguían rompiendo incansables contra la playa, Armando se preguntó cuánto más podría soportar esta ausencia antes de que se volviera permanente.